Project Gutenberg's El Manuscrito de mi madre, by Alphonse de Lamartine

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Title: El Manuscrito de mi madre
       aumentado con las comentarios, prlogo y eplogo

Author: Alphonse de Lamartine

Translator: Unknown

Release Date: July 3, 2009 [EBook #29301]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MANUSCRITO DE MI MADRE ***




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BIBLIOTECA DE LA NACION

A. DE LAMARTINE

EL MANUSCRITO DE MI MADRE

AUMENTADO CON LOS COMENTARIOS, PRLOGO Y EPLOGO

     Dios no ha confiado a nadie sus propsitos; la Naturaleza y el
     tiempo no lo comprenden, y si deja transpirar algo de sus
     misterios, busqumoslo slo en l porque en l se basa todo!


BUENOS AIRES

1911




ADVERTENCIA


Una circunstancia especial que es intil dar a conocer al pblico, ha
hecho entregar este libro a la imprenta. De intento y por su naturaleza,
haba de ser siempre un manuscrito; todo lo ms, deba figurar en uno de
estos archivos ntimos de familia, coleccin de documentos que eslabonan
la generacin presente con las que han dejado de existir; documentos
que, en su mana escudriadora, suelen encontrar en las arcas viejas los
muchachos, los parientes, quienes se entretienen hojendolos durante las
tardes ociosas del otoo.

Ya que ha escapado, a pesar nuestro, de la semioscuridad del rincn
casero y va a someterse a las miradas del lector desapasionado, lo
dedicamos nicamente a la familia de la hermosa y tierna madre que
inund estas pginas con las efusiones de su corazn, sin prever que en
la ltima hora de su vida le faltara tiempo para quemar estos papeles.
A los dems les rogamos que no lo lean: nada hay en l de lo que se
busca en los libros; ste slo tiene inters para aquellos a quienes
esta mujer virtuosa ha de transmitir su sangre a la afinidad de su alma.

No podemos olvidar en nuestra dedicatoria a los amigos de la comarca
donde vivi ella, los servidores ya viejos que no pronuncian su nombre
sin verter una lgrima, ni a los labradores, cuyas pisadas desde hace
veintiocho aos, han privado de crecer hierba en el camino que conduce a
su sepultura.

Saint-Point, 2 de noviembre de 1858.




EL MANUSCRITO DE MI MADRE




I


Hoy es el 2 de noviembre, da llamado _de difuntos_. Cuando estoy
desocupado paso este da en Saint-Point con el mayor recogimiento, lo
ms cerca posible del pequeo cementerio del pueblo, con el cual
comunica una puerta falsa de mi jardn.

All reposa, en aquella tierra que tanto amaba, mi madre, en un atad al
lado de otro ms pequeo que el suyo, y al cual parece que atrajo, al
igual que se derrumba el nido que consigo arrastra la rama cada... Mi
imaginacin no quiere levantar el velo que cubre a ste, por miedo de
ver... lo que no quiero ver ms que en el cielo!




II


Durante este conmovedor y breve da de otoo, me esfuerzo para que el
trato de los vivos no me distraiga en modo alguno de mi trato con las
almas de los que no existen. Con placer me interno por los senderos
menos frecuentados del bosque, donde los rboles conservan todava tanta
cantidad de hojas amarillentas que interceptan los plidos rayos del
sol, de las cuales tambin como lluvia constante tantas van cayendo,
hojas muertas que pisamos, que nos dicen que todo est muerto, que todo
muere, que todo morir. La Naturaleza es durante este mes una inmensa
elega que se asocia ntimamente con la eterna elega del corazn
humano.

       *       *       *       *       *

Voy y vengo por la hierba hmeda sin otro objeto que pisar las huellas
de los seres queridos que no hace mucho iban delante de m, detrs de m
o a mi lado por esta senda. Mis pies se paran por s mismos como si a
cada instante se clavaran en el suelo, delante de los aosos rboles
aislados por el lindero del bosque, debajo de los cuales, por casualidad
o por costumbre, se reunan de ordinario los ancianos, las madres, los
nios, parientes y amigos, cuyas voces creo or an, confusas, tiernas o
infantiles entre el murmullo ya sordo, ya argentino del arroyo
inmediato. Ay de m! no volvern a sentarse en estas races, pero han
dejado tal multitud de recuerdos, que hay momentos en que me parece que
slo estn alejados de m algunos pasos, que he equivocado el rbol o el
claro del bosque para reunirme con ellos, y que voy a verles y orles al
doblar la senda.




III


Hay especialmente uno de estos lugares, donde mis ojos no se cansan de
buscar a los que no volvern jams. Est a algunos centenares de pasos
de la casa. Para ir al bosque se sigue un camino con espinos por ambos
lados, que atraviesa un gran campo pedregoso y un prado en declive,
donde grupos de bueyes reflejan en sus marmreos lomos los rayos del sol
de esto. Esta senda sin sombra ni hierba, hace desear la fresca y
sombreada bveda del bosque que se ve mecido por la brisa en la ladera
de la montaa, al extremo del campo rido. Bastante fatigado se llega a
los primeros lamos y alisos de la plantacin, cuyas races humedecen
constantemente las filtraciones y los regueros de la colina. La humedad
que se nota en este sitio, recuerda las inmediaciones de los arroyos.
Pronto desaparecen los alisos, a medida que el suelo se eleva o caldea:
los viejos troncos agujereados; las hayas, cuya corteza tigrada como
tejido parece de musgo dorado; los castaos, con sus ramas extendidas
como los cedros, con hojas agudas cual lanzas, bordan el camino. Este se
corta repentinamente junto a una pendiente brusca, inundada de luz,
deslumbradora y ardorosa. Hay all una caada muy honda, cuya pendiente
es muy rpida; penetra por un lado en la oscuridad del bosque y contina
por la otra parte entre los campos cultivados y la hermosa pradera.

La vegetacin silvestre, rumiada de continuo por las cabras y los
carneros, crece all fina y dorada como el raro plumn que el viento
siembra y tambin l derriba en las yermas y escabrosas rocas de los
Alpes. Las flores de este campo no crecen ms de lo que alcanza el
velln de un carnero; es menester bajarse para verlas; pero su aroma es
delicioso, y cuando se cogen para desenrollar sus hojas con los dedos y
examinar su textura, sus corolas, sus estambres o sus colores, el
corazn admira a la Providencia, que se ha tomado tanto cuidado para
estas germinaciones del musgo como para los vegetales gigantescos de las
selvas. Las abejas, los znganos, las mariposas y tantos insectos alados
sin nombre que las chupan al calor del sol, se complacen revoloteando en
el ambiente perfumado de la caada, llena de vida, de movimiento y de
zumbidos.




IV


En la pendiente opuesta al camino, interrumpido por este espacio,
cuarenta y cinco encinas seculares, olvidadas por los leadores, forman
un grupo sin orden y a bastante distancia una de otra, cerca de la
torrentera. Los brezos de color rosado, violeta y blancos, tapizan con
un tejido tan aterciopelado y variado como la lana de Esmirna los
espacios que hay entre las matas. Sus copas, agitadas durante tantos
aos por el viento Sur, estn algo calvas; sus ramas inferiores,
especialmente las de las encinas de en medio del grupo, se ennegrecen y
secan; cuelgan de ellas en su extremo un manojito de hojas amarillentas
que van cayendo poco a poco con las rfagas del viento equinoccial,
produciendo un ruido seco y repentino, que hace huir y chillar de
espanto a los grajos y los mirlos. Sobre el borde del barranco se
inclinan las siete encinas que forman la fachada del bosque, cuyos
troncos fuertes y robustos las denuncian por las ms viejas; sus
ramajes, los ms espesos, carecen de aquellas saetas negras, preferidas
por los tordos, que sirven de atalaya a los pjaros y atestiguan la
senectud de los rboles; extienden sus ramas acodilladas en la pendiente
de la caada, y sus races, casi a flor de tierra, hinchan el csped y
el musgo que las cubre.




V


Al pie de la ms corpulenta de aquellas encinas, la ms inmediata al
bosque, yo encenda hogueras en mi infancia; a pesar de tantas lluvias
de invierno, el humo ennegrece an aquella corteza ruda. Siendo joven,
all escrib con lpiz muchas melodas poticas que cruzaron mi
imaginacin conmovindola, como la tibia brisa primaveral haca mover
las ramas armoniosamente sobre mi cabeza. All, en das ms dichosos,
estbamos con los viejos y los nios de la familia pasando felizmente
las horas caldeadas del da como en un saln de verano. Nada faltaba
all para el mueblaje natural de un lugar de reposo y de delicias; ni
los pilares rsticos, formados por las cuarenta y cinco encinas
diseminadas por la pintada alfombra, ni el artesonado inimitable del
follaje agitado por el hlito intermitente que reanima al caminante, ni
la melodiosa msica de ruiseores y pinzones que cantan cerca del nido
donde empolla la hembra, ni el blanco cojn de musgo seco formado junto
al tronco de los rboles, ni el sonoro curso del arroyo filtrando entre
las matas tiernas de los juncos, tanto ms lustrosos cuanto ms oscuros,
para ir a perderse entre los prados, ni el vapor que rodea las montaas,
agrupadas como panorama griego, que vistas entre las ramas, parece que
se admira un cuadro desde una ventana abierta entre ondulantes cortinas.




VI


Una escena de este delicioso sitio y de aquel dulce tiempo est fija en
mis ojos y en mi corazn, cada vez que veo amarillear con el ltimo rayo
de sol las ramas medio desnudas del bosque de encinas.

En las races del rbol ms viejo, que es tambin el ms inclinado que
forman los de la orilla, est sentada una mujer anciana, doblada por los
aos cual el rbol, sus manos hilan maquinalmente con la rueca llena de
lana ms blanca que sus cabellos. De vez en cuando, cambia algunas
palabras con una joven en lengua extranjera. Su fisonoma revela la
tranquilidad de un da sereno que acaba, aguardando del cielo su
salario y renace en la tierra contemplando otras generaciones.

Otra mujer, joven an, tiene en sus manos un libro medio cerrado, que
abre a menudo para leer un breve rato y volverlo a cerrar como si
reflexionara lo ledo. En la expresin de su fisonoma se observa que
aquel libro ocupa su imaginacin en las cosas eternas: la meditacin
piadosa hace bajar a ratos sus prpados, largos y casi transparentes,
luego dirige hacia el cielo el globo pensativo de sus ojos. Su cara, un
tanto asctica, est plida; hay en ella las delicadas lneas de una
perfecta hermosura moral.

Mejor que un cuerpo es la envolvente de un alma; los trazos de una
sonrisa tierna y graciosa moderan su austeridad hasta cuando ora. Su
mirada, irradiacin de celeste luz, se dirige hacia cuanto la rodea, y
cuando la dirige hacia m, se detiene y se enternece. Se comprende que
es una madre contemplando la felicidad de su hijo.




VII


Ms abajo, sobre la hierba que ostenta hermosas manchas de sombra y de
luz, una joven con cabellera rubia y ojos azules, de talle esbelto y
flexible cual las que se mecen al rumor del Ocano, dibuja en un libro
que apoya en sus rodillas; reproduce una parte del paisaje que se ofrece
a sus ojos, vivificado por hermosos tonos de sombra y de luz, por el
humo de las cabaas, por el grupo de cabras que hay en lo alto de los
riscos. A cada rasgo la distrae con sus gritos de alegra una hermosa
nia de cuatro aos. Esta criatura se deleita descubriendo y cogiendo
para su madre un rannculo de botn de oro entre el musgo; viene luego a
esparcir su cosecha a puados sobre la hoja dibujada para recibir en
recompensa un beso, y corriendo, vuelve a buscar flores entre la hierba,
y cuando se arrodilla para coger una mariposa posada en una flor,
ocultndose enteramente su cuerpo bajo el flotante velo de sus cabellos
dorados por el sol, en su lugar, en vez de un cuerpo infantil,
creeramos que hay una madeja de seda puesta al sol como hacen las
lavadoras de capullos.

En la semioscuridad del fondo ms espeso del encinar, un joven observa
de lejos esta escena campestre de esparcimiento domstico; con paso
desigual va de una encina a la otra sin que el csped deje percibir el
ruido de sus pasos; tiene en sus manos un libro en blanco detenindose a
intervalos para borronear en l algunas lneas.

Lo que yo escrib aquel da, helo aqu: Dios mo, quin creyera que
estos versos haban de trocarse tan pronto en lgrimas!




LO QUE PIENSAN LOS MUERTOS


Mirad las hojas secas corriendo por el suelo.--Entre gemidos, por el
valle las arrastra el viento.--La golondrina roza sus alas por el quieto
pantano.--El nio de la cabaa, va cogiendo lea entre los brezos.--Ya
no susurran las olas, que su encanto dieron al bosque.--Enmudeci el
pajarillo entre las ramas secas.--Junto a la aurora, el ocaso!--El sol,
que apenas despunta, brilla plido un momento al concluir su
carrera.--El carnero por las zarzas va dejando su hermoso velln de lana
que servir de nido al jilguero.--La flauta pastoril ha enmudecido;
desapareci su eco; ces tambin el encanto de amor y de ventura.--La
hoz cruel ya despoj la tierra de aquel verdor que le prestara
vida...--As acaban los aos, as van feneciendo los das de nuestra
vida.--oca en que todo cae.--Al rudo golpe de viento.--Soplo emanado de
la tumba que arranca del mundo la vida con la mayor indiferencia.--Como
el ave se arranca las plumas cuando observa en sus alas otras
nuevas.--Entonces fue cuando vi palidecer y morir a los tiernos frutos
que Dios nos dej madurar.--Aunque joven, ya en la tierra.--Vago errante
y solitario.--Y al preguntarme yo mismo.--En dnde se encuentran los
que adora mi corazn?--La mirada se inclina triste hacia la tierra.--La
cuna est vaca.--El nio, arrebatado por la muerte, ha cado del seno
de la cuna al fro lecho funeral.--Los muertos, envueltos en el polvo
que les cubre, nos dirigen esta voz.--Los que gozis de la vida,
pensis an en nosotros?--Oh! muertos queridos.--Dnde estis?--Acaso
poblis un astro fulgurante con luz ms eterna que la nuestra?--Acaso
vagis entre el cielo y la tierra?--All donde os encontris, jams
podris or la dulce voz de vuestros deudos?--Habis vosotros olvidado
a los que dejasteis sumidos en la mayor tristeza?--Oh, no, Dios mo! si
tu gloria.--Les ha borrado el recuerdo humano.--Quitadnos a nosotros la
memoria.--Y nuestro llanto no correr en vano.--En ti, Seor, sin duda
est su espritu.--Mas guarda en su recuerdo el lugar
nuestro.--Amprales, Seor, el don de tu clemencia es grande.--Si aqu
pecaron, dales oh, Dios! tu sublime perdn.--Ellos fueron, lo que
nosotros somos ahora.--Polos, juguetes del viento.--Frgiles y dbiles
como la nada.--Si sus plantas resbalaron, y si han faltado por su boca
al precepto de la ley.--Perdnalos, Juez Supremo.--Tu poder es
grande.--A tu voz desaparecen las cosas todas de los hombres.--Si tocas
la luz, tus dedos quedarn empaados.--Las columnas de la tierra y las
del cielo tiemblan a tu voz.--Si dices a la inocencia:

Sube a mi presencia y habla, aparecer velada por tus
virtudes.--Mandas al sol que alumbre.--Y la luz constante luce.--Dices
al tiempo que nazca.--Y dcil la eternidad arroja los siglos por
miles.--Los mundos que t repones se renuevan a tu vista.--Jams
separas del pasado el porvenir.--Las edades desiguales se igualan bajo
tu mano.--Nunca tu voz pronuncia estas palabras:--Ayer, hoy,
maana.--Padre de la Naturaleza.--Manantial de bondad.--Dios clemente y
misericordioso.--Suprema virtud, perdn! perdn!




VIII


Cuando el da desciende, entro en mi casa a paso lento; me encierro en
mi habitacin, la ms alta y abandonada de la casa, desde la cual se
domina el viejo campanario de la aldea: desde all se sienten muy bien
los ecos de la campana y los silbidos del viento. Parece que la
naturaleza y la religin se han puesto de acuerdo en da semejante para
dirigir hacia los sepulcros el pensamiento de los vivos.

El infatigable campanero, asido a la cuerda de las campanas, no cesa de
tocar desde el medioda del primero de noviembre hasta el amanecer del
siguiente. Aquel clebre clamoreo evoca en los corazones recuerdos de
aqullos sobre cuyos corruptos cuerpos ha resonado muchas veces el
azadn del sepulturero. Aquella campana, recalentada por los incesantes
golpes del badajo, parece que se agita por la fiebre, y que a cada paso
ha de romperse torturada por tanto martilleo.

Tales fueron las impresiones que yo experiment en da semejante y que
me inspiraron las siguientes estrofas:




LA CAMPANA DE LA ALDEA


Oh! Cuando toca la campana lentamente.--Esparciendo sobre el valle su
voz parecida a un gemido.--Dirase que es la mano de un ngel quien la
mueve.--Y que entre la brisa nocturna, derrama sobre la tierra cuanto en
l hay de divino.

--Cuando huyen del campanario las negras golondrinas.--Porque el viento
hace temblar sus nidos de barro.--Y buscan en los estanques el reposo
apetecido.--Cuando la viuda de la aldea se arrodilla sobre los hilos que
se desprenden de su rueca.--Pagando con el rezo su tributo a los
muertos:

--Siento en mi pecho un canto sonoro, que no es del goce de la vida.--Ni
es producido por los recuerdos de mi infancia.--Ni es de amores la
primera alborada de la savia primaveral que rejuvenece el campo.--Cuando
all en la pradera.--Suenan las voces virginales que tornan con sus
cntaros llenos de agua--Yo no s lo que es, pero lloro.--Mi triste
corazn canta al despertar con un meldico murmullo rociado de ambrosia
o yo no s de qu.--Siento cmo se lleva el invierno mis das
felices.--Mezclados con la hojarasca muerta y con el eco sarcstico y
burln de la fama.--Flores tejidas en noche oscura, que jams arraigan
dentro del corazn, aunque exhalen bellsimo perfume--Tiernos capullos
cuyas corolas se rompen entre los dedos emponzoados de la envidia.--En
este da, cuando la campana lanza sobre el valle su acento plaidero--Se
siente un gemido triste y prolongado que sale del campanario--Es la voz
de lo desconocido que llora al ver pasar dos fretros en direccin al
cementerio.--De la noche a la aurora, oh, campana! t lloras con mis
ojos y gimes con mi corazn.--Estos gemidos se repiten en el cielo, en
el mar, en los aires,--Como si las estrellas llorasen por sus compaeras
y los vientos por sus hijos. Desde aquel da que tus sones se juntaron
con mi duelo--Creo que un ngel mueve tu badajo y conmueve al mismo
tiempo mi alma.--El eco de tu bronce, antes de herir las fibras de mi
corazn, ha estremecido las sepulturas donde descansa lo que fue.--Las
piedras del campanario tienen gran parecido a las del sepulcro.

No os cause extraeza si consagro un recuerdo.--Al misterioso sonido de
este bronce.--Yo amo su voz precursora de la muerte.--Canta oh! t,
fiel mensajero de la humana tristeza.--Que tus cantos presten vida a tus
mrmoles, lgrimas a los ojos, oracin al descredo y a la muerte
poesa.

Cuando yo muera y mis vecinos, despus de haber dejado en el campo de la
muerte el puado de polvo que reste de mi cuerpo--No llores por m;
lanza a los horizontes tus alegres sonidos de los das de
fiesta.--Quisiera que imitara tu voz de bronce el ruido alegre que
produce al romperse la cadena del esclavo o el cerrojo de la crcel
cuando se abre para dar libertad al cautivo.




IX


La poca en que el calendario seala el aniversario de los muertos est
en consonancia con el duelo y horror de los sepulcros. La Naturaleza
gime como los corazones, y los elementos al expirar el ao parecen
retorcerse entre las convulsiones de una agona triste.

El prolongado equinoccio renovando durante la noche sus furiosos
resoplidos parecidos por su regularidad a suspiros de muerte; las
furiosas rfagas de viento chocando contra los muros; los silbadores
torbellinos llevndose consigo Dios sabe dnde! nubes de hojarasca
muerta, en medio de las cuales parece que se oyen como gritos de
angustia; los graznidos siniestros de los cuervos despertados por el
choque de las ramas que van rompindose, las bruscas sacudidas de la
tempestad conmovindolo todo: asemjanse, en verdad, a espritus
escapados de sus tumbas empujndose, chocando y gimiendo arremolinados
por el viento.

Quin no ha credo or muchas veces, entre los bramidos del huracn,
voces que nos llaman por nuestros propios nombres? cuntas veces las
hemos odo llamar a las vidrieras y a las puertas como para hacerse
abrir por la fuerza las habitaciones desiertas en las cuales vivieron
sus almas en algn tiempo?

Yo gozo con semejante tumulto recogindome en el fro que en m produce
la calentura de la agitacin, y medio tendido al calor del fuego del
invierno, sobre las mismas losas abrillantadas por las pisadas de
aquellos que estn tendidos para siempre no lejos de m, y abrazndome a
propsito, durante esta noche de recuerdos, a cuanto me resta de sus
vestigios venerados. Dieciocho pequeos volmenes encuadernados en
cartn de diversos colores estn esparcidos junto a m sobre la
alfombra; tan pronto entreabro y leo aquel o el de ms all, reflexiono
sobre las fechas del principio y el fin de cada uno sin cansarme de leer
y releer, llorando o sonriendo tristemente.

Uno de ellos contiene EL MANUSCRITO DE MI MADRE.

Mi madre, segn tengo dicho en mis _Confidencias_, no escriba por
escribir solamente, menos an para ser admirada; escriba, digmoslo
as, para ella sola con el objeto de encontrar en un registro los
acontecimientos domsticos de su vida, un espejo moral de s misma,
donde pudiese verse y compararse frecuentemente con lo que ella misma
haba sido en otras pocas o era a la sazn, y mejorarse de continuo.
Semejante costumbre, observada por mi madre hasta su muerte, dio por
resultado la existencia de quince o veinte pequeos volmenes de
confidencias ntimas entre ella y Dios, que he tenido la dicha de
examinar; en ellos he vuelto a ver y veo continuamente a mi madre viva
cuando siento de nuevo la necesidad de refugiarme en su seno.

No escribi mi madre con esa energa de conceptos y brillantez de
imgenes que caracterizan el don de expresar. Hablaba con la sobria y
clara sencillez de quien no se rebusca jams dentro de s propio, ni
pide a las frases otra cosa sino que le den a conocer tal como l es,
como no pidi jams a sus vestidos sino que la vistiesen, sin fijarse en
que pudieran servirle de adorno. La superioridad no se observa en su
estilo; permaneca en su alma, y sta resida en el corazn
principalmente, lugar en donde la Naturaleza ha colocado el genio de la
mujer, puesto que las obras de la mujer son todas hijas del amor. De
suerte que nicamente por la simpata se siente el hombre unido a ellas.
Esta superioridad, casi incomprensible e inofensiva, nos subyuga
dulcemente.




X


Dueo de estos recuerdos ntimos, he pensado muchas veces en si deba
esconderlos en el cajn ms profundo de mi secreter o entresacar de
ellos un pequeo extracto acompaado de algunas observaciones para la
familia, al objeto de que los restos del alma de semejante madre, no se
evaporen por completo sin haber sido, cuando menos, ledos de sus
nietezuelos.

Este pensamiento ha renacido en m con mayor fuerza al sentir las
vibraciones clamorosas de la campana que llora sobre su tumba y que
parece hacerme cargos por mi silencio, cuando el mismo bronce llora para
recordrmelo.

Acumlanse los aos, la tarde de la vida se acerca, el polvo del tiempo
comienza a empaar las hojas con el tinte plido del otoo. Me hallo en
uno de estos momentos de recogimiento crepuscular en los que el
pensamiento se detiene ante las inquietudes de la vida activa
remontndose a su origen, como agua estancada sin viento que la agite a
la cual le es imposible encontrar la corriente; es el momento, en fin,
de cumplir con mi piadoso deseo examinando esta reliquia venerada.

Solamente la luz del hogar mismo de mi madre alumbrar estas pginas; y
slo quien haya llorado su muerte encontrar este libro interesante. A
pesar de los variados espectculos que representan a la mirada del
hombre sensible y reflexivo la historia y la naturaleza, no existe en su
fondo un solo punto ms interesante de que haya concurrido en una sola
alma, dadas las circunstancias, tal conjunto de alegras, penas y
vicisitudes de la vida, habiendo pertenecido esta alma a una mujer
ignorada entre la oscura y tranquila vida domstica.

Este drama no pertenece a la escena, se encierra dentro del corazn;
pero una lgrima, ya sea producida por la cada de un imperio o por el
hundimiento de una cabaa, contiene siempre la misma cantidad de agua y
de amargura...




XI


Cuando omos hablar del alma de una persona, nos gusta conocer
exteriormente la envoltura que la encierra. He aqu el retrato de mi
madre, tal como est trazado en las primeras pginas de las notas
confidenciales de su vida.

Alicia de Roys, tal fue el nombre de mi madre, hija de M. Roys, director
general de la hacienda del seor duque de Orleans. Mme. de Roys, su
esposa, segunda aya de los hijos del duque, fue favorita de aquella
bellsima y virtuosa duquesa de Orleans, que la Revolucin respet a
pesar de haber destruido su palacio y de haber mandado sus hijos al
destierro y su marido al patbulo.

M. y Mme. de Roys habitaban en el palacio real durante el invierno y en
el de Saint-Cloud los veranos.

En este palacio naci y creci mi madre, pasando su infancia en compaa
del rey Luis-Felipe, nio tambin. Ambos pasaron la niez en medio de la
familiaridad respetuosa que se establece generalmente entre los nios de
una misma edad aproximadamente, que reciben iguales lecciones y
participan de las mismas inocentes distracciones.

Cuntas veces nuestra madre nos hablaba de la educacin de este
prncipe, que una revolucin haba desterrado de su patria, y que otra
revolucin deba levantar sobre su trono! No existe una fuente, una
arboleda, ni un cuadro solamente en los jardines de Saint-Cloud que no
conociramos antes de haberlos visto. Cuntas veces los nombraba al
recordar su infancia! Saint-Cloud haba sido para ella su _Milly_, su
cuna, el lugar en el cual todos sus primeros pensamientos e impresiones
haban germinado, florecido, crecido y vegetado con las exuberantes
plantaciones del magnfico parque.

Los personajes que tuvieron ms resonancia durante el siglo XVIII,
quedaron en su memoria profundamente grabados.

Mme. de Roys, su madre, fue mujer de gran mrito. Sus funciones en el
palacio del primer prncipe de la sangre, atraan a su alrededor muchos
personajes clebres de la poca. El mismo Voltaire, durante su triunfal
y ltimo viaje a Pars, hizo una visita de atencin a los jvenes
prncipes.

Mi madre, que no contaba a la sazn ms que siete u ocho aos, asisti a
la visita, y aunque muy nia, comprendi por las impresiones que se
manifestaban en torno suyo, que estaba viendo un personaje superior a un
emperador.

Aquella actitud soberana de Voltaire, sus vestidos, su porte, en fin, y
sus palabras, quedaron impresas en su memoria de nia, como quedan los
seres antidiluvianos sobre las piedras que forman las montaas.

Dalembert, Laclos, Mme. de Genlis, Buffon, Florin, el historiador
ingls Gibbon, Grimm, Morellet, M. Necker. Los hombres de Estado, los
literatos y los filsofos de su tiempo vivan en la sociedad de Madame
de Roys, distinguindose entre todos ellos al ms inmortal, a Juan
Jacobo Rousseau.

Aunque mi madre era muy religiosa, conservaba cierta tiernsima
veneracin por este grande hombre; sin duda porque vea que a ms de su
gran genio, atesoraba un generoso corazn. Y si ella no participaba de
las ideas religiosas del gran genio, senta las bellezas de su alma.




XII


Una el duque de Orleans a este ttulo el de conde de Beaujolais, y por
esta causa tena el derecho de nombrar cierto nmero de damas para el
cabildo de Salles. Mi madre fue nombrada a los quince o diecisis aos.
Conservaba todava un retrato suyo de aquella poca, adems del que
todas sus hermanas y mi padre mismo, me han hecho infinidad de veces al
relatarme su vida.

Est representada con el mismo uniforme del colegio. Vese en l a una
joven alta y delgada, de talle flexible, de blanqusimos brazos,
cubiertos hasta el codo por mangas ajustadas de un tejido negro. Sobre
su pecho ostenta la crucecita de oro del captulo. Caen por ambos lados
de su gallarda cabeza, sus flotantes cabellos negros, y sobre stos un
velo de encaje menos negro an que los rizos que orlan su cara, de un
blanco mate plido que resplandece mejor entre aquella oscuridad de
colores.

A causa del tiempo, han desaparecido un tanto los colores y frescura de
los diecisis aos, pero los rasgos son an tan puros y recientes, que
los colores no se han secado todava en la paleta. Se encuentra a
primera vista en su fisonoma, aquella sonrisa interior de la vida,
aquella ternura inagotable en la mirada que revela en todo su ser una
extraordinaria bondad: rayos de luz de una razn serena empapada en
serenidad, flotando como una caricia eterna en su mirada un tanto
profunda y otro tanto velada por los prpados, como si quisiera evitar
que se escapase todo el fuego y todo el amor que se encerraba en sus
hermosos ojos. Al ver este retrato se comprende muy bien toda la pasin
que semejante mujer debi inspirar a mi padre, y todo el respeto y
veneracin que deba inspirar despus a sus hijos.

A pesar de esto, tampoco mi padre era indigno por ningn concepto de
atraerse las simpatas de una mujer amorosa y sensible. No era demasiado
joven: contaba treinta y ocho aos. Pero para un hombre como l, que
deba morir joven todava de cuerpo y espritu a los noventa aos, con
todos sus dientes, todos sus cabellos y en toda la varonil belleza de
una vejez fuerte, treinta y ocho aos representaban la flor de la
existencia.

Era de elevada estatura, porte militar, lneas varoniles y carcter
severo. La altivez y la franqueza leanse en su fisonoma a primera
vista. No afectaba ingenuidad y gracia, y eso que posea en su interior
y en alto grado ambas cualidades. A pesar de su temperamento fogoso,
pareca indiferente y fro en el exterior, creyendo, sin duda, que un
hombre como l deba avergonzarse de manifestar demasiada sensibilidad.
Dudo que hubiera otro hombre en el mundo que dudase ms de sus virtudes
y que envolviese con todo el pudor de una mujer las severas perfecciones
de un hroe. Yo mismo tard en conocerle muchos aos.

Le crea duro y spero, cuando no era ms que justo y rgido.

Eran sus gustos sencillos e inocentes como su alma.

Patriarca y militar: he aqu el hombre.

La caza y el bosque, mientras permaneca en el campo; el resto del ao,
su regimiento, su caballo, sus armas, la ordenanza escrupulosamente
observada y ennoblecida por el entusiasmo del soldado: stas eran todas
sus ocupaciones. Nada ambicionaba, y mostrbase cumplidamente satisfecho
con su grado de capitn de caballera. La estimacin de sus camaradas
era lo nico que, procurando conservarlo con delicadeza suma, encontraba
digno de envidia, y su nica ambicin.

Consideraba el honor de su regimiento como el suyo propio, y saba de
memoria los nombres de los oficiales y soldados de todos los
escuadrones. Sin la menor ambicin de fortuna ni de grados, cifraba todo
su ideal en ser lo que era: un buen militar, teniendo el honor por alma
y el servicio del rey por religin. Pasbase los seis meses del ao de
guarnicin en una ciudad y los otros seis en su pequea casa de campo,
con su esposa y sus hijos. En una palabra, el hombre primitivo un tanto
modificado por el militar; he aqu mi padre.

La Revolucin, las desgracias, los aos y las ideas fueron modificando
su manera de ser y se completaron en su vejez. Yo mismo puedo asegurar
por mi parte haber visto cmo su esplndida y fcil naturaleza se
desenvolva despus de los sesenta aos de existencia. Parecase a las
encinas que vegetan y se rejuvenecen de continuo hasta el da en que el
hacha del leador rompe su tronco. A los ochenta aos continuaba
modificando sus ideas y buscando la perfeccin de ellas.




XIII


Y constante como era, logr vencer, en unin de mi madre (no sin tener
que superar grandes obstculos), todas las dificultades de la fortuna y
las preocupaciones de familia que se interpusieron entre ambos.
Casronse en el tiempo en que la Revolucin removi todas las
edificaciones humanas y hasta la tierra en que se asentaban.

La Asamblea constituyente haba realizado su obra. Saba por la fuerza
de una razn sobrehumana, por decirlo as, los privilegios y
preocupaciones sobre los cuales descansaba el antiguo orden social de
Francia.

Haban los tumultos populares removido ya, como remueven las olas los
vientos precursores de los temporales, el palacio de Versalles, el
fuerte de la Bastilla y el Municipio de Pars.

Los primeros temblores que removieron los cimientos crease que seran
una ligera tempestad sin consecuencias.

No exista escala para medir la altura a que deba alcanzar el
desbordamiento de las nuevas ideas.

Mi padre no haba abandonado el servicio a pesar de su casamiento: l no
vea en todo aquello ms que la bandera que deba seguir, el rey a quien
defender, algunos meses de lucha contra el desorden y algunas gotas de
sangre que derramar en el cumplimiento de su deber.

Los primeros relmpagos de una tempestad que deba sumergir un trono
secular y conmover a Europa durante medio siglo a lo menos, se perdieron
para mi madre y para l, entre las primeras alegras de su amor y las
perspectivas primeras de su felicidad.

Yo recuerdo haber visto cierto da una rama de sauce desgajada del
tronco por la tempestad de la noche, flotando a la maana sobre las
aguas desbordadas del Saone. Un ruiseor hembra empollaba todava en su
nido flotante, mientras el macho revoloteaba sobre las aguas espumosas
que pretendan tragarse aquella dulce mansin de amor.




XIV


Apenas hubieron probado el deseado bienestar, cuando les fue preciso
interrumpirlo, separndose quin sabe si para no volverse a ver! Lleg
el momento de la emigracin. En esta primera poca, no fue la emigracin
lo que deba ser ms tarde; un refugio contra las persecuciones o contra
la muerte. Fue una especie de contagio que exista entre la nobleza
francesa. El ejemplo dado por los nobles cundi y casi todos los
regimientos perdieron sus oficiales. Necesitaban grande firmeza de
carcter para resistir aquella epidemia que tom el nombre de honor.

Mi padre tuvo esta firmeza y no emigr.

Solamente cuando se exigi a los oficiales del ejrcito un juramento que
rechazaba su conciencia de servidores del rey, present su dimisin.
Pero el 10 de Agosto se aproximaba, se le senta venir.

Sabase de antemano que el fuerte de las Tulleras sera atacado, que
los das del rey correran peligro; que la Constitucin de 1791, pacto
provisional de conciliacin lo que deba ser ms tarde: un refugio
contra las derribado o elevarse triunfante entre ros de sangre. Los
amigos que an quedaban a la monarqua y los hombres personalmente
unidos al rey, se contaron y unieron para ir a reformar la guardia
constitucional de Luis XVI.

Mi padre fue uno de estos hombres de corazn.

Mi madre, que a la sazn me llevaba en su seno, no hizo el menor
esfuerzo para detenerle. Aun en medio de sus lgrimas, no comprendi
ella nunca la vida sin honor, ni vacil un minuto entre el dolor y el
deber.

Mi padre parti sin esperanza, pero sin vacilar un momento. Combati con
la guardia constitucional y con los suizos para defender el castillo.
Cuando Luis XVI abandon el palacio, la lucha se convirti en matanza.
Mi padre fue herido de un tiro de fusil. Cuando a pesar de ello
procuraba escaparse, fue detenido frente a los Invlidos al intentar
atravesar el ro. Conducido a Vaugirard se le encerr en una cueva por
algunas horas. Despus fue reclamado y salvado por el jardinero de un
pariente suyo, quien, estando de oficial municipal de la Commune, le
reconoci casualmente.

Al escapar as de la muerte, volvi al lado de mi madre, encerrndose en
la ms profunda oscuridad del campo hasta el da que las persecuciones
revolucionarias no permitieron a los partidarios del antiguo rgimen
otro asilo que la prisin o el patbulo.




XV


El pueblo fue una noche a arrancar de su hogar a mi abuelo, a pesar de
sus ochenta y cuatro aos, a mi abuela, casi tan anciana como l y
enfermiza, a mis dos tos y tres tas, religiosas que haban sido
arrojadas ya de sus respectivos conventos.

Colocaron a esta respetable familia dentro de un carro escoltado por
gendarmes, y la condujeron en medio de un espantoso alboroto y de gritos
de muerte hasta Autn. Haba en este pueblo una inmensa crcel destinada
a encerrar todos los sospechosos de la provincia.

Mi padre, por una excepcin de la cual ignoro la causa, fue separado del
resto de la familia y encerrado en la crcel de Mcn. Mi madre, que me
amamantaba a la sazn, fue depositada sola en la casa de mi abuelo, bajo
la salvaguardia de algunos soldados del ejrcito revolucionario. Y an
causar asombro el que aquellos en quienes data la vida de estos
siniestros das, hayan aportado con su conocimiento cierto sabor de
tristeza y cierta impresin melanclica al genio francs! Virgilio,
Cicern, Tbulo, y el mismo Horacio, que imprimieron semejante carcter
al genio romano, no haban nacido por cierto, como nosotros, durante
las espantosas luchas civiles de Roma, entre el barullo de las
proscripciones de Mario, de Syla o de Csar?

Es preciso no olvidar las impresiones de terror o de piedad que
agitaron las entraas de las mujeres romanas, durante el tiempo que
llevaron en ellas a aquellos hombres! Es preciso calcular cuan amargada
sera por las lgrimas la leche de que mi madre misma me nutra,
mientras la familia sufra un prolongado cautiverio del que slo la
muerte deba librarla, mientras el esposo adorado estaba sobre las
gradas del cadalso y ella permaneca encerrada en su desierta casa,
guardada por los feroces soldados que espiaban sus lgrimas considerando
su cario como un crimen e insultando su dolor!




XVI


Detrs de la casa de mi abuelo, que se extiende entre dos calles,
exista una casita baja y sombra que comunicaba con la grande por medio
de un corredor oscuro y unos pequeos y reducidos patios hmedos como
pozos.

Esta casa serva de alojamiento a los antiguos criados de mi abuelo
retirados del servicio, y a quienes sostena la familia con pequeas
pensiones que continuaban percibiendo por algunos servicios que
prestaban de cuando en cuando a sus viejos seores; especie de libertos
romanos, que muchas familias tenan empeo en conservar.

Cuando la casa solariega fue secuestrada, mi madre se retir a la
pequea en compaa de una o dos mujeres. Otro poderoso atractivo la
seduca.

Precisamente frente a las ventanas de la otra parte de la oscura
callejuela estrecha y silenciosa, se alzaban y alzan todava los
elevados y sombros muros aspillerados por algunas ventanas de un
convento de monjas Ursulinas. Edificio de aspecto austero y recogido
como propio del objeto a que se destinaba, como la bella fachada de la
iglesia adjunta a uno de sus lados y en su trasera unos patios profundos
y un jardn, cercados por negros y espesos muros cuya altura es
infranqueable.

El tribunal revolucionario de Mcn hizo servir este convento de crcel
provisional, cuando las crceles de la ciudad estaban llenas de presos.
Dio la casualidad de que mi padre fuera encerrado en esta
crcel-convento, cuyo edificio conoca perfectamente en todos sus
detalles.

Mme. Lucy, hermana de mi abuelo, haba sido abadesa de las Ursulinas de
Mcn, y en aquel tiempo iban a visitarla y a jugar en el convento los
hijos pequeos de su hermano.

No haba pasadizo, jardn, celda ni escalera secreta que fuese
desconocido por ellos. Mi padre, por lo tanto, retena en su memoria los
ms insignificantes detalles de aquel edificio que cuando nio le haba
servido de casa de recreo y ahora de prisin.

Cuando mi padre entr en semejante prisin, se figur estar en su propia
casa. Por fortuna, tambin, el carcelero haba servido en su mismo
escuadrn, y acostumbrado a respetar a su capitn, enterneciose al verle
de nuevo. Aquel republicano llor cuando las puertas de las Ursulinas se
cerraron para detener al prisionero.

Encontrose mi padre all con buena y numerosa compaa, puesto que haba
en aquella crcel ms de doscientos sospechosos de la provincia,
amontonados en las habitaciones y los corredores del antiguo convento.

Mi padre pidi por todo favor le concedieran para l solo un rincn en
el granero. Un tragaluz abierto en lo alto y que daba a la calle, le
proporcion cuando menos la satisfaccin de ver a travs de las rejas de
hierro el tejado de su casa. Fcilmente le fue concedido este favor, y
qued instalado definitivamente bajo las negras tejas del edificio,
teniendo por cama dos tablas de madera nicamente.

Durante el da bajaba con sus compaeros de prisin a pasar el tiempo
jugando, nica cosa que les era permitido. Ni aun se les permita
escribir a sus familias. Este aislamiento no fue para mi padre de larga
duracin.

La misma idea que haba tenido de pedir al carcelero una habitacin en
lo alto de la casa, para poder desde all ver el tejado de la suya, la
haba tenido mi madre de subir con frecuencia al desvn de su casita y
sentarse all a contemplar a travs de su dolor y con los ojos
humedecidos por el llanto, los muros de la prisin que retena aquello
que tanto amaba en el mundo.

Si las miradas se buscan, acaban por encontrarse a travs del universo;
fcilmente podan los ojos de mis padres encontrarse, no mediando entre
unos y otros ms que dos paredes y un callejn estrecho.

Ambanse sus almas, compenetrbanse sus pensamientos y pronto los signos
suplieron a las palabras que jams salieron de sus labios por temor a
revelar a los centinelas su sistema de comunicarse. La mayor parte de
las horas del da pasbanlas sentados uno enfrente del otro.
Concentrbanse sus almas en las pupilas de sus ojos.

Un da se le ocurri a mi madre escribir algunas lneas de letras muy
grandes, diciendo en pocas palabras lo que necesitaba que el preso
supiese. Mi padre le contest por medio de una sea, y desde aquel da
quedaron sus relaciones establecidas: despus fueron stas,
ensanchndose ms cada da.

Como quiera que mi padre haba sido arcabucero de caballera, guardaba
en casa una arco con sus flechas correspondientes: recuerdo que en mi
infancia jugu muchas veces con ellas.

Tuvo la idea mi madre de servirse de aquel medio para comunicarse con el
prisionero. Algunos das se estuvo ejercitando en su habitacin tirando
el arco, y cuando ya estuvo bien diestra, at a la flecha un hilo,
dispar hacia el tragaluz del convento, y mi padre, al ver la flecha y
el hilo, tir de ste, y lleg una carta a sus manos. Si por semejante
medio el hilo haba llegado, no sera difcil pasar durante la noche,
tinta, papel y plumas: as se hizo, y todos los das, al amanecer, mi
pobre madre recoga las cartas, en las cuales los cautivos expresaban
sus dolores y sus ternezas, preguntaba, aconsejaba, consolaba, en fin, a
su esposa, hablndole de su hijo, de los asuntos de la casa y de sus
sufrimientos.

Al medioda, mi madre me haca subir al desvn y me alzaba en sus brazos
para que mi desgraciado padre pudiera verme, hacindome extender mis
manecitas hacia las rejas de la prisin, y devorndome despus a besos.




XVII


En aquel tiempo, despus de haber los hombres de la Convencin repartido
a su capricho las provincias de Francia, ejercan sobre ellas un poder
sanguinario y absoluto, en nombre del orden pblico.

La vida de las familias dependa casi siempre de una palabra o de una
firma de los representantes del pueblo. En tal estado las cosas, no era
de extraar que mi madre creyera suspendida sobre la cabeza de su esposo
el hacha del verdugo. Algunas veces tuvo la idea de arrojarse a los pies
de los delegados de la Convencin y pedirles la libertad de mi padre.
Los consejos de ste la hicieron desistir de sus propsitos por algn
tiempo, pero a instancias del resto de la familia, que tambin se
hallaban encerrados en las crceles de Autn, decidiose al fin, y pudo
conseguir de las autoridades de Mcn un pasaporte para Dijn y Lyn.

Cuntos temores, cuntas splicas, cuntas idas y venidas, cuntos
disgustos le cost el conseguir hablar solamente con uno de aquellos
representantes del poder revolucionario!

Muchas veces, este representante, con el cual mi madre haba por fin
conseguido hablar, era un hombre brutal y grosero, que se negaba a or
los lamentos de una mujer desolada o la despeda con amenazas,
culpndola de pretender enternecer a los encargados de administrar
justicia. Otras, sin embargo, era algn hombre sensible y piadoso, pero
la presencia de sus compaeros no le permita obrar con arreglo a sus
ideas, y rechazaba con la boca lo que con el corazn otorgaba. Javoques,
el representante de mejor carcter entre todos aquellos procnsules, fue
quien sirvi a mi madre tan bien como las circunstancias y su deber le
permitieron, y quien la recibi en audiencia escuchando con respeto y
atencin cuanto le expuso.

El da que la recibi en audiencia, me llevaba a m en brazos, sin duda
para que la piedad encontrase dos motivos para manifestarse: la de una
mujer joven y madre, y la de una inocente criatura.

Javoques, despus de haberla hecho tomar asiento y deplorado el
sentimiento que le causaba el haber de ejercer sus rigurosas funciones,
me tom en sus brazos y me coloc sobre sus rodillas: mi madre, creyendo
que me dejara caer, hizo un movimiento de temor.

No temas, ciudadana--le dijo:--tambin nosotros los republicanos
tenemos hijos. Al ver que yo sonrea jugando con su escarapela
tricolor, aadi: A fe ma que tienes un nio bien hermoso para ser
hijo de un aristcrata. Debes educarlo para la patria y hacer de l un
buen ciudadano. Despus de esto, le dijo algunas palabras que se
referan a mi padre, y le hizo tener alguna esperanza en su libertad.

Acaso a esta entrevista fue debido el que no lo encausaran y lo dejaron
olvidado en la crcel. En aquella poca, toda formacin de una causa,
equivala a una sentencia de muerte.

De regreso a Mcn, mi madre volvi a encerrarse en su pequea casita
junto a las Ursulinas. Cuando la noche estaba oscura y apagados los
faroles de la calle, se deslizaba desde el aposento de mi padre hasta el
desvn, una cuerda llena de nudos, por medio de la cual se vala para
pasar junto a los seres que idolatraba, algunas horas deliciosas e
intranquilas a la vez.

Ms de un ao transcurri de esta manera.

El 9 de Termidor abrironse las prisiones y fue libre mi padre. Los
viejos y enfermizos parientes de mi madre, volvieron tambin a mi
casita, y poco despus murieron tranquilamente en su propio lecho, que
no fue poca suerte. El horroroso temporal haba pasado sobre ellos.
Ninguno de sus hijos haba perecido durante aquel huracn
revolucionario.




XVIII


Muerto mi abuelo, toda su fortuna haba de pasar por entero a su hijo
mayor, segn las costumbres de la poca; pero las leyes nuevas haban
suprimido los mayorazgos, as como tambin los votos de pobreza, de
manera que las hermanas de mi padre que los haban hecho, quedaban de
ellos relevadas, y por esta circunstancia deban proceder al reparto de
bienes.

Eran stos de alguna importancia, y estaban divididos entre Borgoa y el
Franco-Condado.

Si mi padre hubiera reclamado la parte que le corresponda, del mismo
modo que lo hicieron sus hermanas, hubiera cambiado su suerte por
completo, obteniendo algunas de las magnficas posesiones territoriales
y que deban repartirse entre la familia.

No fue as; sus escrpulos le impidieron violar las intenciones de mi
abuelo, a pesar de ser recientes las leyes revolucionarias que supriman
los mayorazgos. Estas leyes las encontraba muy justas, pero a su
entender, violaban la autoridad paterna y le pareca faltar a un deber
de conciencia pidiendo el cumplimiento de esta ley contra su hermano
mayor.

Renunci, pues, a la herencia legal de sus padres, y se hizo pobre
pudiendo con una sola palabra hacerse rico.

Fueron repartidos los bienes entre los hermanos y hermanas, y l no
quiso nada. nicamente quedaba como propiedad suya, porque as estaba
consignado en los captulos matrimoniales, la pequea propiedad de
Milly, que slo produca de renta unos quinientos pesos anuales.

La revolucin haba suprimido tambin los sueldos que sus padres y sus
hermanos disfrutaban en la casa de Orleans. Los prncipes de esta
familia escriban alguna vez a mi madre desde el destierro donde se
encontraban, y mitigaban, sin duda, los dolores, recordando en las
cartas los bellos das de su infancia.




XIX


Jams crey mi padre que la Revolucin le impidiera guardar fidelidad al
honor de su bandera.

Una casita en el campo medio arruinada y quinientos pesos de renta, no
eran lo suficiente para sostener con algo de holgura a su esposa y a los
muchos hijos que rodeaban la mesa a la hora de comer.

Ciertamente que tena la satisfaccin de su conciencia, el amor de su
mujer y su confianza en Dios, pero esto no era suficiente para
satisfacer las necesidades materiales de la vida.

Educada mi madre entre el fausto de la corte, contentbase con
resignacin viviendo alegre en aquella casa sin muebles ni adornos de
lujo, y con aquel jardincito cercado de pedruscos.

Ms de una vez o decir, tanto al uno como al otro, que en aquella
soledad pasaron los das ms felices de su vida.

A pesar de la escasez de medios, mi madre despreciaba siempre la
riqueza. Recuerdo que una vez me dijo sealando con el dedo nuestros
campos de Milly: Hijo mo, esto es bien pequeo, pero sabiendo limitar
nuestro deseo a lo que poseemos, resulta grande; la felicidad est en
nosotros mismos, y ensanchando los lmites de nuestros viedos no
conseguiremos la felicidad. No se mide la dicha por la yunta como la
tierra; se mide s, con la resignacin que Dios ha dado al pobre como al
rico.




XX


Otra vez encuentro el retrato de mi madre a los treinta y ocho aos;
helo aqu:

Es de noche; las puertas de la casita de campo estn cerradas. Un perro
ladra de cuando en cuando. La lluvia de otoo azota los vidrios de las
ventanas, y el viento produce al chocar con las ramas de los pltanos
intermitentes y melanclicos silbidos.

Me encuentro en una habitacin grande, pero casi desamueblada. Hay en el
fondo de ella una alcoba con una cama de pabelln formado con tela de
cuadros azules y blancos: al lado de la cama se encuentran sobre dos
bancos de madera dos cunas, grande la una, pequea la otra. Es el
dormitorio de mi madre y de mis hermanas. En el fondo de la habitacin
hay una chimenea en la que arden cepas y sarmientos, produciendo un gran
fuego. Esta chimenea es de piedra blanca y est medio destrozada a
fuerza de martillazos, al igual que los adornos flordelisados de los
armarios. En la superficie de uno de ellos haba grabadas las armas del
rey, y por esta razn est vuelto al revs. Las vigas del techo estn
ennegrecidas por el humo, y sobre al suelo sin alfombras ni tarimas, hay
algunos ladrillos rotos en mil pedazos, en cuyos fragmentos se conocen
las seales de los clavos que llevaban en los zapatos los campesinos,
cuando convirtieron en sala de baile esta habitacin. Las paredes,
recubiertas de yeso, dejan ver la descarnada piedra a la manera de un
pobre andrajoso que ensea las carnes a travs de su vestido hecho
trizas.

En uno de los ngulos se halla un viejo clavicordio sobre el que hay
papeles de msica: es el _Adis del pueblo_, composicin de Juan Jacobo
Rousseau. En medio de la sala, una mesita de juego cubierta con un
tapete verde apolillado, y sobre ella dos candelabros de latn. Apoyado
el codo sobre esta mesa, hay un hombre sentado y con un libro en la
mano. Sus miembros robustos indican que an conserva el vigor de la
juventud. Sus ojos son azules y su frente ancha. Cuando se re descubre
una brillante y blanca dentadura. Su tocado revela algunos restos de
antigua grandeza y cierta rudeza de carcter. Suspendidos de un clavo
estn en una de las paredes los arreos militares: el casco, las placas
doradas, el sable, las pistolas de reglamento, como indicando que aquel
hombre hizo uso de ellas en algn tiempo, y que ahora est retirado del
servicio.

El lector habr comprendido que este hombre es mi padre.

En un canap de paja y sentada entre la chimenea y la alcoba, hay una
mujer que parece joven a pesar de sus treinta y cinco aos cumplidos.
An conserva su talle la esbeltez de la nia de quince aos, y sus ojos
negros, la vivacidad y expresin de tiempos pasados. Al travs de su
piel blanca como la leche, se distingue el azul de las venas y el rojo
de la sangre cuando el rubor o la expresin la enciende.

Sus finos cabellos, negros como el azabache, caen sobre los hombros, de
suerte que le dan todo el aspecto de una jovencta. Nadie dira que
tiene ms de treinta aos. La belleza de esta mujer, pura y perceptible
en sus detalles, es completa en el conjunto exterior por su gracia
natural, y en el interior por aquella belleza de alma que parece
iluminar los cuerpos por dentro.

Esta mujer se encuentra medio vuelta de espaldas sobre su asiento, y
sostiene en sus brazos a una nia que duerme tranquilamente. A su lado,
y sentada tambin, hay otra nia de algo ms edad, cuya cabecita rubia
reposa sobre las rodillas de su madre.

Esta mujer es mi madre, y las dos nias mis hermanas mayores. Las otras
dos, que son las ms pequeas, duermen en las cunas colocadas en la
alcoba.




XXI


Esta era mi familia, cuando mi madre dio principio nuevamente a la
narracin de su _diario_, el da 11 de junio de 1801. Tena, al parecer,
desde su infancia, la costumbre de escribir en su libro de notas todos
los acontecimientos que tuvieran ntima relacin con su modo de ser.

Esta especie de confidencias ntimas empiezan de esta manera:

Durante los primeros aos de mi juventud, empec a escribir un _diario_
exacto de cuanto me ocurri a m, o en torno mo, con todas aquellas
reflexiones que los diversos acontecimientos de mi vida me sugirieren.
Despus de largo tiempo, perd esta costumbre, y quem los apuntes que
tena hechos. Siento haber abandonado aquella idea, pues hoy comprendo
que si hubiera persistido en mi trabajo, hubiese sido para m de gran
utilidad. Es mi intencin empezar de nuevo, con la gracia de Dios, a
escribir todos los das (mientras me sea posible), los diferentes
sucesos que pueden ocurrirme, y sobre las cosas buenas o malas que yo
haga; me parece que esto me ayudar a practicar un diario examen de
conciencia, que ha de serme provechoso, porque me facilitar el
conocimiento de las disposiciones de mi espritu.

Yo creo, asimismo que, si mis hijos leen por casualidad este _diario_,
no carecer para ellos de inters; y adems, que les ha de ser til y
provechoso cuando yo falte, porque quiero hablar de todos y cada uno de
ellos, as como tambin de sus diferentes caracteres.

Tengo cinco hijos actualmente, despus de haber perdido uno. Cuatro
nias y un nio llamado Alfonso, que se encuentra en Lyn empezando su
educacin clsica. Es un muchacho muy bueno: quiera Dios que sea buen
cristiano, sabio y dichoso! La nia mayor se llama Cecilia, tiene siete
aos y medio: es de una viveza extraordinaria, pero muy buena. Su
hermana, que se llama Eugenia, tiene cinco aos y medio: es muy
sensible y de corazn excelente.

Cesarina tiene dos aos, y Susana nueve meses. Sin la ayuda de Dios,
sera para m bastante difcil la educacin de estas cuatro nias.

En mi casa tengo, adems, una parienta, enferma de cuerpo y espritu, a
quien he de cuidar con la misma solicitud que a mis hijos: por manera
que son seis criaturas las que tengo que atender. Cunto necesito, Dios
mo, de vuestro auxilio!

Mi esposo y yo vivimos casi siempre en Milly, y pasamos en Saint-Point
algunas temporadas. Es ste un punto muy agradable por el solitario
recogimiento que se advierte al abrigo de las montaas. Cuntas gracias
debemos dar a la Providencia por los favores que nos concede!

Mi hermana--Mme. de Vaux,--ha llegado hoy mismo de Lyn. Es una
angelical y virtuosa mujer. Me ha contado muchas cosas de mi Alfonso:
dice que sus maestros no cesan de hablar de l mucho y bien. Dios le
bendiga como yo le bendigo de todo corazn! Maana empiezo a dar
lecciones a mis nias...

Despus de comer, han venido a decirme que acaba de morir un pobre
anciano abandonado en la cabaa del monte donde yo acostumbraba a pasar
el rato. Este acontecimiento me ha causado un gran pesar, porque me he
reprochado mi negligencia en ir a visitarle durante sus ltimos
momentos. Ciertamente que yo lo crea ya curado; pero no hube de fiarme
en su aparente mejora y deb tener en cuenta lo avanzado de su edad. Mi
obligacin era haberme ocupado con mayor solicitud del pobre anciano.
Siento por esta causa un gran remordimiento, pero comprendo que no me
preocupo lo bastante del poco bien que hago, y que me dejo llevar hacia
las distracciones; stas no sern faltas, pero son ligerezas que no
dejan hacer buen uso del tiempo que transcurre. El tiempo es para
aprovecharlo en hacer el bien a nuestros semejantes y a nosotros mismos.

Mi esposo y yo acabamos de dar un paseo por nuestras vias en flor:
hemos respirado un aire embalsamado de dulces aromas. Todo nuestro
porvenir est cifrado en estos viedos; nuestros hijos, nuestros criados
y nuestros pobres, tambin esperan disfrutar de los productos que
rendirn estos racimos floridos. La Providencia preserve nuestra
pobreza de un pedrisco que podra acabar con nuestra esperanza! Durante
el paseo hemos llegado a la choza que hay en la parte alta de las vias,
donde ha muerto esta maana el pobre viejo.

Mi esposo no me ha permitido entrar a verle y a rogar a Dios por su
alma; sin duda ha querido evitar un disgusto al presenciar el doloroso
espectculo que hubiramos visto dentro de aquella humilde vivienda. Yo
hubiera deseado pedir perdn a su alma por no haber estado junto a su
cuerpo moribundo para consolarle con palabras de esperanza y recibir su
ltimo suspiro.

Estaba la puerta de la cabaa abierta, y una cabrita no haca ms que
balar y entrar y salir, como si pidiera socorro para su viejo compaero.
He conseguido de mi esposo autorizacin para que maana mande a buscar
la cabrita, para tenerla en compaa de nuestra vaca de leche y de los
carneros.

       *       *       *       *       *

Estas primeras pginas del _diario_ de mi madre dejan ver que, aunque
aquella joven se cri en los palacios del prncipe ms rico de Europa,
pudo ser trasladada, sin que por esto sufriera la ms mnima alteracin
el amor de su marido, de sus hijos y de sus semejantes, al apartado
rincn de una campia distante de Pars ms de cien leguas. Para tener
una idea exacta de la casita de Milly, donde mi madre y nosotros nos
encontrbamos relegados en invierno como en verano, puede verse la
descripcin hecha en mis _Confidencias_ y la composicin potica
titulada _La tierra natal_.




XXII


Hace ocho aos, deca yo en mis _Confidencias_:

Dejando de seguir el curso del ro Saone, si os dirigs por las verdes
praderas de Mcn hacia el pequeo pueblo y cerca de las ruinas de la
antigua abada donde muri Abelardo, el infortunado amante de Elosa,
siguiendo una tortuosa senda, veris a derecha e izquierda blanquear
algunos pueblecitos entre los verdes pmpanos de las vides. Dominan a
estos pueblecitos montaas incultas que se extienden en rpidas
pendientes formando como unas praderas blanquecinas. Coronan estas
montaas grandes moles de piedra que surgen de la tierra, y cuyas
cspides dentelladas asemjanse a las ruinas de antiguas viviendas
feudales. Siguiendo el camino pedregoso que se extiende alrededor de la
base de estas rocas, se encuentra a la izquierda y a dos leguas de la
poblacin un camino estrecho y bien cuidado, adornado de sauces, que
llega hasta un riachuelo cuyas aguas mueven las ruedas de un molino.
Cuando la corriente del ro aumenta por las lluvias, se atraviesa por un
pequeo puente y se sube por una pendiente rpida y escabrosa a unas
casitas cubiertas de tejas que se ven agrupadas sobre una pequea
eminencia. Un campanario de piedra color gris domina este grupo de
casas. Este es mi pueblo.

El camino serpentea por entre las casas, de suerte que los pasajeros que
lo siguen han de ver necesariamente, y mientras atraviesan el pueblo,
todas las casas de que se compone. Encuntrase, sin embargo, una puerta
algo ms alta y otra ms pequea que las dems: stas son las del patio
en cuyo centro aparece escondida la casita de mi padre.

La casa se esconde, en efecto, y no puede verse ni desde las afueras del
pueblo. Est construida en un recodo del valle, y dominada en todas
direcciones por los rboles, por otras edificaciones y por el
campanario. nicamente trepando por la peligrosa pendiente de una
montaa elevadsima y volviendo los ojos, pudiera verse bajo nuestros
pies aquella casita baja y maciza que aparece como una piedra negra en
un rincn del jardn. Su forma es cuadrangular y consta de un solo piso,
con tres grandes ventanas en cada una de sus fachadas. Ni siquiera estn
cubiertas de yeso las paredes, y las piedras han adquirido con la
humedad un color sombro y secular: parecen los viejos claustros de una
abada.

Se entra en la casa por una alta puerta de madera, asentada sobre una
grada de cinco peldaos de piedra, de dimensiones colosales, pero
descantilladas por el uso, por el tiempo y por los grandes pesos que en
el transcurso de los aos habrn sostenido. Al sentarse sobre ellas,
murmuran y vacilan sordamente. Crecen en sus intersticios ortigas y
parietarias, que sirven de guarida en el verano a los pequeos
renacuajos.

Pentrase en seguida en espacioso corredor, cuya anchura queda un tanto
reducida por unos grandes armarios de nogal que sirven a los campesinos
para guardar la ropa, el trigo y la harina. La cocina se encuentra a la
izquierda de este corredor, y su puerta, continuamente abierta, permite
ver una mesa de encina y en torno de ella algunos bancos. A cualquier
hora del da se encuentran sentados en ellos labradores de la casa o
forasteros que comen pan y queso, y beben vino alegremente.

Inmediato a la cocina est el comedor, en el que slo hay una mesa de
abeto, algunas sillas, alacenas y cajones; muebles, en fin, propios de
las antiguas viviendas solariegas que el arte busca sin cesar, para
construir bajo sus modelos el mobiliario moderno. Al lado del comedor
hay un saln con dos ventanas que la una da al patio y la otra al
jardn.

Para subir al nico piso de la casa, hay que ascender por una escalera
que fue en algn tiempo de madera, y que mi padre la reemplaz por la
actual, que es de piedra groseramente labrada. En el piso se encuentran
hasta diez piezas casi sin muebles que dan a unos corredores oscuros. En
el piso y los corredores habitaban entonces mi familia, los criados y
los huspedes. He aqu la casita que por espacio de tanto tiempo nos
cobij bajo su sombra techumbre! He aqu la morada de paz, la
Jerusaln, como mi madre la llamaba! He aqu el humilde y caliente nido
que por tantos aos nos preserv del fro, del hambre, de las lluvias y
de las tormentosas tempestades del mundo!... Nido del que la muerte fue
arrebatando, primero a mi padre, a mi madre despus, y del cual se han
alejado tambin los hijos, cada uno por su lado, los unos a un sitio,
los otros a otro... algunos, a la eternidad.

Aun conservo la paja, el musgo, la lana: restos preciosos de aquel nido
hoy vaco y sin las ternezas que algn da le animaron a pesar de la
frialdad que en l se observa, me gusta recogerme en l de cuando en
cuando; la voz de mis padres, los gritos alegres de mis hermanas, los
ruidos que producen la alegra y el amor, parece que resuenan bajo las
viejas maderas que sostienen el techo.




XXIII


Por la parte exterior del patio de nuestra casa, alcanza la vista los
establos, los pajares, las leeras y los corrales que la rodean, y la
puerta que siempre permanece abierta, da a la calle del pueblo, por
donde cruzan los aldeanos llevando las herramientas de labranza sobre el
hombro, y algunas veces sobre el otro una cuna con un nio dormido;
sigue despus la esposa con otra criatura de pecho, y despus una cabra
con su cabrito, que al pasar por la puerta se detiene un momento para
jugar con los perros, y se aleja despus dando saltos.

Hay en la otra parte de la calle un horno pblico para cocer pan, donde
se renen al calor de aquel fuego que nunca se extingue, los viejos, los
muchachos y las mujeres. Todo esto es lo que se ve desde una de las
ventanas del saln. La otra permite extender la vista hacia el Norte,
sobre los tejados de algunas casas bajas y las tapias del jardn,
contemplando de esta suerte el horizonte de montaas sembrado por la
nubes, en el que, de cuando en cuando, se junta algn rayo de sol que
alumbra entre aquella sombra las ruinas de un castillo antiguo rodeado
de almenas y torreones, cuya severa figura da carcter al paisaje. Si
entre los fantsticos vapores de la bruma, y a la cada de la tarde,
dirigimos la mirada sobre este castillo, lo vemos desaparecer entre las
sombras. Entonces nicamente queda una montaa negruzca y un barranco
amarillento.

Una ruina sobre el monte o una vela sobre el mar, forman y completan un
paisaje. La tierra es nicamente la escena; la vida, el pensamiento, el
drama estn en aqulla que el hombre ha usado o construido. Donde hay
vida, all hay tambin inters.

Detrs de la casa est el jardn cercado de piedras, desde cuyo fondo
empieza la montaa a elevarse. La falda de esta montaa es verde,
despus rida y desnuda como si en ella no hubiera tierra vegetal. En su
cspide dibujan una especie de dientes enormes dos piedras peladas. Nada
hay que anime aquella pedregosa sierra: ni un rbol ni una choza. A
causa de esto, sin duda, el jardn produce un encanto misterioso.
Asemjase a la cuna de un nio que la aldeana haya colocado dentro del
surco mientras trabaja, y al descorrer la cortina del sueo, no puede
ver otra cosa entre las ondulaciones del surco que un estrecho pedazo de
cielo.

El jardn no puede compararse al primitivo que Homero describe al
disear el cercado de las siete piedras del viejo Laeter. Entrando, a la
derecha, aparecen ocho cuadros sembrados de legumbres y cercados por
rboles frutales y hierba forrajera; de un cuadro a otro hay un paseo
sembrado de arena; al extremo de estos paseos, algunos troncos de parra
que sustentan un verde artesonado de pmpanos sombreando un banco de
roble. En el fondo del jardn hay otro emparrado de vides de Judea que
se enredan entre los cerezos; una fuente, un pozo y una cisterna que mi
padre mand abrir a pico en las rocas, para depositar en ella las aguas
pluviales. Rodean esta cisterna varios sicomoros y otras plantas de
anchas hojas que sombrean aquella parte del jardn.

En otoo estas hojas forman sobre el estanque un tapiz que cubre
completamente las aguas.

He aqu lo que, por espacio de tantos aos, fue el goce, la alegra, el
consuelo a las desdichas sufridas por un padre, una madre y ocho hijos
pequeos!

Este es el edn de mi juventud, donde se albergan mis sentimientos ms
tiernos, siempre que desean disfrutar de este consuelo que proporciona
el recuerdo de esa infancia; algo de esa aurora boreal que slo se
divisa desde la cuna.

Parece que forman parte de mi corazn aquellos rboles, aquellas flores
y hasta la tierra del jardn que me parece inmensa! Extraa cosa es que
en un espacio tan reducido puedan reunirse tantos y tan dulces
recuerdos.

La gradera de madera que conduca all por la cual nos precipitbamos
alegres; las plantas de lechugas que separaban las primeras propiedades
de tierra que nos repartamos entre todos los hermanos, y que cada uno
cultivaba por su cuenta; el pltano bajo cuya sombra mi padre se sentaba
rodeado de sus fieles perros de caza; los rboles bajo cuya fresca
sombra mi madre rezaba el rosario mientras nosotros corramos tras las
mariposas; la pared que da frente al Medioda, junto a la cual tombamos
el sol alineados como rboles de cercado; los dos viejos nogales, las
tres lilas, las fresas coloreando por entre las hojas, las peras, las
ciruelas, los melocotones glutinosos y brillantes con su goma dorada por
el roco de la maana; el emparrado, que buscaba yo al medioda para
leer tranquilamente mis libros, con el recuerdo que dejaron en m
aquellas pginas ledas entre continuas impresiones y la memoria de las
conversaciones ntimas tenidas entre este o aquel rbol; el sitio donde
o, y algunas veces di, mil adioses de despedida al abandonar aquellas
soledades; el otro en el que nos encontramos al regreso, o que
ocurrieron alguna de aquellas escenas tristes propias del drama
conmovedor y tierno de la familia, donde vimos nublarse el rostro
descarnado de nuestro padre y el de nuestra madre que nos perdonaba
cuando arrodillados a sus pies escondamos el nuestro entre los pliegues
de su ropa; donde mi madre recibi la noticia de la muerte de una hija a
quien amaba; y donde alz los ojos al cielo pidiendo resignacin...
Estas ternezas, estas felicidades, estas imgenes, estos grupos, y, en
fin, estas figuras, existen, andan, viven an para m en aquel pequeo
cercado, vivificando mis das ms felices. Quisiera yo que el universo
tuviera principio y fin dentro de los muros de aquel pobre pedazo de
tierra.

Este jardn conserva todava el mismo aspecto; nicamente los rboles,
algo envejecidos, tapizan sus troncos con algunas manchas mohosas; pero
los surcos de rosales y claveles extienden sus lozanos pimpollos sobre
la arena de las sendas; y cantan los ruiseores en las noches de esto
entre los emparrados y las enramadas. Los tres abetos plantados por mi
madre conservan su follaje y sus brisas melodiosas.

Sale y se pone el sol por entre las mismas nubes, y se disfruta an de
la misma calma interrumpida tan slo por el sonido de la campana al
tocar el _Angelus_ o por el ruido cadencioso de los trillos que baten
las mieses en las eras.

Las hierbas parsitas han aumentado; surgen por todos lados zarzas,
cardos y malvas azules, agarrndose cruelmente a los rosales, y la
hiedra extiende sus brazos por el muro como si quisiera derribarlo; y no
se limita a esto su poder, todos los aos adquiere ms lozana, y ya
empieza a trepar por las ventanas del cuarto de mi madre...

Cuando durante mis paseos por estos lugares me olvido de m mismo y,
ensimismado en profundas cavilaciones, me dejo caer sobre el csped,
slo me arrancan de la soledad las pisadas del viejo podador, nuestro
antiguo jardinero, que viene a visitar sus plantas como yo mis tristes
recuerdos y mis fantsticas apariciones.

Cuando me encontraba lejos de mi patria y mi imaginacin vea la imagen
de esta tierra, ms potica sin duda cuanto ms distante de ella me
hallaba, compuse en honor de aquella casita los siguientes versos:

Hay en mi tierra una rida montaa.--Que no produce flores ni frutos, y
aparece inclinada, sin duda por el dolor que le causa su estril
situacin.--Los despojos de su suelo ruedan hacia el barranco cuando las
cabras saltan por las rocas.--Y las piedras desprendidas forman otro
monte que crece gradualmente.--Al abrigo de ste, vive alguna cepa, que
busca en vano un rbol donde enredar sus sarmientos.--En vano tambin,
el arce crece y se arrastra entre los zarzales.--Donde los chicos del
pueblo roban a los pjaros las moras negras como el azabache.--Donde la
pobre oveja deja su lana enganchada a los espinos.--Donde no se siente
en verano el murmullo de las aguas.--Ni el susurro de las hojas agitadas
por el viento.--Ni el canto del ruiseor, cuyas melodas de paz
consuelan el alma.--Bajo los rayos de aquel sol cobrizo, slo la
cigarra ensordece con sus chirridos.--Todo es sombro en aquella selva,
que resguarda nicamente la montaa descarnada, en cuyo muro, azotado
por las lluvias y el viento, anotan los aos su edad.--Detrs de una
colina hay un campo labrado, cuya tierra seca y sin vida deja ver el
arado cuando por ella pasa.--Ni capas de verdura, ni roco en el bosque,
ni fuentes murmurantes.--Tan slo siete tilos que ha olvidado la reja
del labrador, adornan aquel pedazo de tierra inculta.--A su sombra so
yo durante mi infancia.--Hay entre las rocas un pozo que guarda las
aguas pluviales, donde el caminante puede saciar su sed.--Sobre el
terreno arcilloso de la era, hay en verano abundancia de mieses, donde
los gorriones recogen alimento para sus hijuelos.--Aqu, instrumentos de
labranza en desorden.--All, el aldeano con su pipa encendida esperando
que el viento sople para dar principio a la limpia del montn de trigo
que, mezclado con paja molida, espera ser aventado.

       *       *       *       *       *

Nada alegra la vista en esta estril prisin.--Ni los dorados capiteles,
ni las altas torres de las grandes ciudades.--Ni la carretera ni el ro
bullicioso.--Ni los terrados de las casas abrasados por el sol de
Medioda.

       *       *       *       *       *

Slo se divisan all lejos en la escabrosa pendiente.--Las rsticas
techumbres que albergan a los pobres montaeses.--Y la senda tortuosa y
prolongada, que serpentea entre las chozas.--Donde el viejo mece a su
nieto en la cuna hecha de juncos.--En fin, cielo sin color, sol sin
sombra, valles sin verdor... Y es all donde est mi corazn!--Es all
donde est la casita, las sendas, los ribazos donde he tenido los sueos
ms felices.--El aspecto de las montaas, cuando el ganado aterido de
fro baja a la llanura.--Los espinos, el viento, la hierba seca, tienen
ntimas melodas, que slo el alma comprende.--En todos estos sitios se
halla mi corazn; a cada paso encuentra amigos; hasta las piedras y los
rboles me conocen y pronuncian un nombre.--Qu importa que este
nombre, como Thebas o Palmira, no recuerde al viajero la fastuosidad de
un imperio?--La sangre humana vertida por causa de los
tiranos.--Empequeece aquella grandeza y convierte los imperios en azote
de Dios.--Y sobre los monumentos de los hroes y de los dioses, el
pastor pasa silbando sin mirarlos siquiera.

       *       *       *       *       *

Oh! lugares deliciosos y solitarios.--Cuntos recuerdos encerris en
mi alma!--Entre vosotros est el banco donde mi padre descansaba.--La
habitacin donde resonaron sus varoniles acentos, cuando contaba a los
labriegos sus hazaas guerreras.--Cuando les preguntaba los surcos que
trazaba el arado en una hora.--Cuando contaba las peripecias que
ocurrieron a Luis XVI en el cadalso.--Cuando estimulaba a los mozos a
seguir la senda del honor y de la virtud.--Tambin est entre vosotros
la plaza donde mi buena madre nos haca llevar pan, vino y ropas para
socorrer a los pobres del lugar.--Las cabaas, donde, con mano amiga,
dulcificaba los dolores de sus convecinos.--Donde recoga el ltimo
suspiro de los moribundos.--Donde socorra a las viudas y enjugaba el
llanto de los nios arrodillados ante el cadver de su padre, mientras
les deca estas palabras:--A cambio del oro que os doy, rezad por su
alma.

       *       *       *       *       *

All est la higuera al pie de cuyo tronco meca nuestras cunas.--La
senda por donde corramos al or la campana que nos llamaba a misa
primera.--El banco en el que nos explicaba los misterios de la Pasin y
nos defina a Dios, ensendonoslo en el grano de trigo encerrado en sus
grmenes.--En el racimo de uvas chorreando licor.--La vaca transformando
en leche el jugo de las plantas.--En la roca que se abre naturalmente
para dar paso a las aguas.--En la lana de las ovejas robada por las
zarzas para que despus con ella puedan hacer los pajarillos su
nido.--En el sol que en su marcha regular va repartiendo las estaciones
y vivificando los planetas que le rodean.--En todo, en fin, lo que nos
rodeaba; hasta en el ms insignificante insecto nos enseaba el poder
del Criador.

       *       *       *       *       *

Vias, praderas, campos y matorrales.--Sois recuerdo perenne de sombras
y de amor.--Entre vosotras jugaron mis hermanitas lanzando al viento sus
rubias cabelleras.--Mientras yo encenda hogueras con los espinos y la
hierba seca, donde venan a calentarse los hijos de los pastores.

       *       *       *       *       *

El vigoroso sauce que nos prestaba auxilio cuando el huracn se
desencadenaba violento por el valle.--Las rocas, las encinas, el poyo
que hay en la puerta del molino.--Todo permanece en pie, todo ocupa su
puesto.--Pero, ay de m... han desaparecido algunos de los que os
contemplaban en algn tiempo!...

       *       *       *       *       *

Como las aristas se dispersan por el aire.--As se han dispersado los
seres de mi hogar querido.--Hasta las golondrinas dejan de fabricar el
nido cabe las cornisas del tejado.--Y sube por puertas y ventanas, la
hiedra trepadora.--Como queriendo cubrir de luto aquella mansin
querida.

       *       *       *       *       *

Tengo un presentimiento que me hace sufrir horriblemente.--Un
desconocido no tardar en llegar al pueblo, y a fuerza de oro, se
posesionar de todo cuanto alberga la sombra de mis padres.--Donde estn
mis recuerdos ms santos, mis afecciones ms ntimas.--Entonces, hasta
los pajarillos huirn espantados ante la figura de seres extraos...
Dios mo!... ahuyenta de m semejantes ideas...

       *       *       *       *       *

Ruego a mis hermanos y sobrinos que me perdonen si he insertado los
versos anteriores en el presente diario.

Yo entiendo que unos y otros no estn en disonancia, puesto que son dos
frutos de la misma savia.

Continuemos el manuscrito de mi madre.




XXIV

16 de junio de 1801.


Ayer he ido a Saint-Point, y estoy muy fatigada, a pesar de haber hecho
el viaje mitad a pie y mitad a caballo sobre un asno. Los caminos estn
impracticables, y a no ser por el borriquillo, no me hubiera determinado
a hacer este viaje, que ha sido, sin embargo, muy agradable, pues hemos
paseado mucho. He acompaado a mis hijas a la iglesia y he pedido a Dios
que las haga felices. Tambin le he dado gracias por habernos concedido
aquellas fincas, con las cuales ni mi marido ni yo contbamos. Da
lstima ver los edificios: el castillo est casi arruinado, las paredes
interiores estn desnudas, y los adornos, los escudos y las chimeneas,
destrozados a fuerza de martillazos.

Durante los das de saqueo del ao 1789, unos aldeanos, venidos de otros
departamentos lejanos, todo lo destrozaron; particularmente los escudos
herldicos, aparecen hechos trizas. Nada puede lisonjear nuestro amor
propio. Yo me alegro de ello, porque algunas veces este amor propio lo
he tenido con exageracin. Todo me sonre, el pas, los parientes, los
amigos, los vecinos, que vivan a mi puerta y me saludaban con un
jubileo tal, como si hubiese llegado la Providencia. Soy muy feliz, y
esto me causa espanto, porque en este mundo lo bueno dura poco. Es
indispensable que me mortifique con las buenas obras, y que no me deje
arrastrar sino por el reconocimiento hacia el divino Dispensador.




XXV

17 de junio de 1801.


La seorita de Lamartine, mi buena cuada, a quien adoro en el alma, nos
ha convidado hoy a comer en su castillo de Monceau. Este castillo es
propiedad de mi cuada y del hermano mayor de mi marido, que es el jefe
de la familia. Los dos permanecen solteros.

M. de Lamartine era el que deba posesionarse de la inmensa fortuna de
mi familia: estaba enamorado de la seorita de Saint-Huruge, pero no
siendo sta suficientemente rica, el matrimonio no se llev a cabo, y l
ha preferido el celibato a casarse con otra mujer.

La seorita de Saint-Huruge es hoy demasiado vieja, y no piensa ya en
casamientos: es hermana del clebre Saint-Huruge, aquel gran tribuno de
los demagogos, que se hizo famoso en las revueltas de Pars. Fue un buen
hombre que se entreg con entusiasmo a la causa de la Revolucin. Ella
es buena, piadosa y simptica. Mi cuado y ella se vean en Mcn en las
reuniones de familia, y aun se conservan en amistad sincera y constante.
Mi cuado es un hombre de mucho mrito; puede decirse que es un sabio,
porque escribe con talento, posee grandes conocimientos cientficos, y
es consultado por los principales polticos del departamento.

La nobleza intent nombrarlo diputado en los Estados generales, pero su
delicada salud le impidi aceptar. Los republicanos tambin deseaban que
fuese miembro de la Convencin, pero tampoco acept.

Cuando sali de la prisin, donde estuvo algn tiempo encerrado por las
ideas moderadas, volvi a sus posesiones del castillo de Monceau en
unin de su hermana, bella criatura que se ha dedicado a cuidar a su
hermano: parece que ha nacido para hacer la dicha de un esposo. Segn se
dice, esta joven sinti antes de la Revolucin ciertas inclinaciones que
fueron correspondidas por M. de Marigny, vecino y pariente prximo, buen
sujeto, poeta, msico distinguido, que hubo de emigrar el ao 1791. Sus
bienes fueron vendidos en pblica subasta, y muri el ao 1799 en un
hospital de Mcn. Despus de su muerte, la seorita de Lamartine no
quiere ni or hablar de matrimonio. Parece que una dulce tristeza invade
su ser y da a su fisonoma cierta gravedad.

Sus bienes de fortuna, que son bastante importantes, los ha tenido
unidos a los de su hermano, emplendolos en buenas obras. La oracin, la
caridad y el gobierno de la casa son sus ocupaciones. Hace el bien por
hacerlo, sencillamente; no hay en sus actos ni un tomo de egosmo: es
una santa mujer: es religiosa sin ser fantica ni supersticiosa. Pasamos
el da juntas, me quiere y la quiero mucho.




XXVI

19 de junio de 1801.


Todo el da de hoy he estado reflexionando sobre lo peligroso de las
lecturas ftiles. Estoy en la creencia de que si me privo de ellas, ser
un sacrificio para m ciertamente, pero evitar un peligro. He notado
que cuando estoy distrada con estas frvolas lecturas, las tiles y
serias me disgustan y cansan al momento. Decididamente, si he de
adquirir capacidad para educar a mis hijos, me conviene adquirirla y la
adquirir en los libros serios; a ellos me inclino, pues, desde hoy.

Ayer, da 18, he recibido carta de mi madre, en la que me dice que ha
llegado de Alemania, sin indicarme dnde se encuentra. Yo creo, sin
embargo, que estar con la seorita de Orleans, ocupada en el arreglo
del matrimonio de esta princesa. Quiera Dios que sean felices!...

       *       *       *       *       *

Para mejor comprensin del anterior captulo, conviene hacer saber que
Mme. de Roys (mi abuela), estaba de sub-aya en casa de los duques de
Orleans antes de que Mme. de Genlis fuese aya de los infantes.

Muerto el duque de Orleans, o mejor dicho, ejecutado Felipe Igualdad, la
familia de ste huy de Francia, y Mme. de Roys se consagr con el mayor
cario a la viuda duquesa de Orleans, hija del duque de Penthievre.
Largo tiempo vivi esta desgraciada familia en Espaa.

La duquesa tuvo alguna sospecha de Mme. de Genlis, y la despidi de su
servicio, encargando al mismo tiempo a Mme. de Roys fuese a un convento
de Suiza en busca de la seorita de Orleans, donde se encontraba
recogida.

Esta princesa, conocida despus por el nombre de madame Adelaida, era
muy joven, hermosa y excelente de corazn. Durante el reinado de su
hermano Luis-Felipe, dcese que ejerci gran influencia poltica.

Crey mi madre que se trataba de casar a esta princesa desde el momento
que la separaban del convento. Pero no era este el motivo. Tratbase
nicamente de separar a la joven de la influencia directa de madame de
Genlis y de la accin poltica del partido orleanista.

La duquesa viuda de Felipe Igualdad jams quiso asociarse a los manejos
revolucionarios de los partidarios de su marido, as como tampoco a las
intrigas dinsticas que se desarrollaban en este partido, capitaneado
por Dumouriez, hacia donde madame de Genlis conduca poco a poco a su
discpula. Lstima grande que las intenciones de madame de Genlis
hubiesen triunfado! La virtud y la hermosura hubiranse mezclado
horriblemente con las intrigas palaciegas.

La corte espaola honr en la viuda de _Igualdad_ a la vctima de la
Revolucin y de los desaciertos de su marido.




XXVII

3 de julio de 1801.


Ayer quedamos definitivamente instalados aqu, en Saint-Point. El da lo
he pasado arreglando mi pequeo ajuar. Estoy muy cansada. A la cada de
la tarde he ido a la iglesia que est lindante con nuestro jardn, y he
dado gracias a Dios. Para ir al templo, hay que atravesar el cementerio.
He visto en l una fosa abierta, que me ha hecho pensar mucho en lo
efmero de nuestra existencia. Mientras yo estaba contemplando la fosa
se ha verificado el entierro. He presenciado una escena por dems
conmovedora.

La hija del hombre muerto, linda joven de unos diecisis aos, se ha
desmayado al ver caer la primera porcin de tierra sobre el atad que
encerraba el cadver de su padre. Yo la he auxiliado con un frasquito de
sales y ha vuelto en s; despus me la he llevado a mi casa, donde se ha
reanimado un poco despus de haber tomado unos bizcochos y algo de vino.
Lo que ms le ha consolado ha sido el ver que yo lloraba tambin, y que
mis hijos, al verme llorar a m, lloraban igualmente. Aquel padre ha
sido llorado por quien ni de nombre le conoca, mientras su hija
balbuceaba algunas palabras que partan el corazn. Pobre hija!

Las gentes del campo se admiran cuando ven que comparten con ellos los
sufrimientos personas que por su posicin ellos creen de naturaleza
diferente.

Ya era de noche cuando acompaamos a la joven hasta su casa. En la
puerta estaban sus hermanitos, que al verla le preguntaban si su padre
volvera ms tarde. Inocentes criaturas!...

Este suceso ha hecho que mis hijas comprendan lo que son estas eternas
separaciones de familia que la muerte produce, y que ellas habrn de
sufrir tarde o temprano. A los nios no se les debe ocultar estas
tristes escenas de la vida. Antes por el contrario, hay que hacer por
que las vean. Aprender a sufrir no es, pues, aprender a vivir?




XXVIII

3 de julio de 1801.


Hoy he subido a los altos del castillo con el objeto de hacer una visita
a una anciana soltera de ochenta aos, que vive gracias a una corta
pensin que le han dejado y a haberle cedido, sin pagar retribucin
alguna, una pequea habitacin bajo el tejado del edificio. Vive en
compaa nicamente de una gallina dcil como un perro. Esta viejecita
se llama la seorita Felicidad. Sus cabellos blancos como el copo de su
rueca y su blanca sonrisa, indican que debi ser en otro tiempo una
mujer hermosa. A pesar de las incomodidades que su estancia en el
castillo nos pudiera causar, he podido con seguir de mi esposo que
contine en su vivienda, porque son muy peligrosos los traslados de las
plantas cuando llegan a ser viejas. A cierta edad, una habitacin es un
mundo, y el objeto ms insignificante es un recuerdo querido que llega a
formar parte de nuestro mismo ser. He encargado a Juanita, la esposa de
nuestro mayordomo, que la visite y la sirva siempre que se le ofrezca.
Esta mujer, que ha servido muchos aos en el castillo, sabe todas las
historias referentes a l; es muy agradable saber quines han vivido y
ocupado nuestra casa antes que nosotros.

Algn da, seguramente se hablar de m como hoy se habla de otros.
Acaso este da no est lejano!

Despus de comer, o sea a la una de la tarde, me pongo a leer y coser, y
despus doy lectura al _Evangelio meditado_, teniendo a mis criados por
oyentes. Ya anochecido, voy a la iglesia; la oscuridad parece que ayuda
al recogimiento y a la piedad. De esta manera paso la vida mientras mi
marido se halla ausente.

Mis hijas y yo iremos pronto a tomar el fresco por las orillas del
bosque. Esta vida es demasiado dulce y ahuyenta los dolores fsicos y
morales. Dios mo! os doy las gracias, pero yo no soy merecedora de
tanta felicidad.

Que las inquietudes de mi espritu no me impidan reconocer los inmensos
beneficios que de Vos recibo!

Cuando era nia crea que no era posible la vida fuera de la corte, del
Palacio Real o de los jardines de Saint-Cloud que habitbamos con mi
familia; pero, actualmente, pido a Dios que me agraden siempre los
lugares que su voluntad designe. Siempre que comparo la casa
destrozada, pero sana y bien orientada, situada en un valle ameno como
los de Suiza, donde pas los primeros aos de mi casamiento, con esas
casas ennegrecidas por el humo, con esas chozas cubiertas de heno y
retama, siempre que veo esas mujeres ms laboriosas y ms resignadas que
yo, a pesar de carecer de pan y abrigo para ellas y para sus hijos, me
considero demasiado favorecida y privilegiada por la bondad de Dios.




XXIX

9 de julio.


Me encuentro triste y abatida, y no s a qu atribuir esta situacin.
Acaso es producida por la ausencia de mi marido. En este miserable
mundo, la cosa ms insignificante hace cambiar la felicidad; nuestros
cuerpos son en extremo impresionables...

Me he vestido de negro: parece que as me encuentro mejor y, sin
embargo, no creo que pueda resistir muchos das esta excitacin de
espritu.

He ledo un libro de madame de Genlis y me ha causado su lectura una
impresin de alegra y satisfaccin como jams hubiera credo. Hay en
este libro muchos y buenos consejos que aprovechar para mis hijos. Es
muy peligroso dejarse dominar por las impresiones de los otros. Yo haba
juzgado mal y sin conocer la obra ni a su autor; pero confieso que me
equivoqu y me arrepiento de ello.




XXX

10 de julio.


Ayer me dijeron que una pobre mujer careca de pan y que tena muchos
hijos que alimentar. En seguida me fui a visitarla, pero haba muchas
personas en la casa y no me atrev a socorrerla por temor a que se
creyera que ejerca la caridad con ostentacin. Volv a casa con la
intencin de mandarle alguna cosa; se hizo tarde, y no me atrev a
mandar a los criados. Acaso la pobre mujer habr pasado la noche sin
alimentarse ni alimentar a sus hijos! Confieso que he obrado mal, y al
amanecer, he corrido a casa de la pobre mujer y la he socorrido. Nadie
debe avergonzarse de hacer el bien, cuando en el mundo se hace tanto
mal. He resuelto no caer jams en esta debilidad.




XXXI

14 de julio.


Este da lo he pasado muy apaciblemente. Quiera Dios que lo hayan
pasado as todas las personas que conozco!

Continuamente pienso en mi marido: hoy debe estar con mi hijo Alfonso en
Lyn. Cunto me gustara estar con ellos!

Seguramente que lo habr sacado del colegio.

Por la maana, he recibido carta de mi madre, que contina en Alemania y
sigue bien: esto me ha causado una alegra inmensa.

Esta maana he ledo en un libro de Mme. de Genlis: en l se hace una
descripcin de la vida de los frailes de la Trapa, que me ha
impresionado mucho. Tambin me ha sorprendido el leer que estos hombres
no encuentran en este mundo, donde viven en las mayores privaciones, un
solo punto de desgracia, y ven con gusto aproximarse la muerte. Esto me
acaba de convencer de que la felicidad no se encuentra en los mundanales
placeres, y s en el cumplimiento del deber, por penoso que ste sea.
Cuando se ha empleado el tiempo en terminar un trabajo cualquiera, se
encuentra uno contento, y dentro de las leyes de actividad impuestas
por Dios mismo.

El que est bien convencido de esta verdad, y se deje sin resistencia
conducir tranquilamente por las circunstancias y por las personas que
tienen derecho a gobernarnos, ser ms feliz, como yo lo soy desde que
me he amoldado a esta manera de ser.

En algn tiempo tuve yo la pretensin de subordinar todo a mi nica
voluntad, y siempre estaba inquieta: despus he reconocido que si mis
deseos se hubiesen cumplido, casi siempre eran en perjuicio mo. Hoy
vivo completamente entregada a la infinita y soberana sabidura, y me
siento mejor fsica y moralmente. Bendito sea Dios! El es el nico
sabio. El nicamente debe gobernar el mundo.




XXXII

19 de julio.


Ha llegado mi marido, y hemos salido con nuestros hijos a dar un paseo
por las altas montaas, que parece como si crecieran impulsadas por la
poderosa mano de Dios; estn pobladas de hayas, abetos y retama, cuyas
amarillentas flores asemjanse a lminas doradas sobre un fondo verde:
de trecho en trecho hay grandes matorrales entre hierbas, sobre los que
se distinguen algunos carneros; a cada momento se encuentran lindas
cascadas que se desprenden de lo alto de las rocas y serpentean sus
aguas por entre las hojas y los abetos ms verdes que los otros por la
continua humedad que reciben. Este grandioso espectculo expresa el
sentimiento y la grandeza del Creador. Nuestra alma es un espejo
viviente donde se reflejan todas estas bellezas, y en cuyo centro est
Dios siempre que no permtimos colocar nubes ni sombras sobre la
Naturaleza y el espejo.

Desde lo ms alto de la montaa pudimos ver el Mont-Blanc y la
cordillera de los Alpes cubierta por la nieve: mi marido camina a pie en
compaa del guarda, y detrs de nosotros mis hijas, montadas en asnos
que unos muchachos conducen del diestro. El dueo de los asnos, nuestro
antiguo mayordomo, dirige la expedicin. Hemos necesitado ms de tres
horas para llegar a la cima ms alta; yo me haba figura que subiramos
en media hora, pero las distancias nos engaan como el tiempo en la
vida: aunque el engao es a la inversa: en la existencia, se nos figura
el tiempo largo, y es corto: creemos cortas las distancias y resultan
largas.

Todo el da lo hemos pasado corriendo con los nios y sentndonos sobre
la hierba. El panorama que se desarrolla a nuestra vista es magnfico:
las colinas del Mconnais, blanqueadas por pueblecitos, desde los cuales
llegaba hasta nosotros el sonido lanzado desde sus campanarios. Las
praderas interminables del Bresse, parecidas a las de Holanda, que yo
conoca por las vistas de ellas que mi hermano me mandaba cuando estuvo
en aquel pas de secretario de la embajada; y all a lo lejos el
Mont-Blanc, que cambia de aspecto segn reciben sus nieves los rayos del
sol: blanco, violado, negruzco; imitando a un hierro que se colora de
rojo o se ennegrece al fuego de la fragua y segn las operaciones que
el obrero realiza con l.

Hemos tendido sobre la hierba nuestros manteles, y comido juntos, los
pastores, nuestros criados y nosotros. Terminada la comida, hemos vuelto
a montar en nuestros borriquillos y empezado el descenso de la montaa
por diferente camino del que habamos ascendido, el cual est rodeado de
avellanos campestres.

La algazara de los nios, el ruido que hacen las cabalgaduras al caminar
por entre los guijarros de la sierra, el canto de los mirlos, las
detonaciones que producen los escopetazos que mi marido y el guarda
tiran a las perdices, forman, en conjunto, un ruido semejante al de una
caravana a la llegada al oasis. Los pastorcillos debieron tener miedo al
sentir aquel ruido, porque al llegar a un pequeo claro que forman los
rboles en la falda del monte, encontramos una pequea manada de
corderos y cabras sin pastor y bajo la nica vigilancia de dos grandes
perros negros, que, al vernos, ladraban con fuerza.

Algo ms lejos, observamos las cenizas humeantes de una hoguera entre
dos grandes piedras. Junto al fuego haba unos zuecos de madera. Desde
luego comprendimos que los partorcillos guardianes de los corderos
deban de estar cerca de nosotros, y que al ruido de las voces y de los
tiros se habran escondido entre las matas cercanas sin tiempo para
recoger el calzado. Tuve entonces una idea que fue muy del agrado de mis
nios. Junto a las cenizas de la hoguera apagada, nos detuvimos un
momento, y mi marido coloc dentro de cada uno de los zuecos doce
sueldos, y mis hijas un puado de confites que haban guardado para
merendar. Hecho esto, emprendimos de nuevo la marcha, gozando en la
alegra que los pequeos pastores haban de experimentar, cuando despus
de haber pasado nosotros salieran de su escondite recelosos e
ignorantes de lo ocurrido, y se encontraran con la sorpresa que les
habamos preparado. Seguramente que ellos creeran que las hadas de la
montaa les habran hecho aquel regalo, escondindose despus entre las
sombras del bosque donde ellas viven.

Habamos caminado un buen rato, cuando omos el eco de repetidas
risotadas y alegres exclamaciones. Eran los pastorcillos que discutan
entre el estupor que el hallazgo les hubo causado y la natural alegra
que haba producido en ellos tan inesperado acontecimiento.

Como habamos previsto, atribuyeron el hecho a las hadas del bosque,
pero al contar a sus padres lo ocurrido, stos le indicaron la verdad
del suceso, que bien pronto adivinaron; tanto es as, que al da
siguiente nos pagaron la sorpresa con otra sorpresa, pero de un modo muy
delicado, segn acostumbran aquellos buenos campesinos.

Cuando un criado abri la puerta de la casa que da a un patio abierto,
se encontr cuatro cestitas de junco llenas de quesos, panecillos de
manteca hechos en forma de zuecos y avellanas. Los pastorcillos que
haban dejado all aquellos regalos, se escondieron y pudieron or
tambin nuestras exclamaciones de asombro; misterio por misterio,
ofrenda por ofrenda.

Esta delicadeza de los campesinos nos encant; no hemos sabido jams a
qu choza pertenecan los autores del annimo presente.

Aquellos cambios de atencin entre los pobres campesinos y nosotros los
ricos, segn ellos nos llaman, son muy convenientes y ayudan a formar el
corazn de nuestros pequeuelos, enternecindolo de tal suerte, que no
puedan los aos y las vicisitudes de la vida endurecerlo.




XXXIII

22 de julio.


Hemos vuelto de nuevo a Milly, nuestra morada antigua.

Estoy muy lejos de la iglesia y lo siento; pero rezar con igual fervor
que en el templo, dentro de mi casa; Dios acoge la oracin que se le
dirige con fervor, proceda de donde quiera que sea: rezar tambin en el
campo. Qu hermoso templo el de la Naturaleza!

       *       *       *       *       *

Aqu hay muchos detalles exclusivamente domsticos que continan el
_diario_ hasta el da 30. Despus sigue de este modo:


30 de julio.

A las diez de la maana de ayer salimos de Milly para Changrenon, donde
vamos a pasar el da con los seores Rambuteau, nuestros vecinos. El
seor Rambuteau (hijo) es un joven muy simptico, noble, distinguido, de
un trato social muy fino y franco a la vez. La seorita de Rambuteau es
hermossima, y bien quisiera yo que mis hijas se le pareciesen. Esta
joven es aquella clebre Madame de Mesgrigny, tan admirada por su
belleza en la corte de Napolen.

Hemos sido obsequiados en casa de estos seores, entre otras cosas, con
la ejecucin de algunas piezas musicales cantadas al piano con una
maestra incomparable por la seorita y su maestro: este profesor tiene
una preciosa voz de bajo y se llama Breva, quien no desperdicia ocasin
para educar a su discpula; ella, en cambio, hace honor a su maestro,
pero la palidez de su rostro indica que debe fatigarse demasiado en el
estudio.

       *       *       *       *       *

A la vuelta de Changrenon me encuentro con una carta de mi hermana en la
cual me da noticias de mi hijo Alfonso, muy satisfactorias por cierto.
Me participa tambin que uno de sus arrendatarios de Vaux, a quien
durante la Revolucin le haba arrendado las tierras, le ha entregado
cuatro mil pesos, despus de haber reconocido por s propio que lo que
pagaba no era justo: adems, se ha comprometido a pagarle por espacio de
veinte aos una asignacin en frutos de la cosecha. De estos raros
ejemplos de honradez y probidad debemos conservar eterno recuerdo.

Si todos imitramos al arrendatario de mi hermana, cun felices
furamos en el mundo!




XXXIV

31 de julio.


El da de hoy ha sido funesto para nosotros; una tempestad de granizo ha
destruido nuestros viedos. Esto es ms sensible, por cuanto las cepas
estn cargadas de racimos que han sido destrozados por el furioso
vendaval y el granizo que despeda a su paso. Estoy muy triste; pues que
adems de haber perjudicado nuestro pequeo bienestar, los pobres
viadores de la comarca quedan en la miseria. El sentimiento que en
estos momentos agobia mi alma, indica que aun a pesar mo, estoy
adherida a las cosas mundanas; crea que las cosas terrenas me eran
indiferentes, y observo que al menor contratiempo sucumbo. Oh, Dios
mo! Que llegue con vuestra ayuda a comprender lo pasajero e
insignificante de este mundo y lo eterno de los bienes del cielo.




XXXV

10 de agosto de 1801.


Me encuentro en cinta, y tanto a mi marido como a m nos trae esto
preocupados y tristes. Cmo, siendo nuestra fortuna tan pequea,
habremos de sostener una familia tan numerosa? Es necesario resignarse;
acaso este nuevo hijo que Dios me concede, ser entre todos el que me
proporcionar mayor satisfaccin.

       *       *       *       *       *

El hijo a que mi madre se refiere, fue una nia que se llam Sofa. Fue
despus esposa del conde de Lligonns, gentilhombre de la Lozare; en
este matrimonio tuvo una familia muy numerosa que fue modelo de virtud y
de nobleza. Esta familia vive hoy en Mende, respetada y querida de
todos.

Las fechas que siguen a sta, vienen consagradas a circunstancias
exclusivamente domsticas, como son: recetas para la cura de
enfermedades, observaciones mdicas sobre el estado de los aldeanos
enfermos que ella haba aprendido a curar con ayuda de los libros de M.
Tissot.

Despus anota algunos acontecimientos de poca importancia, al parecer,
pero que en los pueblecitos son acontecimientos verdaderos, como por
ejemplo:


26 de agosto.

Ayer ha venido aqu un mercader ambulante. Cuando estas gentes aparecen
por aqu, el otoo se acerca. Esto fue un acontecimiento para los nios
del lugar.

No pensaba en desgracia alguna, cuando me han avisado que un nio ha
cado dentro de la leja caliente que su madre tena para limpiar la
ropa: ha sido un gran descuido.

Espero salvar a la pobre criatura.




XXXVI

2 de septiembre de 1801.


Estoy enferma de inquietud y sobresalto. Ayer fuimos otra vez castigados
por una horrorosa tempestad que ha acabado de destruir nuestras
cosechas. Se presentaba un ao muy bueno, y apenas nos quedar para
vivir y dar de comer a las pobres familias de nuestros trabajadores.
Semejante desgracia nos obliga a hacer mayores economas. El proyecto
que tenamos hecho de ir este verano a Mcn con nuestras nias, se ha
frustrado y no sera extrao que hubiramos de vender nuestro caballo y
tambin el coche.

Si Dios lo quiere as, paciencia; yo procurar consolarme en mis
desgracias, y no teniendo que agradecer nada a este mundo, tendr a l
menos aficin.

Nada endurece, nada ilusiona tanto como la prosperidad; y lo que a la
Naturaleza parece duro, es, acaso, una de las mayores gracias de Dios,
que deseando atraernos al verdadero bien, nos priva de todo aquello que
slo es polvo. Si ayer me hubiera hecho estas reflexiones, hubiera sido
mejor: me considero, por tanto, culpable de esta falta.

Cuando nos ocurre alguna desgracia, mi marido sufre mucho en el acto,
pero despus tiene ms valor que yo. Esta maana me deca: Siempre que
ni t ni mis hijos me falten de este mundo, lo dems poco me importa;
mis bienes y mi felicidad estn en vuestros corazones. Despus ha
rezado conmigo mientras la tempestad bramaba furiosa y rompa las ramas
de los rboles. Los pobres aldeanos lloraban en el patio al ver la
catstrofe.

He ledo esta noche _Un viaje a los Pirineos_, por M. Dusaux. La lectura
de este libro me ha interesado mucho, porque precisamente fue escrito en
el ao 1788, poca en que yo deb, en compaa de mi madre, haber hecho
un viaje por aquellos lugares; con bastante disgusto mo, hubimos de
detenernos en casa de unos parientes que tenamos en Limoges, que tenan
unas posesiones a seis leguas de la ciudad; pasamos all una temporada;
lleg la primavera y con ella la noticia de que la duquesa de Orleans
necesitaba de la compaa y los consejos de mi madre, pues la Revolucin
haba empezado en Pars. Lstima grande haberme perdido este viaje a
los Pirineos! Esos montes, esos valles, que yo conozco y que nacieron al
mismo tiempo que las grandes obras de la creacin, deben encerrar
grandes maravillas, y las personas sentirn al verlos la aproximacin
del infinito.

Durante las noches clarsimas, cuando el firmamento aparece cubierto de
estrellas y pretendo contar uno por uno aquellos mundos de luz ms
grandes que el Sol y la Tierra, me consuelo ante aquellas miriadas de
mundos de no haber podido visitar las pequeas porciones de tierra que
se llaman los Pirineos, o las insignificantes gotas de agua del Ocano.

       *       *       *       *       *

Hoy hace veinticuatro aos que comulgu por vez primera. Cmo se aleja
la existencia! Slo es un sueo la vida, Dios mo! Dadme el sueo tan
doloroso como queris, pero concededme un buen despertar.




XXXVII

11 de septiembre.


Han venido a pasar el da con nosotros mi cuado y la seorita de
Lamartine, su hermana. Me han dicho que mi buen hermano est bien de
salud y que mi pobre hijo Alfonso ha ganado dos premios por su
aplicacin en el estudio, y que sus maestros estn muy satisfechos de su
comportamiento. Esta ltima noticia me ha enorgullecido bastante. Ruego
a Dios perdone mi vanidad, pues yo no he contribuido en nada a la
creacin de la bondad que en el fondo del alma de mi hijo existe.

Esta tarde hemos recibido la visita de Mme. de Lavernette, que se ha
detenido aqu a su regreso de Lyn: me ha dicho que ha visto a mi
querido hijo Alfonso y que sus profesores le han dicho que el pobrecito
hace cuanto puede por salir airoso en la carrera.

Su padre disimula la satisfaccin que le causa el or elogiar a su hijo,
pero en realidad est ms orgulloso que yo. Cunto durar esta
satisfaccin? Del nio al hombre hay una distancia grande. Mme.
Lavernette me ha hecho entrega de una carta de Alfonso en la cual me
dice que desea vivir con nosotros. Yo temo que cuando venga lo
encontrar plido, ojeroso y flaco. Y esto me tiene preocupada.

Las madres no podemos ser felices nunca. Cuando tenemos motivos para
felicitarnos, nosotras mismas envenenamos nuestra felicidad con
presagios y presentimientos tristes.




XXXVIII

18 de septiembre.


Hoy he ido a Mcn a recibir a Alfonso.

El corazn me late cuando pienso que de aqu a pocas horas ver a mi
querido hijo.

       *       *       *       *       *

Al fin, aunque algo tarde, ya ha llegado.

He rogado a Dios en el oratorio de las seoras Forcard, religiosas
exclaustradas que han hecho de su casa un convento. He calmado mi
ansiedad al pie de los altares.

Mi Alfonso ha llegado muy bien.

Yo creo que no ha perdido la piedad que yo he procurado comunicarle;
esto me causa mucho temor.




XXXIX

23 de septiembre.


Hoy ha comido con nosotros M. Blondel, antiguo amigo nuestro. En la mesa
hemos hablado (tal vez demasiado) de Alfonso. Hemos ledo algunos de sus
escritos y una composicin potica que hizo por encargo de su padre,
habiendo quedado todos muy satisfechos y particularmente yo, de las
condiciones y el talento que parece poseer mi hijo. Acaso sean estos
pensamientos nicamente dictados por el amor de una madre, que siempre
ve en sus hijos agrandadas sus buenas cualidades y empequeecidas las
malas.

       *       *       *       *       *

Sigue el _diario_ conteniendo detalles minuciosos y demasiado ntimos
que se relacionan nicamente con la vida domstica.




XL

6 de octubre de 1801.


Cmo pasa el tiempo! Hoy es para m una fecha memorable. Doce aos han
transcurrido!

Lo recuerdo perfectamente. Era aquel famoso 6 de octubre, tan fatal para
la real familia de Versalles, y yo me encontraba entonces en Chatou
junto con mi madre. Las dos regresbamos de Mesnil con intencin de
llegar hasta Pars; hubo necesidad de caballos para reforzar el tiro, y
a falta de stos hicimos noche en Chatou, alojndonos en casa de Mme.
Duperron, amiga nuestra. Esta interrupcin de nuestro viaje fue para
nosotras una suerte, porque Pars bulla entre las agitaciones
revolucionarias. En casa de M. Duperron pasamos la noche en continua
alarma, pues M. de Lambert, su yerno, se encontraba de servicio militar
en el palacio de Versalles. La esposa, los hijos, toda la familia, en
fin, temblaban por su vida.

Despus de algunos das pasados en Chatou, nos dirigimos a Lyn sin
pasar por Pars, acompandonos Mme. Montbriand. Esta seora haba sido
como yo, canonesa de Salles.

Este viaje determin mi casamiento con el caballero Lamartine. Cierto
da nos vimos en el captulo de Salles, en casa de la condesa Lamartine
y desde entonces ya nos amamos siempre.

Nos detuvimos veinticuatro horas en Mcn, porque hubo necesidad de que
arreglaran el carruaje, uno de cuyos ejes estaba roto y tuvimos ocasin
de visitar a toda la familia Lamartine, que nos obsequi en extremo.
Estaba a la sazn el caballero Lamartine incorporado al regimiento.
Durante el da que pas en Mcn cre haberme atrado las simpatas de
su familia, desapareciendo alguna pequea dificultad, que a causa de no
conocerme a fondo haban puesto para el casamiento. Este qued
concertado.

Me complazco en recordar todos los detalles ocurridos durante aquella
semana del mes de octubre, porque a ellos debo mi felicidad.

Doy gracias a Dios por haberme conducido otra vez a Mcn, donde en
compaa de mi marido y de mis hijos soy feliz y afortunada.




XLI


El da 7 de octubre y los siguientes no tienen inters.


11 de octubre.

Mi madre me dice en carta que hoy he recibido, que se dispone a volver
de Alemania con la seorita de Orleans; esta joven princesa tiene un
miedo terrible al mar y no quiero atravesar la Francia; por estas
causas todava no han resuelto hacer el viaje a Espaa.

Ayer fui en compaa de mi cuado a un pueblecito de Champagne junto al
castillo de Peronne, perteneciente a mi familia. M. de Lamartine me ha
enseado una casita que acaba de edificar en el pueblo, la cual quedar
como herencia para nuestros hijos. Mi cuado habla de ellos como un
verdadero padre de familia.

Con todas estas tierras que deben heredar de sus tos, tendrn mis hijos
un buen porvenir. Quiera Dios que sean ricos en honor y piedad, que es
lo que constituye la verdadera riqueza!

Diariamente hago leer a mi hijo Alfonso una parte de un libro religioso
escrito por un sacerdote alemn: en este libro se aprende a comprender
la religin y su emanacin de la Naturaleza. La inteligencia de Alfonso
me satisface, pero temo haya de darle algn disgusto su carcter
demasiado altivo e imperioso, si no se corrige. Con mucha frecuencia se
incomoda con sus hermanos, y esto me disgusta.




XLII

9 de noviembre de 1801.


Las ocupaciones no me han permitido continuar este _diario_ hasta hoy.

En este momento llego de Lyn; he ido a acompaar a mi hijo al colegio.
Esta nueva separacin de mi Alfonso me ha causado hondo pesar. Durante
la misa que esta maana he odo en la capilla del establecimiento, slo
vea los hermosos cabellos rubios de mi hijo en medio de aquella
multitud de cabecitas puras como las de un ngel.

Qu sensible es, Dios mo, haber de abandonar a manos mercenarias el
tierno pimpollo de nuestro corazn!

Al salir de la iglesia he experimentado una profunda melancola. Ni la
isla de Baebey de Fourvieres, las pintorescas montaas del Saona, ni el
bullicio de las gentes que bajan por la pendiente de la Cruz Roja y
Lyn, han conseguido distraer mi imaginacin. Pareca yo al Abraham
bblico cuando vuelve la vista para contemplar a Agar y su hijo,
abandonados en el desierto, menos peligroso ciertamente que esta
multitud inmensa, donde las madres, obligadas por la sociedad, abandonan
a sus hijos.

Todo el da de hoy lo he pasado en compaa de Mme. de Vaux, mi buena
hermana, y mezclado mis lgrimas a las suyas, pues tambin es muy
desgraciada.

Ocho das he pasado en Lyn para poder ver alguna vez ms a mi Alfonso y
con el fin de acostumbrarme a estar separada de l.

El abate Lamartine, que habita en su propiedad prxima a Dijn, nos cede
su casita prxima a la calle de Ursulinas en Mcn, donde pasaremos el
invierno. Esta casa est junto al palacio de la familia que habitan mi
hermano poltico M. de Lamartine y sus dos hermanas.

       *       *       *       *       *

El da 10 de enero de 1802 est anotado nicamente con acciones de
gracias a la Providencia por los beneficios recibidos durante el ao
pasado.




XLIII

7 de enero de 1802.


Bonaparte ha pasado por aqu en direccin a Lyn, para presidir los
Cisalpinos. Quin sabe lo que resultar de tal reunin!

En este momento acabo de escribir a mi madre que se encuentra en Liorna
preparndose para embarcar con direccin a Espaa, acompaando a la
seorita de Orleans. Que tenga un feliz viaje y Dios bendiga las aguas
que han de atravesar para que no le sucedan las desgracias que tanto
teme. M. de Pierreclos ha sido borrado de la lista de los emigrados y
nos ha visitado hoy. Viene de Lyn y ha visto a mi Alfonso, que se
encontraba con sus profesores en la plaza de Bellecour, de Lyn,
presenciando la revista militar pasada por Bonaparte.

       *       *       *       *       *

Durante el invierno de 1802, slo contiene el _diario_ las impresiones
de un alma que continuamente se perfecciona por medio del examen de ella
misma, y que lucha continuamente contra las debilidades que le acosan.




XLIV


El 17 de abril, nuestra madre vuelve al campo y recibe algunas cartas de
Espaa.

He recibido estos das una carta de mi madre anuncindome su llegada a
Barcelona (Espaa). Me dice que durante el viaje ha sufrido muchos
contratiempos, entre otros una tempestad en la travesa de Liorna, al
puerto de Rosas, que dur tres das. Momentos despus de haber
desembarcado en Rosas, se fue a pique el buque que las haba conducido.

La entrevista entre la seora duquesa de Orleans y su hija ha sido muy
tierna: Once aos haca que la Revolucin las tena separadas.

No me dice mi madre cundo volver a Francia.




XLV

5 de septiembre de 1802.


La causa de haber interrumpido por tanto tiempo este _diario_, ha sido
porque el da 18 de agosto hube de guardar cama a consecuencia de haber
dado a luz una nia, la cual estoy criando yo misma del mismo modo que
hice con sus hermanos. Ha venido mi hermana para asistirme.

Hemos establecido en casa la costumbre de rezar todos juntos, amos y
criados. Esto ha de ser de mucha utilidad, si se quiere que sea la casa
segn la escritura dice: Una casa de hermanos. La comunin de amos y
criados arrodillados ante Dios, que no distingue entre pequeos y
grandes, levanta el espritu a elevadas regiones, llamando a los unos a
la igualdad cristiana y a los otros al fiel cumplimiento de sus deberes
religiosos y morales.

       *       *       *       *       *

7 de septiembre.

Mi madre est de vuelta a Pars, y ya ha salido de Espaa.




XLVI

2 de octubre.


Me encuentro en Saint-Point desde ayer, en compaa de Alfonso, Cecilia
y Eugenia; durante el viaje los nios se han divertido mucho. Alfonso,
particularmente, estaba embriagado de alegra al verse caballero en una
mula.

Hemos cogido las uvas del emparrado, de las cuales sacaremos dos toneles
de vino. Mi esposo ha comprado unas fincas con el dinero que su hermano
le ha prestado. Estas fincas le han costado diez mil pesos. Dios quiera
que hagamos fortuna para poder legar a nuestros hijos una pequea
posicin que les permita vivir sin privaciones!

Tengo en mi poder las _Confesiones de San Agustn_, libro que estimo
muchsimo; esta maana he visto con placer que Alfonso lo estaba
leyendo.




XLVII

28 de octubre.


Con la mayor tristeza he vuelto a acompaar a mi Alfonso a Lyn. Mi
madre me ruega, en todas las cartas que me escribe, que vaya a
consolarla: se encuentra en Rieux, pequeo pueblo junto a Mont-Mirail. A
su regreso ha encontrado todos sus asuntos tan embrollados, que la pobre
est disgustadsima. Ir sola, porque no quisiera agravar sus gastos;
fuera muy mal hecho el que yo favoreciera mis comodidades mientras mi
madre sufre acaso la prdida de sus bienes.

Con el objeto de emprender el viaje con entera libertad, he dado a criar
mi pequeita a una robusta aldeana de Milly. El viaje que voy a
emprender es largo, pero me siento tan gil como si tuviera quince aos.
Ayer fui a or misa a Bussiers e hice el camino a pie, aunque el
trayecto es largo y malo y el tiempo estaba lluvioso, no sent molestia
alguna. Recuerdo mis buenos tiempos de nia y los paseos que haca en
compaa de mi padre y de mi hermana desde el castillo de Saint-Cloud al
de Meudon.

Ha muerto mi pobre ta, mi institutriz durante los aos de mi infancia.
Estoy preocupada por la suerte de la anciana Jacquelina, su camarera y
mi segunda madre: temo habr de encontrarse, despus de le muerte de mi
ta, completamente sola y en la indigencia acaso.

Yo deseara recogerla en mi casa, pero la familia se opone a ello, y mi
marido teme, con sobrada razn, agraviar a sus hermanos, de quienes
dependemos, pero me ha propuesto que podemos pagar secretamente una
pensin a la pobre Jacquelina, con la cual podr la viejecita estar al
abrigo de la miseria y la soledad. Yo bien quisiera atender a esta mujer
como ella seguramente me atendera a m si me encontrase en su lugar;
pero har cuanto pueda en su favor, librndola desde luego de la
indigencia y proporcionndole cuantas comodidades permitan mis pocos
recursos.




XLVIII

17 de diciembre de 1802.


Alfonso se ha fugado del colegio con dos de sus compaeros. A unas seis
leguas de Lyn los han alcanzado.

Comprendo que la sujecin del colegio se le hace insoportable, y esto me
tiene disgustadsima. La independencia de carcter de mi hijo me
espanta. Procurar que escriba a su padre pidindole perdn por la
falta que ha cometido.

Todos los das leo las _Confesiones_, que procuro imitar en lo posible:
tratar de hacer como Santa Mnica, rogando sin cesar por mis hijos.




XLIX

14 de enero de 1803.


He llegado ayer a Rieux, despus de un viaje muy penoso y de haberme
detenido en Pars algunos das. Desde Coulomiers a Rieux he tenido
necesidad de hacer el viaje montada en un caballo de alquiler, conducido
por un muchacho. Haca un viento norte muy fro, y no creo que en
Siberia pueda sufrirse tanto como yo he sufrido al atravesar aquellos
montes nevados.

Qu alegra ha tenido mi pobre madre al verme!

Ya estoy instalada en mi querida casita de Rieux, donde he pasado tantos
veranos durante mi infancia, pero en estos lugares no se encuentra
aquello que en otros tiempos los vivificaba. Al lado de mi madre olvido
todas las penas. La pobre est muy desfigurada, efecto sin duda de los
disgustos que ha sufrido en viajes y destierros. Ella disfruta
contndome muchas veces cosas interesantes que se refieren a nuestra
familia y a los viajes que ha hecho acompaando a las princesas. Me
admira su resolucin, su prudencia ante los grandes peligros y su
cautela y firmeza en los actos que realiza. Est muy vieja ciertamente,
pero conserva en su espritu la juvenil frescura de otros tiempos. Es
muy sensible encontrarse a su edad en la precaria situacin que ella se
encuentra. Yo quisiera ser bastante rica para restablecer su fortuna;
pero es muy poco lo que puedo distraer de las atenciones de mis hijos.
Deseo consignar en este _diario_ cuanto ella me cuente de notable.

Ayer me dijo que nuestra familia desciende de Vivarais, y que una joven
de Roys tiene an como heredera de la rama principal de la casa el feudo
de Rubec, en Montfaucon. Despus de la actual poseedora, este feudo debe
pasar a mi madre: acaso entonces pueda vivir con ms desahogo. Por falta
de recursos se ha visto obligada a suprimir la camarera, y a su edad
esto es muy penoso. Siempre me acuerdo de sus privaciones cuando
pretendo quejarme de mi suerte.

Que Dios auxilie a esta pobre anciana!

       *       *       *       *       *

Mi madre me ha contado esta noche muchas cosas referentes a Mme. de
Reyniere, viuda de su arrendador y algo parienta nuestra.

M. de Orsay, tambin pariente nuestro, contrajo matrimonio con una
princesa alemana, parienta del rey de Prusia: un hijo de este matrimonio
se ha casado con una princesa italiana.

Durante estas conversaciones sostenidas junto al hogar, recuerdo las
personas con quienes he vivido durante mi infancia, y de las cuales
quedan muy pocas, despus de la terrible sacudida revolucionaria.

Quiero dejar aqu consignada una ancdota muy original, relacionada con
Juan Jacobo Rousseau y la mariscala de Luxemburgo, con la cual mi madre
estaba unida muy ntimamente.

Era la mariscala de Luxemburgo amiga de Rousseau: por casualidad supo
aqulla que la mujer con quien ste viva estaba en cinta; sin duda,
creyendo que Rousseau quera mandar este nuevo hijo a la Inclusa, como
haba hecho con otros, dirigiose a M. Trouchin, de Gnova, amigo de
Rousseau, y le encarg que tan pronto la criatura viniera al mundo,
hiciera los posibles por mandrsela, para ella encargarse de su cuidado.
M. Trouchin habl de este asunto con su amigo Rousseau, quien al parecer
consinti en que la mariscala fuera satisfecha en sus deseos, los cuales
fueron muy del agrado de la madre de la futura criatura. Tan luego esta
buena mujer dio a luz, avis a M. Trouchin, el cual presentose en
seguida en la casa, donde le mostraron un hermoso nio. Quedaron
convenidos para el da siguiente en hacerse cargo de la criatura, pero
tan pronto hubo salido M. Trouchin, su amigo Rousseau, embozado en un
capote de pao oscuro, se aproxim al lecho de la recin parida, y a
pesar de sus lgrimas, cogi l mismo a su hijo y se lo llev al
Hospicio, perdindolo para siempre, pues ni siquiera le puso al
entregarlo marca de reconocimiento.

Aqu tienes, hija ma--dijo mi madre,--el hombre sensible como dicen las
gentes.

Insensato, le llamo yo, cuya enfermedad cerebral le ha destrozado el
corazn!

Si el genio no es acompaado del buen sentido, no es genio, es locura;
buena prueba de ello son el Tasso y Rousseau.

Si Dios nos enva el genio, bien venido sea, pero una madre solamente
debe desear para sus hijos el buen sentido.

       *       *       *       *       *

Est nevando copiosamente y hace un fro intenssimo. La campia se
halla cubierta de nieve. Paso el rato leyendo a Tcito y otros
historiadores de la antigedad que tanto gustan a mi madre.

Seguramente, que estas aficiones de mi madre debieron nacer a
consecuencia de su trato con los filsofos y literatos que, en otro
tiempo, frecuentaban sus salones.

Mi madre tiene en compaa un sacerdote; llmase este venerable abate
Chauveau y es hombre de mucho mrito. Esta maana nos ha dicho misa. En
el templo haba un bautizo y esto me ha recordado a mis pobres hijos:
los bautizos me enternecen siempre.

He visitado hoy a una pobre mujer recin parida, enferma y sin recursos.
Al reflexionar sobre su miseria y las atenciones de que yo me hallaba
rodeada, he tomado la resolucin de no regatear nada, alimentos, ropas,
leas, dinero, todo, en fin, cuanto pueda facilitar con mis economas a
esta pobre mujer.

Cunto se sienten los ajenos sufrimientos cuando uno los ha probado! Es
muy buena la caridad que se ejerce indirectamente, pero resulta ms
eficaz aquella que se hace frente a frente, de corazn a corazn. Que
Dios me inspire con frecuencia en estas resoluciones, y no permita que
olvide el cumplimiento de mis deberes!

La noche pasada he ledo a Tcito. Este historiador me entretiene y
casi edifica con sus narraciones; los otros solamente me instruyen.
Tiene mi padre una biblioteca rica en libros de historia; por fortuna no
hay ni siquiera una novela.

Mi madre ha escrito hoy una carta a la seorita de Orleans, que se
encuentra en Espaa, y ha querido que yo tambin le escriba dos
renglones. Despus de esto, hemos salido a paseo y llegado hasta
Mont-Mirail, visitando al mismo tiempo los amigos de la familia. En este
pueblo nos han hablado muy bien de los seores de
Larochefoucauld-Dondeau, que tienen aqu un castillo en el cual reparten
abundantes limosnas a los pobres de la comarca. No hace muchos das que
estos seores han perdido la nica hija que tenan; solamente les queda
un hijo que, segn dicen, es un guapo mozo de dieciocho aos (hoy duque
de Larochefoucauld), del cual se cuentan rasgos de bondad con los
aldeanos de estas cercanas.

Ha llegado ayer mi desgraciado hermano y hecho las paces con mi madre.
Todo le ha sido perdonado y parece en su aire muy formal. Nos ha dicho
que desea marchar a Inglaterra, donde mi madre lo recomendar a los
prncipes de Orleans, que estoy segura harn por l cuanto puedan.




L


Vuelve mi madre a Milly durante la primavera y expresa en su _diario_ la
alegra que experiment al ver de nuevo a su marido y sus hijos. Despus
pasa a Lyn para informarse de los motivos que tuvo su hijo para
escaparse del colegio, tomando despus de esto la resolucin de que
termine sus estudios en otra casa algo ms religiosa y paternal que la
que en la actualidad se encontraba.

       *       *       *       *       *

Sigue el _diario_:

Ayer hice en Lyn algunas compras de telas para arreglar mi cama; he
gastado poco, pues no quiero gastar lo superfluo mientras hay quien
carece de lo necesario.

Estos das se habla mucho de la guerra con Inglaterra: mi hermano me ha
escrito desde all dicindome que est muy bien colocado; pero si la
guerra se declara, quin sabe cul ser su suerte!

       *       *       *       *       *

Hoy he comprado un libro nuevo que he ledo esta noche; se titula _Genio
del Cristianismo_; est escrito por M. de Chateaubriand. Yo no s si
ser competente para juzgar esta nueva obra, pero me encanta su lectura.

       *       *       *       *       *

Siguen tres meses cuyas fechas llenan el _diario_ con detalles
domsticos y exmenes de sus faltas.




LI

Belley, 23 de octubre de 1803.


He podido conseguir de mi marido y de mis hermanos permiso para
trasladar a mi Alfonso del colegio de Lyn al de los Jesuitas
establecido en Belley, al lado de la frontera de la Saboya. Yo misma le
he acompaado; y despus de haberlo dejado bajo la confianza de los
padres, he llorado mucho.




LII

27 de octubre.


Esta maana he visto a mi hijo desde las rendijas que hay en la cerca
del patio del colegio. Pobrecito! Estaba all en medio de sus
compaeros y a pesar de esto lo he distinguido en seguida. El tambin me
ha visto y ha venido a decirme que estaba muy contento con sus nuevos
maestros y condiscpulos.

He visitado al abate Montuzer, antiguo prior del captulo de canonesas
de Salles.

Al anochecer he partido hacia Mcn y al pasar por frente al colegio de
los Jesuitas, he visto a los colegiales y odo sus gritos alegres: por
fortuna, mi hijo no ha salido a la verja para ver pasar el coche; yo me
alegro mucho, porque hubiramos tenido un disgusto grande y no conviene
enternecer demasiado el corazn de estos nios que maana sern hombres
y necesitarn en ocasiones dureza de corazn para sufrir las
adversidades de la suerte.

Yo he llorado mucho durante el da de hoy.




LIII

29 de octubre.


A mi llegada a Mcn he recibido tristes noticias de mi pobre madre. Mi
hermano se ha visto obligado a dejar el empleo que tena en Inglaterra,
con motivo de la guerra, y otra vez vuelve a ser una pesada carga para
mi madre, que est vendiendo lo que resta de nuestra posesin de Rieux
para pagar las deudas contradas durante sus viajes.

Mi hermana me escribe tambin dicindome que est muy contenta porque la
seorita de Villars la ha prestado sin inters alguno y a devolver
cuando pueda, mil escudos; esto le ayudar en sus apuros; la seorita de
Villars cumple sus votos de pobreza a pesar de haberle relevado de ellos
la Revolucin y el Papa al abolir el captulo. Ella reparte su numerosa
fortuna entre su familia y las antiguas compaeras pobres del captulo
de Salles y pasa pensiones vitalicias a seis o siete de ellas que se
encuentran en la mayor necesidad. No falta quien critica la economa en
que vive, pero Dios y los pobres la bendicen diariamente.




LIV

6 de marzo de 1804.


Hoy hace catorce aos que tuve la suerte de casarme con un hombre cuyo
corazn es el de un ngel. Siempre me figur que era generoso y
caballero, pero ignoraba que estas condiciones llegaran a la perfeccin.
Solamente vive para m y para sus hijos, aunque algo inquieto por las
dificultades que le ofrece nuestra escasa fortuna para sostener una
familia tan numerosa. Yo rogar a la Providencia que nos asista, y
procurar por mi parte aliviar su pena. Confo en Dios, y esta es sin
duda mi nica virtud; pues reconozco, por lo dems, las imperfecciones
que tengo.

Para solemnizar el aniversario de mi matrimonio, he mandado a mi hermano
doscientos pesos; para ello he hecho un sacrificio, pero estoy muy
satisfecha de haberlo verificado.




LV

16 de marzo.


Hoy he visto en el cementerio de Bussieres un cuerpo de mujer muy bien
conservado, a pesar de haber transcurrido muchos aos desde su
enterramiento. Debi ser una hermossima mujer a juzgar por las
apariencias. Tiene en el dedo un anillo nupcial y un rosario engarzado
en las manos. Parece que est dormida, y espera de este modo el eterno
despertar. Tengo para m que debe ser una santa, cuyo cuerpo ha querido
Dios conservar intacto para diferenciarle de los dems.




LVI

20 de marzo.


Triste de m! Qu da tan desgraciado el de hoy para esta pobre mujer!
Al llegar hoy a casa he encontrado sobre la chimenea una carta de mi
hermana dirigida a mi esposo: la he abierto (pues para ello estoy
autorizada), y oh, Dios mo!... he ledo en ella que mi hermano ha
muerto de una manera trgica. Qu ser de mi madre ante esta horrible
desgracia? Dios mo! Dios mo! Auxiliad a mi desgraciada madre y tened
piedad de mi pobre hermano: perdonadle sus faltas, sed con l
misericordioso.

Despus de recibir tan infausta noticia, slo he salido de casa para ir
a la iglesia. Yo espero que mi hermano estar en el cielo, porque mi
hermana me dice que ha muerto en el seno de la religin cristiana.

Estoy muy desconsolada, y mi alma slo encuentra alivio en aquello que
la aproxima a la Divinidad.

       *       *       *       *       *

Estos das hemos celebrado los funerales por el eterno descanso del alma
de mi hermano. Me han acompaado a la iglesia cuatro de mis hijas. He
llorado al ver las muchachas del pueblo vestidas de blanco, segn
costumbre en estos casos, entonando cnticos fnebres, y muchos jvenes
orando con gran recogimiento. Yo espero que Dios habr odo las
plegarias de estas buenas gentes, y se apiadar de nosotros y de mi
hermano.

He tenido noticias de que mi madre sufre mucho: en Pars se ha credo
que mi hermano estaba complicado en una conspiracin contra Bonaparte.
Yo no lo creo, porque ni medios ni voluntad tena para estas cosas. Sin
duda su regreso de Inglaterra ha despertado sospechas e inducido a este
error, porque despus de muerto han ido a registrar su domicilio, y slo
han encontrado papeles que indicaban sus aficiones literarias.




LVII

21 de marzo.


Esta maana he ledo una novela de Mme. de Genlis, que se refiere a la
seorita de La Valliere. La novela tiene algo de histrico y est bien
escrita, pero me parece su lectura algo peligrosa para la juventud. Por
mi parte, me ha sugerido nicamente reflexiones sobre lo pasajero de
las cosas humanas y la insuficiencia del podero de la tierra para hacer
feliz a un alma grande. Lo terreno no puede satisfacerle, y slo en Dios
encuentra reposo a sus agitaciones.

Oh, Dios mo! Cada da siento mayor necesidad de consagrarme a Vos
nicamente y de sacrificroslo todo. Mi alma, emanacin de la vuestra
es, y no puede encontrar la paz sin estar unida a lo que es su principio
y fin.

Perdn, Seor!... Esta maana he cometido un pecado. A una pobre
muchacha que me ha pedido favor, le he contestado con desprecio y he
sentido un poco de orgullo al hablar con ella. Me arrepiento de ello, y
me impongo la obligacin de servir y complacer en cuanto pueda a esta
pobre muchacha. Este arrepentimiento y esta obligacin que me impongo,
debiera hacerla cien veces cada da.




LVIII

24 de  marzo.


Empiezan a encanecer mis cabellos. El tiempo se va y yo ignoro lo que he
hecho de mi juventud. La eternidad me advierte que debo emplear los das
que me restan de estar en la tierra en hacer bien al prjimo.




LIX

Milly, 17 junio de 1804.


Estoy tranquila; he recibido carta de mi hermana, en la que me da
mejores noticias de mi madre. Creo que est ya en completa
convalecencia; habla asimismo de ir a vivir a Mont-Mirail. Ayer mi
marido recibi otra carta de mi hermana que me ha llenado de inquietud.
Dice que en dos das la enfermedad de nuestra madre se ha agravado
seriamente. Temo un fatal desenlace.

       *       *       *       *       *

Esta triste confirmacin ha venido en el preciso momento en que la
seorita de Monceau y mis hijos iban a regalarme un ramillete. Tan
infausta nueva ha envenenado el placer que semejante agasajo nos
preparaba. Deba ir yo, por lo tanto, a comer a Monceau, pero no he
querido ir, mandando slo a mis hijos con su padre.




LX


Dios tenga compasin de mi madre! su gran caridad, sus bondades y otras
mil virtudes que ha practicado durante su vida, pueden haberla
tranquilizado en estos momentos. Pero ay! era tan triste su situacin!
Muchas inquietudes y penas son otros tantos motivos de consuelo. Ha
sucumbido a sus penas mejor que a sus aos. La triste idea de que no he
de volverla a ver en este mundo, me asusta cuando fijo mis ojos en la
tierra.

Mi abuela vivi hasta los noventa y dos aos, yo esperaba igual
longevidad para mi madre. Parece que en su testamento, que no ha podido
firmar, ha favorecido a mi hermana. Mi conciencia no estara tranquila
si se dejase de acatar semejante voluntad, manifestada por ella, aunque
no escrita. No ha de haber dificultad alguna para que se cumpla, puesto
que mi marido piensa como yo sobre este particular.

Escribo esta maana a la seorita de Orleans esta triste noticia,
rogndola se sirva comunicrsela cautelosamente a la seora duquesa, su
madre.

Mi marido acaba de suscribir la renuncia que yo deseaba en favor de mi
hermana. Esta va a comprar la finca de Rieux, donde pasamos tan alegres
das durante nuestra niez.




LXI

14 de septiembre de 1804.


Me hallo en Belley, adonde he ido a buscar a mi Alfonso para las
vacaciones. Le he visto en el patio en cuanto he llegado; estaba tan
emocionado como yo misma: ha venido corriendo, y tan plido, que llegu
a creer que iba a desvanecerse. Ah! Cmo nos hemos abrazado los dos!
Pobre hijo mo!

Maana ha de pronunciar un discurso, con motivo de los ejercicios con
que los jesuitas tienen costumbre de manifestar en pblico los adelantos
de sus mejores discpulos. Esto me preocupa tanto como si fuese yo quien
debiese hablar.

       *       *       *       *       *

Hay aqu una larga interrupcin.




LXII

5 de febrero de 1805.


Hoy he asistido a una toma de hbito de religiosas hospitalarias, en el
hospital de Mcn. En el discurso que en semejantes casos se acostumbra
a hacer, se ha dicho que las que acoga la religin, abrazaban para
toda la vida un estado de mortificacin y penitencia, y cean una
corona de espinas a su cabeza. Yo he admirado mucho tanta devocin; pero
he reflexionado sobre la de las madres de familia, que cumplen sus
deberes, y creo que tambin se aproximan a Dios sin tomar el hbito
religioso. Y debe calcularse que, cuando se casa una mujer, hace voto de
pobreza, puesto que pone toda su fortuna en manos de su marido, de la
cual no puede disponer sin su permiso. Hace tambin voto de obediencia a
su propio marido y de castidad, puesto que tampoco le es permitido dar
odos a la menor palabra amorosa de otros hombres.

Se consagra igualmente a la caridad, que ejerce a la par con su marido,
sus hijos y sus criados, a quienes tiene obligacin de cuidar en sus
enfermedades, e instruirles, dndoles buenos consejos. No tengo, pues,
nada que envidiar a las hermanas hospitalarias: yo tambin cuidar de
cumplir fielmente mis deberes, tan difciles como los suyos y quin sabe
si algo ms. Estas reflexiones han endulzado mucho mi espritu, y he
vuelto a renovar ante Dios los juramentos que hice al contraer
matrimonio, rogndole me conceda la gracia y fuerzas indispensables para
cumplirlos exactamente.




LXIII

Domingo de Ramos de 1805.


Reina por estos contornos un extraordinario bullicio con motivo de la
prxima llegada del Emperador. Mi hermana se encuentra todava a mi
lado; ambas estamos muy inquietas porque se nos ha dicho que debemos
dar alojamiento a Monseor de Pradt, obispo de Poitiers, limosnero del
Emperador, y ms tarde arzobispo de Malines, tan clebre por su
adulacin y por su ingratitud con Napolen, despus de su cada. Me
desagrada tener que hospedar a semejante personaje.




LXIV

Lyn, 26 de abril de 1805.


Mi venida a Lyn ha tenido por objeto ver al Papa.

Estoy aqu en compaa de mi hermana. He visto al santo padre cuando
paseaba por el jardn del palacio del obispo. Ayer estuve a or la misa
del Papa en la iglesia de San Juan; vi perfectamente todas las
ceremonias, pero me cost mucho trabajo poder llegar hasta su trono para
besarle la chinela; sin embargo, tuve por fin esta satisfaccin. Este
anciano tiene verdaderamente el aspecto de un santo, como tambin
algunos de los prelados que le acompaan.




LXV

12 de mayo de 1805.


Aumenta nuestra fortuna: mi marido acaba de comprar la casa de M. de
Ozenay; tiene un jardincito, y es muy espaciosa; la amueblaremos para
habitarla este verano, Dios mediante.

Mi marido me entrega ciento veinte pesos mensuales y los frutos
naturales que proceden de nuestras dos fincas, para sostener la casa y
pagar el colegio de Alfonso, lo cual es ms que suficiente. Cada da
admiro ms las prodigalidades de la divina Providencia para con
nosotros.

Mi cuartito est muy bien arreglado, y cuantos nos visitan dicen que es
muy bello. Comprendo que estoy demasiado bien en este mundo y que tengo
mayores bienes de los que me pertenecen. He ledo un tratado mstico
sobre la dulce virtud de la confianza, que me ha hecho un gran bien. Es
el tesoro por excelencia, el dulce abandono a la voluntad celestial.




LXVI

20 de agosto de 1805.


El hermoso cuarto en el cual estoy instalada desde ayer, ser
probablemente el ltimo cambio de habitacin que yo haga; en l morir,
sin duda. (En l muri efectivamente.)

Alfonso lleg ayer. Me preocupo mucho por l y por sus hermanas, pues no
veo medio de educarlos fcilmente. Sin embargo, cuando me veo rodeada de
estas seis hermosas criaturas, me siento orgullosa y satisfecha. Ruego a
Dios me d las luces necesarias, al objeto de cumplir debidamente mis
obligaciones con respecto a mis hijos.




LXVII

9 de noviembre de 1805.


Hemos venido a pasar unos das en el castillo de Monceau, propiedad de
mi cuado. M. de Lamartine, el ngel de la familia, y Mme. de Villars,
nuestra Providencia, estn con nosotros. Aqu se renen los vecinos ms
distinguidos, y entre ellos se encuentran M. Blondel, el abate Bourdon y
el comendador Folin; cada uno de estos ancianos cuenta a porfa
instructivas ancdotas. Llevamos una vida deliciosa; el tiempo es
precioso y paseamos mucho; durante las veladas, se cuentan historias.
Pero no estoy bien de salud: me ha salido como un fuego en la cara, y
voy persuadindome de que mi tez se agosta; no he de ocultar que siento
mucho esta fealdad. No obstante, si hay en ello humillacin, puede ser
que encierre una gracia que me aparte del mundo alejando de m sus
miradas. Me someto gustosa, pero no sin molestia, pues hubiera querido
verme dispensada de la ley comn, conservando en mi vejez los atractivos
de la juventud. Con frecuencia me olvido de que ya cuento treinta y ocho
aos, y todo cuanto me lo recuerda me es desagradable. Dios mo, haced
que acuda siempre a m el recuerdo de la nada y tened compasin de esta
dbil mujer.




LXVIII

Milly, 6 de julio de 1806.


Otra vez estoy en mi retiro, donde me hallo ms en paz con mi especial
manera de ser. Es cierto que amo al mundo, pero tambin amo el
recogimiento que me proporcionan mi jardn y mi cuartito.

Hemos hecho mis hijas y yo, montadas en asnos, una excursin a las
ruinas y lugares vecinos; hemos bebido leche, hemos charlado largamente
con los aldeanos que me conocen, y que parece que me quieren por
haberles dado consejos y remedios para sus hijos: esto me satisface.
Siempre gusta uno de ser amado, y no deja de ser conveniente y agradable
el cario de las pobres mujeres del campo; nunca se pierde el tiempo
empleado en hacer el bien y en adquirir simpatas.




LXIX

7 de septiembre.


Mi marido ha vuelto de la posesin que su hermano tiene en Dijn. Nos
hallamos nuevamente en Saint-Point, lugar que, a decir verdad, prefiero
a todos, a pesar de los destrozos del castillo; quiero encerrarme en un
retiro moral an ms profundo. Conviene alguna vez aislar nuestro
corazn en la soledad y en el silencio.




LXX

Domingo, 24 de septiembre.


Estos das los he pasado completamente retirada; nicamente el seor
cura nos ha acompaado a comer algn da que otro.

El da no resulta bastante largo para todo lo que yo quisiera hacer, y
mis fuerzas se agotan antes que la voluntad y el deber.

Voy todos los das a misa a eso de las siete, como me propuse en un
principio. Mis hijas me acompaan. Despus de la misa nos desayunamos y
comenzamos a trabajar, alternando nuestras tareas con la lectura de la
Biblia; despus y hasta la hora de comer, mis hijas dan lecciones de
gramtica e historia. Con estas ocupaciones, el tiempo lo encontramos
corto. Despus de comer tenemos una hora de recreo. Luego volvemos a
tomar nuestra labor y alguna lectura amena que yo escojo siempre,
procurando que sea tan agradable como instructiva; algunas veces
recitamos de memoria algunos prrafos de la historia o de la gramtica.
Vamos luego a rezar nuestro rosario a la iglesia o a nuestro gabinete;
paseamos despus hasta la noche, y durante la velada, mientras yo juego
al ajedrez con mi marido, las nias se entretienen aprendiendo de
memoria algunas de las fbulas de La Fontaine.

Mientras no ocurra novedad alguna que nos interrumpa, esta es la vida
ordinaria que llevo con mis hijas, con las diferencias naturales que
exigen las diversas estaciones del ao; mi principal objeto es
inspirarles mucha piedad, ocupndolas siempre en cosas tiles.

Ayer recib carta de mi Alfonso; est bien de salud; me parece un sabio
en la manera de escribir.




LXXI

Milly, 25 de septiembre.


Mi pobre esposo ha sufrido una prdida de cuatro mil doscientos pesos.
El comerciante encargado de vender el vino se ha declarado en quiebra.

Esta gran desgracia mi marido la sufre con la mayor resignacin.

Segn se dice, el comerciante de vinos, que es de Nuits, resulta ser un
desgraciado, pero de una honradez sin lmites. Esta maana ha venido l
mismo a anunciarnos la suspensin de pagos, diciendo que va a convocar a
todos sus acreedores para que se repartan cuanto le queda, y que no se
reserva nada para l. Cmo no apreciar semejante conducta y no
compadecer a quien nos arruina tan contra su voluntad? Porque no hay
duda que vamos a quedar por ello pobres durante todo el ao, ya que slo
contbamos con la suma que se ha perdido. Hgase la voluntad de Dios!
Admiro la calma de mi marido despus de semejante contratiempo; l
sufre, sin embargo, por mis hijos y por m; pero exteriormente, es
decir, en cuanto no nos hiera materialmente a nosotros, es un hombre de
bronce.

Alfonso deba regresar el da 17 del colegio; fui a recibirle en Mcn.
Lleg por la noche, solo. Le encontr mucho mejor de lo que esperaba; es
ya cuatro dedos ms alto que yo, est algo flaco y plido; parece un
buen muchacho: los jesuitas, sus maestros, se admiran de sus facultades;
ha venido cargado de coronas, premios, discursos en latn y en francs,
versiones y poesas latinas y... a pesar de todo, es modesto sin
petulancia alguna. Lo que me ha agradado tambin mucho es que parece
inclinado a la piedad. Dios lo quiera! Porque creo que es lo nico que
puede hacerle feliz!

Despus de su llegada he corrido a la iglesia, llenos los ojos de
lgrimas de alegra, a dar gracias a Dios por el gran favor que acaba de
hacerme con el feliz regreso del hijo de mi corazn.

       *       *       *       *       *

Al presentar a Alfonso a toda la familia en Monceau, he sentido un poco
de orgullo. Sin embargo, no le encuentro el tono tan dulce como yo
quisiera. Creo que debo alejarle de m, que tanto le amo y que tanto le
mimo por aadidura; y por otra parte, he de mimarle por condescendencia.
Cuan difcil es formar un hombre!... Tanto mi marido como yo nos
encontramos apurados para acertar en lo que debemos hacer con l.

Adora la carrera militar, que es la de su padre: pero esa guerra contra
la Prusia devora tantos y tantos jvenes! y adems, la carrera de las
armas es mortal de necesidad para la juventud inocente.




LXXII

Mi madre vuelve a la ciudad el 25 de diciembre de 1806.--He aqu lo que
se lee en su _diario_ del 2 de enero de 1807:

2 de enero.


Hoy he quedado convencida de que camino aceleradamente hacia la
eternidad.

Las virtudes en que yo pienso fijar especialmente la atencin este ao,
son la dulzura y la humildad. Me parece que son las principales. Quiero
hablar poco de m, sobrellevar con paciencia las contrariedades y las
humillaciones que pueda soportar sin menoscabo de la dignidad humana, no
rebuscar en mi tocado vanidad alguna, no reprender a mis hijos y a otras
personas con acritud ni enredarme nunca en discusiones; quiero asimismo
no decir jams una palabra que pueda molestar al prjimo, presente o
ausente. Estos son mis proyectos durante este ao; si puedo cumplirlos
fielmente, habr empleado bien el tiempo.




LXXIII


No hay nada de particular en las anotaciones de este ao hasta el mes de
septiembre, en el cual se lee:

       *       *       *       *       *

Vivo sola en Milly con mis hijas y mis libros; esta soledad me encanta.
He dado esta tarde un gran paseo por la montaa de Craz, situada detrs
de nuestra casa, sobre nuestras vias. Estoy sola; gusto mucho, durante
las horas de la tarde, de irme sola y lejos. Amo mucho el otoo y los
largos paseos, sin otro entretenimiento que mis impresiones; stas son
grandes como el horizonte y llenas del espritu de Dios. La Naturaleza
conmueve mi corazn bajo mis reflexiones, y me infunde cierta tristeza
que me fascina; no s lo que es, pero siento una especie de armona
secreta entre nuestra alma infinita y el infinito de las obras de Dios.
Cuando vuelvo la vista y observo desde lo alto de la montaa la luz que
brilla en el interior del cuarto de mis hijas, bendigo y doy gracias a
la Providencia por haberme concedido este nido, casi oculto a la vista
de todo el mundo, para dar calor y vida a los hijos de mi alma.

       *       *       *       *       *

Todos los das, por la tarde, digo una oracin de muy pocas palabras: un
cntico interior que ninguna persona llegara a entender; pero vos, Dios
mo, vos lo comprendis muy bien, como entendis el zumbar de los
insectos entre las florecillas de los matorrales y el ruido de la hoja
seca, juguete del viento.

       *       *       *       *       *

En el ao 1807 slo contiene el _diario_ misteriosos exmenes de una
conciencia escrupulosa hasta el extremo, y obligaciones de una madre
para salvar de todo peligro a sus hijos. De regreso a la ciudad para
pasar en ella el invierno de 1808, vuelve a tomar la pluma alguna que
otra vez, pero la pluma parece que se resiste a trazar sus ideas. 1808 y
una parte de 1809 faltan. Vase, no obstante, lo que sucedi entonces a
mi familia.

Haba por aquel tiempo en Mcn una bellsima joven perteneciente a
cierta familia muy distinguida; era elegante, hermosa y de espritu
recto y cultivado, quien inspir a su hijo una de aquellas inclinaciones
infantiles e inocentes y puras, que son siempre, mejor que las
explosiones, el presentimiento del amor. No obstante las diferencias de
edad, teman entrambas familias pudiera traer aquella simpata
consecuencias que no entraban en sus clculos.

Por este motivo, acordaron alejar de all por algn tiempo al joven bajo
el pretexto de un viaje a Italia. Crease, no sin razn, que el aire de
los Alpes desvanecera aquella fantstica imaginacin.

Veamos el manuscrito.

Aquellos pensamientos prudentsimos casi no existen en l: su
imaginacin se ocupa exclusivamente en buscar el bien para su hijo.




LXXIV

Domingo, 26 de noviembre de 1809.


Me ocupo en leer las _Memorias_ de Mme. Roland, cuyo marido fue ministro
al principio de la Revolucin, por la cual Mme. Roland fue guillotinada.
Hubiera sido esta mujer un gran talento, un carcter, un dechado de
virtudes, si durante su juventud no se hubiese penetrado del
deslumbrante y falso espritu que entonces reinaba, arrastrndola en la
detestable cima, desde la que derrumb el mundo, perdindose a s
propia; porque fueron sus opiniones las que la condujeron a la
guillotina.

Sus Memorias estn bien escritas y me han interesado, pero no he ledo
nada de lo que se trata de religin, puesto que habla de ella bastante
mal. No he querido que mi hijo leyera dichas _Memorias_, a pesar de que
lo ha deseado mucho. Ya s yo que l puede hacerse, a pesar mo, con
cuantos libros quiera, pero al menos no deber reprocharme el haberle
dado autorizacin para leerlos y menos proporcionrselos.

He pensado asimismo que el hombre se permite a cierta edad leer cuantos
libros se le presentan, bajo el pretexto de que ya no corre peligro; sin
embargo, siempre esto es peligroso, ya que la fe puede extraviarse a
todas las edades; debe estar siempre prohibido el combatir con el
espritu. El hombre acaba por llenar su cabeza con el abigarramiento de
toda especie de lecturas; as es que slo a la prohibicin de aquellas
que, aun agradables, pueden ser peligrosas, debe confiarse la
conservacin de las sanas creencias.

Ha muerto en Mcn M. Sigorgne, a la edad de noventa aos. Como era un
sabio, haba sostenido correspondencia con J. J. Rousseau sobre la
religin y sobre la filosofa. Gran amigo de M. de Lamartine, mi cuado,
dio por amistad lecciones de matemticas a mi Alfonso. Era uno de estos
monumentos antiguos que no quisiramos jams ver derrumbados. Amamos el
tiempo cuando somos jvenes, pero al llegar a viejos, el amor se
convierte en veneracin.

Alfonso ir a pasar este invierno a Lyn para que se vaya acostumbrando,
poco a poso, a los usos y costumbres de la alta sociedad.

Ha marchado en compaa de M. de Balathier, persona de excelentes
modales; estamos muy contentos de semejante oportunidad, porque ella
ser causa que le privar de las malas compaas de otros jvenes de su
edad.

Me encuentro sola con mis cinco hijas, todas ellas fciles de ser
conducidas al bien. Nuestra vida asemjase a la de un monasterio: por la
maana leemos en comunidad algo piadoso, luego estudiamos juntas la
historia antigua; me agrada e interesa tanto como a las nias. Despus
de comer se trabaja un poco; al caer la tarde rezamos tambin juntas, y
durante la velada, acostumbramos a leer alguna de las comedias de
Moliere. Creo yo que no hay en ello ningn mal, pero suprimo las
palabras que creo peligrosas. Despus de esto, rezamos la oracin de la
noche; de esta suerte el da pasa ligero. Que nuestras oraciones
aprovechen a nuestras almas! Si fuera yo libre, creo que me consagrara
completamente a Dios.




LXXV


Mi esposo se halla en Mcn, en el consejo general del departamento,
presidido por M. Denon. M. Denon es hombre de bastante edad, pero joven
de ingenio. Este seor ha estado con nosotros unos das y nos ha contado
sus viajes a Egipto con el Emperador; dice que diseaba las batallas
durante los combates.

Ha colmado a mi marido de distinciones, y le ha propuesto hacerle
nombrar diputado; pero mi marido ha dicho que podra encontrarse, si
llegaba el caso, entre su conciencia y su fortuna, y que prefera, por
lo tanto, sacrificar toda grandeza mundanal a la oscuridad y paz de su
conciencia. Admiro y respeto mucho los motivos que le obligan a obrar de
tal manera, aunque mi amor propio disfrazado bajo el color de la fortuna
de mis hijos, me conduzca a desear tales honores, y la natural forma y
nombrada que lleva consigo un cargo semejante.




LXXVI

7 de enero de 1810.


La peligrosa ociosidad en que se encuentra mi Alfonso me tiene inquieta.
En estos momentos, es cuando necesito para l todo el socorro divino que
siempre he solicitado.

Sus pasiones empiezan a desarrollarse; temo que su juventud y su vida
sean demasiado borrascosas; le veo de continuo melanclico y agitado; no
s lo que pretende. Ah! quisiera encontrar el medio para tenerlo
contento. Nos critican por haberle dejado ir a pasar el invierno a Lyn,
fiados en su buena fe; pero los que tal hacen desconocen las razones que
hemos tenido para ello. Muchas veces conviene dejar que diga el mundo lo
que quiera y hacer lo que nosotros creamos mejor. El parece que desea
adquirir relaciones y tiene aficin al estudio; contando con recursos
suficientes, es mucho ms fcil en una poblacin grande ocupar el
tiempo, huyendo de los peligros de la ociosidad, que en una poblacin
pequea, donde hay que hacer siempre la misma cosa. Por otra parte,
estoy muy contenta de que todo el mundo no lo vea as, porque siendo,
como es, de aspecto gallardo y elevada estatura, podra tambin tentar a
los agentes del Emperador para que no admitiesen en reemplazo suyo el
substituto que le hemos comprado para que sirva en el ejrcito.




LXXVII

Milly, 11 de abril de 1810.


Desde ayer estoy en este pueblo con Cecilia y Eugenia; el tiempo es
magnfico; he querido venir a gozar de una hermosa maana de primavera,
y lo he conseguido por completo. Hoy, desde que me he levantado, he
estado en mi jardn por espacio de ms de tres horas leyendo, rezando,
reflexionando y dando gracias a Dios por sus beneficios, que procuro
aprovechar tan bien como es posible. La hora ha sido deliciosa, los
rboles estn cargados de flores y capullos que perfuman el aire.

Empiezan a brotar las hojas, a cantar los enamorados pajarillos y a
zumbar los insectos. Es esta la poca en que resucita la Naturaleza de
su muerte aparente durante el invierno, y en que ms se disfruta de ella
en estos solitarios parajes. Por desgracia, tengo necesidad de volver a
la ciudad, donde he de permanecer algn tiempo. Ser la voluntad de Dios
el que yo me aleje de estos sitios; cmplase, pues, su santa voluntad.

El domingo estuvo a comer con nosotros M. Morel, distinguido dibujante y
buen msico; es l quien ha trazado la mayor parte de los jardines
ingleses que admira todo el mundo en los alrededores de Pars. Ha venido
aqu para hacer algunos trabajos que le ha encargado M. Rambuteau. He
tenido ocasin de hablarle y me ha dicho que haba sido muy amigo de mi
madre y de mi padre, con lo cual he tenido una alegra grande; en su
consecuencia, le he convidado a comer y he tenido la satisfaccin de
entrar en relaciones con l. Es ya muy viejo, pero conserva
perfectamente expedito el uso de todas sus facultades, a pesar de sus
ochenta y cuatro aos, lo cual se atribuye a su gran sobriedad; dice que
jams ha bebido vino. Esto me ha confirmado en el propsito que yo tengo
hecho de no beberlo nunca.

Creo ver maana a M. Rambuteau, porque dice que ha asistido al
casamiento del Emperador y tengo deseos de saber algo de aquella
ceremonia tan magnfica, segn dicen todos; las iluminaciones parecen
haber excedido a todo cuanto se haba visto hasta hoy en su gnero. He
aqu una cosa que me hace reflexionar sobre la insignificancia de lo que
se ocupan los hombres, puesto que uno de sus mayores placeres consiste
en reunir algunos centenares de candilejas colocndolas unas junto a
otras, es decir, que podemos exclamar fundadamente: _Vanitas,
vanitatum!_ un poco de luz, un poco de ruido y otro poco de humo; esta
es la gloria a que todos aspiramos! Y pensar que yo la deseo para mi
hijo!




LXXVIII

Milly, 17 de abril de 1810.


He pasado sola, en Milly, un da delicioso. Hace un tiempo precioso.
Nunca he paseado tanto. He ledo el primer volumen de un libro
interesantsimo; se titula _Itinerario de Pars a Jerusaln_, por M. de
Chateaubriand. Es una obra excelente.

Ayer fui a Changrenon a hacer una visita a madame Rambuteau, en compaa
de la cual se encuentran actualmente M. de Narbonne, su padre, su marido
y su hermana. Tena curiosidad de volver a ver a M. de Narbonne, quien
haba sido en otra poca muy amigo de mi hermano mayor (secretario en la
embajada de Holanda y hombre distinguido). He hablado con l, y parece
persona muy amable; dicen que goza de la consideracin del Emperador. Se
habla de l para el ministerio de Relaciones Exteriores. Ha hecho una
grande acogida a Alfonso, y le ha comprometido a que vaya a visitarle
cuando est en Pars; pero tengo para m que esto puede acarrear ms
dao que utilidad. Yo no pido para mis hijos las grandezas de este
mundo; nicamente deseo para ellos un modesto y tranquilo bienestar,
adquirido en el cumplimiento estricto de sus deberes.




LXXIX

11 de octubre de 1811.


Alfonso me escribe desde Roma cartas llenas de entusiasmo sobre los
monumentos de esta ciudad clebre; mucho me gustara estar en su
compaa, pero mi pobreza no me lo permite. Los gastos de su viaje nos
ayudan a cubrirlos sus tos. Para este objeto, nos dieron ayer
trescientos pesos. Alfonso, si es econmico, podr pasar con
cuatrocientos pesos el invierno en Npoles, pero como es joven y de
imaginacin viva y ardiente, qu va a hacer entregado a s mismo en los
pases lejanos? Yo, que aspiraba a verle partir, aspiro ahora a verle
volver; durante el da, lo recomiendo veinte veces a la proteccin
divina, Qu desgracia es tener un hijo desocupado! A pesar de la
repugnancia de la familia por verle servir a Bonaparte, deberamos mejor
pensar en l que en semejantes repugnancias; cuando se trata de los
hijos conviene hacer caso omiso de las opiniones polticas.

Yo confo en que su amigo M. Almn de Virieu ir a reunrsele; es un
bellsimo sujeto, ya entrado en aos, y que ha de serle de gran utilidad
en algunas circunstancias.

       *       *       *       *       *

En esta poca fue cuando yo abandon Roma para ir a Npoles, en cuya
ciudad hice la vida errante y potica descrita en el episodio, verdadero
en su fondo, titulado _Graziella_. (Vase el primer volumen de las
_Confidencias_).




LXXX


Hay aqu una grande interrupcin.

El _diario_ no contina hasta que su hijo ha vuelto de sus viajes, el 24
de julio de 1812.

24 de julio.

Ms de quince das hace que me encuentro aqu; fue el 7 de julio el da
que vine a establecerme; mi esposo ha estado en la ciudad con Cecilia.
Los primeros das cre disgustarme porque no experimentaba el placer
ordinario que siento cuando estoy en el campo, pero desde que vine, he
ido acostumbrndome poco a poco y me encuentro ya muy bien. Mis paseos
solitarios, el trabajo y la lectura en compaa de mis hijas y el
cuidado de algunos enfermos, todo ha recobrado para m su inters
ordinario, y yo he estado tan bien como merezco, si puedo estarlo.
Solamente Dios sabe cun escasos son mis merecimientos. Pero esta
tranquilidad ha sido turbada por una circunstancia.




LXXXI

10 de agosto de 1812.


Me encuentro ya en la deliciosa morada de mi cuado el abate Lamartine,
en Montculot, en medio de bosques y de fuentes, en una especie de
desierto que parece una abada. Debiera estar aqu en paz, y sin embargo
no es as; los cuidados de madre de familia me siguen por todas partes,
incluso aqu mismo. Ah! cuntos reproches debo echarme en cara! Soy
extremada en todo, toda del mundo, y en la soledad, acaso demasiada
austera; los objetos presentes agtanse con violencia sobre mis
sentidos; en fin, yo sufro. Ofrezco todas mis penas a Dios, rezo muy
poco y leo mucho; estoy excesivamente impresionada por la brevedad de la
vida y la necesidad de prepararme para la eternidad. Trato
frecuentemente de penetrarme de lo que recuerdo haber escrito una vez,
esto es, que yo no quera considerar esta vida ms que como un
purgatorio, y que todas las penas que Dios me enve debo encontrarlas
dulces en comparacin de las que yo merezco. Lo que me hace temblar es
el porvenir de mis seis hijas. Cuntos disgustos preveo por esta
causa!; pero el tormento que semejante previsin me ocasiona es
condenable, porque vengo probando de continuo que el socorro de Dios
jams me ha faltado en circunstancia alguna, y que con mayor fuerza de
razn debo yo considerar ser ste el verdadero centro de mi vida.




LXXXII

17 de diciembre de 1812.


Nuevamente he regresado de Milly para instalarme en la ciudad: al pasar
por Changrenon he comido en casa de Mme. Rambuteau, lo cual me ha
causado un placer grande, porque hemos hablado mucho de personajes de
Pars que conocimos durante nuestra juventud.




LXXXIII

31 de enero de 1813.


Maana se anuncia, al fin, el casamiento de mi primera hija, con un
gentilhombre del Franco Condado, que se llama M. de Cessia. Cecilia es
muy bella y ms joven que l.

A pesar de la diferencia de edad, l es muy bueno y razonable. A los
diecisis aos recibi una herida formando parte del ejrcito de Cond,
y cojea un poco. Vive con su padre; que cuenta ya ochenta y seis aos,
de carcter imperioso y absoluto, y dos hermanos solteros. Es un
excelente casamiento que, aunque me preocupa un poco, espero ha de hacer
la felicidad de mi Cecilia.

Alfonso est en Pars; ha sido muy bien acogido por M. de Pansey,
consejero de Estado y presidente del Tribunal de Casacin. La prima de
Alfonso, madame de Pr, quien vive en compaa de M. de Pansey, es una
persona muy amable, aunque de mucha edad. Me admira que en las
postrimeras de la vida y cuando vamos a perder ya todo lo que pertenece
a este bajo mundo, seamos todava sensibles a la ambicin...

He penetrado en el cuarto de Alfonso y examinado sus libros, quemando
aquellos que yo creo perjudiciales: he encontrado el _Emilio_, de J. J.
Rousseau; me he permitido leer algunas pginas; no me pesa, porque, los
prrafos que he visto me han parecido magnficos, y me han hecho un gran
bien, tanto, que voy por m misma a copiar alguno. Es bien sensible que
semejante libro est envenenado por tantas extravagancias, buenas
nicamente para ahuyentar la fe y el buen sentido de los jvenes.
Quemar este libro, y sobre todo, la _Nueva Elosa_, ms peligroso
todava, porque ste exalta las pasiones al propio tiempo que debilita
el espritu. Qu lstima que un talento tan grande como el de Rousseau
enloquezca de este modo!

Yo no temo nada por m, puesto que mi fe est bien cimentada y es
superior a toda tentacin; pero y mis hijos, Dios mo?...

Por causa de Alfonso he tenido hoy un gran disgusto: han enviado de Lyn
y de Italia a sus tos y tas gran nmero de notas por las muchas deudas
que ha contrado durante sus viajes; la familia, que sabe que yo le
mimo, me hace responsable de sus desaciertos; me han hecho en este
sentido muchos cargos, por lo que he derramado lgrimas de amargura.
Ah! efectivamente: las faltas de mi hijo son mis faltas! Por qu no
hube de ser yo ms severa para l desde un principio? El hubiera temido
el disgustarme, de esto estoy bien segura: es verdad que no me amara,
tal vez con la misma pasin, y que despus, por circunstancias ms
graves, el temor de afligirme hubiera sido tal vez para l como una
segunda conciencia. Todo se pagar; pero antes pagar yo en reproches
fundados y lgrimas amargas las ligerezas de mi pobre hijo!

Ahora se encuentra en Pars; M. de Larnaud, excelente sujeto, de ingenio
distinguido, vive en el mismo hotel y es ntimo amigo de mi cuado,
quien acaba de recibir una carta confidencial de su amigo Larnaud, en la
que se le advierte que su sobrino est en peligro, porque, arrastrado
por sus amigos, se deja dominar por la pasin del juego; que pasa las
noches en casa de M. Livry, casa en la cual puede perder fcilmente
toda su fortuna, que si bien es cierto trabaja la mayor parte del da
con gran asiduidad, el cansancio del estudio y el poco dormir pueden
quebrantar su salud, si no lo alejan de Pars a todo trance.

Al saber esto, me he puesto en camino inmediatamente para Pars, en
compaa de mi segunda hija, Eugenia, de quien he hecho mi confidente.
He tomado de la gaveta de mi marido todo el dinero que dej en ella
cuando sali para Borgoa, donde se encuentra en casa del abate
Lamartine. Mi amiga, madame Paradis; mi cuado, M. de Lamartine, y mis
cuadas, me proporcionarn ms. He escrito a mi esposo para prevenirle y
evitar al mismo tiempo la escena de reproches que l dirigir
naturalmente a nuestro hijo al saber el gnero de vida que hace.

Al llegar a Pars no quise apearme en el mismo hotel donde se aloja
Alfonso para no causarle una emocin de sorpresa demasiado fuerte y
dolorosa, y porque yo temblaba con motivo de la carta del buen M. de
Larnaud, ante el temor de que mi hijo estara muy cambiado, y que
semejante cambio podra afectarme de una manera muy visible a sus ojos,
al encontrarme frente a frente sin ningn preparativo anterior.

Determin, por lo tanto, visitar antes secretamente a M. y Mme. de
Larnaud, para que me lo contasen y prevenirlo todo convenientemente.
Descend, pues, ante una fonda de la calle Richelieu, muy cercana a la
que l habita; era an de da. Dios mo! cunto sufra al retardar
hasta el da siguiente el placer de abrazarle, despus de visitar a M. y
Mme. Larnaud! Estaba yo abatida por la inquietud, llorando y rogando
sentada en un canap, con los balcones abiertos. Eugenia se asom a
ellos para ver pasar los coches que se dirigan a la Opera o al teatro
Francs; de pronto lanz Eugenia un grito, diciendo: Mam, ven, creo
que veo a Alfonso! Corr a la ventana y le reconoc efectivamente: iba
en un elegante cabriol que l mismo guiaba, acompaado de otro joven:
su aire era alegre y animado, lo cual me quit gran parte del pesar que
me oprima; acababa de ver que estaba bien. Todas mis inquietudes
desaparecieron al verle; no quise en manera alguna interrumpir su
diversin de aquella noche.

       *       *       *       *       *

Al da siguiente me levant temprano, con la impaciencia de ver a mi
hijo, y preocupada por el efecto que le haba de producir mi visita, y
el temor de encontrarle delicado, poco dispuesto para venirse conmigo, o
acaso enredado en algn mal negocio. Por fin le escrib dndole cuenta
de mi viaje y de las razones que lo haban motivado: se present
inmediatamente y pareci como que se admiraba mucho de vernos, sintiendo
y deplorando la conducta que habamos observado. Su salud me pareci
menos mala de lo que yo tema; me dijo que por ser yo quien haba ido a
buscarle, se vendra a Mcn, pero que con ninguna otra persona se
hubiera venido; me ha pedido algunos das para arreglar sus negocios, y
yo le he concedido ocho: estos das los aprovechar enseando a Eugenia
todo lo ms notable que Pars encierra.

       *       *       *       *       *

Sigue el _diario_ con una extensa resea de Pars, sus museos y
edificios ms notables, expresando deseos de presenciar alguna diversin
pblica, de lo que se abstiene por escrpulos de conciencia.

       *       *       *       *       *

Alfonso nos ha conducido hoy a Saint-Cloud en un cabriol; es un sitio
en el cual pas la mayor parte del tiempo de mi niez, cuando mi madre
educaba a los hijos del duque de Orleans; en aquellos fui yo
extremadamente feliz; sal de all a los quince aos, y desde entonces
no haba vuelto a ver aquellos lugares, a pesar de que tena grandes
deseos y muy gratos recuerdos de ellos. He paseado todo el parque
acompaada de Alfonso y Eugenia; les haca notar rbol por rbol todos
los sitios en donde haba yo jugado cuando nia; hubiera querido poder
ensearles las habitaciones, pero esto no fue posible, porque la
emperatriz Mara Luisa las tiene actualmente ocupadas.

He dado a Alfonso todo el dinero que yo me haba trado, para pagar las
deudas adquiridas en el juego.

Me he dejado llevar a la Opera por M. y Mme. de Larnaud, quienes me han
asegurado que semejante espectculo no viene a ser ms que una academia
musical, y, por consiguiente, la Iglesia no lo prohbe. Me he alegrado
mucho de verlo, porque tena de ello una idea bastante exagerada; no me
ha producido la extraeza que yo me figuraba, segn lo que haba odo
decir; antes al contrario, he sentido una impresin de compasin por
aquellas gentes y, a la vez, de cuando en cuando, decame a m misma: He
aqu la reunin de todas las artes, de todas las reputaciones y
talentos, y esto es lo que ha concedido la celebridad en todo el mundo?
nada ms que esto? Me pareci algo as como una gran funcin de
polichinelas; un juego de nios bien combinado, cuatro diabluras, un
poco de fuego producido con alcohol, contorsiones de toda especie y
mquinas cuyos secretos se adivinan en seguida, esto es todo! hombres!
hombres!...

Cuando sent verdadera compasin por el pblico, que llenaba el teatro,
fue al advertir que muchas personas demostraban fastidio y otras
permanecan dormidas desde que dio principio el espectculo.

He conseguido alejar a mi hijo de aquel abismo de seducciones. He vuelto
por Rieux, tierra de mi padre, en donde he pasado quince das al lado de
mi hermana. El da antes de mi salida mand celebrar una misa en memoria
de mis padres junto a su tumba, donde descansan sus cenizas.

El recibimiento de mi marido y de la familia ha sido tan tierno para m,
como fro para mi hijo. Hemos vuelto a Milly. Alfonso parece conformado
con esta soledad; trabaja, lee, escribe; siempre en su cuarto; por la
noche, junto al hogar, se habla con los vecinos de las derrotas de
nuestro ejrcito y de las calamidades que las locuras de Bonaparte han
atrado sobre Francia. La Europa entera se ha puesto sobre l: qu ser
de esta desgraciada Francia, invadida por innumerables ejrcitos
extranjeros que ha provocado al mismo tiempo, as en Espaa, como en
Rusia y Alemania? Dios mo! cun cara tienen que pagar los pueblos la
pretendida gloria de los conquistadores y de los ambiciosos!

Todos los hombres solteros han sido llamados a las armas, los impuestos
se han cargado extraordinariamente. Nosotros, por economa, hemos
vendido nuestro caballo.




LXXXIV

31 de diciembre de 1813.


Estamos refugiados en Mcn; todos los das corre la noticia de que los
enemigos van a venir; hay quien asegura ya que han pasado por Gnova. He
ido a Milly para esconder un poco de trigo por lo que pueda ocurrir, que
me parece ser de importancia. El ao que hoy acaba, ha parecido un
sueo sangriento de Bonaparte! Qu ser, Dios mo, el que empieza
maana! Tengo esperanza de que caer...

       *       *       *       *       *

Estos puntos suspensivos indican bien claro su deseo de la cada de
Bonaparte y de la vuelta de los Borbones, los reyes queridos de su
niez.




LXXXV

9 de enero de 1814.


Han llegado los enemigos hasta Besanon junto a Lyn; se espera en este
sitio una batalla: no s si deba preocuparme o no por este esperado
acontecimiento: el peligro produce sangre fra y concentra en el
corazn todas sus fuerzas. Espero y creo en Dios.

Las gentes estn agitadsimas, y cada cual se deja llevar por sus
opiniones. Hago esfuerzos para no decir nada en contra del espritu de
paz y caridad que debe reinar entre los verdaderos cristianos, y a pesar
de mi excesiva moderacin soy criticada. No importa, tengo fuerza de
voluntad para sufrirlo todo.

Mis ocupaciones y mis gastos son grandes; tengo poqusimo dinero, puesto
que mi viaje me arruin, y mi marido no quiere reducir nuestros gastos.

       *       *       *       *       *

Hasta el da 10 de marzo de 1814 el _diario_ no es ms que un confuso
relato de maniobras de los ejrcitos austriacos y franceses, que toman y
vuelven a tomar, cada uno a su vez, la ciudad de Mcn y dems
poblaciones vecinas. La batalla del 10 de marzo entre los soldados de
Angereau y los del general austriaco Bianchi, a las puertas de la
poblacin, se observa con todas sus peripecias en el hogar desgraciado
de la atribulada madre que tiembla por la vida de su familia.

       *       *       *       *       *

El da 10 (jueves) han tenido otra batalla; los franceses, en nmero de
doce mil hombres, han atacado para rechazar a los austriacos. El combate
ha durado desde las siete de la maana hasta las cuatro de la tarde con
igual ardor por ambas partes, pero al fin han sido rechazados los
franceses. Las prdidas han sido casi iguales entre ambas partes; el
nmero de muertos y heridos dicen que asciende a cuatro mil hombres. No
hemos estado un momento sin or caonazos ni ver pasar heridos. Qu
horrorosa jornada!

Despus de la batalla, la noche que ha precedido al da siguiente, han
sido saqueadas casi todas las casas de los alrededores de Mcn y muchas
de la misma ciudad, como la mayor parte de los arrabales de san Antonio
y la Barre. Se han cometido muchos excesos de todas clases: He aqu el
resultado de esta guerra cien veces maldita. Qu inmensa
responsabilidad para los culpables de estas desgracias! Pobres madres
que ignoris en este momento la muerte de vuestros hijos, cul ser
vuestro desconsuelo al recibir la infausta noticia!

       *       *       *       *       *

Muchas seoras, el seor cura y yo nos hemos presentado al general
Bianchi, rogndole cesara el saqueo. Este general nos ha recibido muy
cortsmente, pero nos ha dejado ver que no se juzgaba dueo de dominar
por completo el pillaje: me parece, sin embargo, que ha tomado alguna
medida en este sentido, porque durante la noche han recorrido el pueblo
patrullas de soldados a caballo.




LXXXVI

17 de marzo de 1814.


Se encuentra refugiada en mi casa mi hija Cecilia, que ha venido huyendo
del Franco-Condado; el da 9 de marzo alumbr entre el tronar de los
caones y los gritos lastimeros de los heridos. Por todas partes hay
soldados; estamos abrumados de gentes a quienes alimentar; tenemos un
general en casa, y damos de comer a los que le acompaan, en nmero de
veintiocho. Nos tienen arruinados.

Alfonso est en Milly, en donde hay igualmente unos trescientos hombres;
cuatro oficiales se alojan en la casa con sus caballos y sus asistentes.
Se estn temiendo siempre nuevas batallas; sin embargo, creo que se irn
alejando de estos contornos, porque las tropas francesas se encuentran
junto a Villafranca, y los austriacos entre esta ciudad y sus cercanas.

Mi hijo Alfonso sali el 10, con M. Pierreclos, para asistir a la gran
batalla frente a Villafranca. Estuvieron un momento cercados por un
cuerpo austriaco que se adelantaba oculto detrs de una montaa. La
velocidad de sus caballos les salv; sin embargo, algunas balas
atravesaron sus vestidos y uno de los caballos qued herido. A pesar de
este percance, pudieron llegar a Pierreclos y a Milly, abandonados ya
estos pueblos por el enemigo.

Ayer tuvieron otra batalla junto a Villafranca, en la que los franceses
fueron rechazados; se dice que las prdidas han sido grandes por ambas
partes. Han entrado gran nmero de heridos. Dios mo! cundo se
apaciguar vuestra clera? Perdonad nuestras faltas y haced que
nuestros males terminen!




LXXXVII

Domingo, 20 de marzo de 1814.


Toda, la noche hemos tenido alojados algunos oficiales y algunos
soldados; cuerpo de guardia y centinelas en toda la casa. Por fin se han
marchado. Todo esto nos cuesta grandes tesoros, adems de las cantidades
que ellos nos exigen en calidad de contribucin.




LXXXVIII

Jueves Santo, 7 de abril de 1814.


El domingo, da 20, fue tomada la ciudad de Lyn. El general Angereau,
que mandaba las tropas francesas, ces el tiroteo junto a las mismas
puertas de la ciudad; el alcalde capitul, dejando tiempo bastante a las
tropas francesas para retirarse, lo cual verificaron por la puerta de
la Guillotiere, al medioda de la ciudad. Ni el menor desorden hubo en
Lyn.

Este hecho nos ha causado gran alegra, porque de seguir mucho tiempo
este continuo alojamiento de tropas, quedaramos completamente
arruinados.

Ha venido a vernos nuestro hijo Alfonso, que se encuentra en Milly,
administrando nuestras propiedades y los pueblos que lo han nombrado
alcalde. Los aldeanos lo quieren mucho. Les ha enseado los medios de
hacer economas y contribuido l mismo para realizarlas. Todos dicen que
se ha portado muy bien durante su gestin administrativa. Estoy de ello
muy satisfecha.

Segn se dice, nuestra querida Francia, muerta en la actualidad,
resucitar, saliendo de la tirnica opresin en que est sumida dos aos
hace.




LXXXIX

10 de abril, da de Pascua.


Lyn, Burdeos y Pars han levantado bandera blanca, y se han puesto la
escarapela del mismo color; Bonaparte ha sido declarado indigno del
trono que no ha sabido sostener, y dicen que ir a la isla de _Elba_,
que le ha sido concedida en soberana, adems de seis millones de renta
anual.

Llega en este momento un correo de Lyn con bandera blanca; el
Ayuntamiento de aqu se ha reunido para resolver si se declarara la
cada de Bonaparte y la soberana de los Borbones. Mi marido, mi yerno
M. de Cessia y Alfonso, han asistido; yo les anim cuanto pude, porque
para Francia no hay ms salvacin que la conciliacin con Europa, bajo
la salvaguardia de los antiguos reyes que hoy se encuentran desterrados.
No creo que sea imprudente declararlo desde luego: el extremado ardor
con que yo defiendo lo que creo justo, me est produciendo serias
desazones; se me ha tachado de imprudente. Nada sabemos an de positivo
sobre los acontecimientos actuales; se dice que Pars fue tomado el 31
de marzo, y estamos a 10 de abril sin haber recibido todava noticias
oficiales. Se tema igualmente que hubiera algn trastorno con motivo de
los pronunciamientos, y algo debe haber de verdad sobre esto porque
anoche hubo en el paseo una intentona.

Hoy hemos pasado sin saber noticias de Pars, el pueblo estaba
excitadsimo, cuando all sobre las seis de la tarde lleg un correo
portador del _Senatus consulto_, que declaraba la cada del imperio. El
gozo fue grande. Este aument por la noche con las noticias que se
recibieron de la abdicacin de Napolen y la exaltacin de los Borbones.
Todo el mundo estaba en el paseo; ste pareca atestado materialmente,
el tiempo era magnfico; hablbanse las gentes sin conocerse apenas. Se
reunan, se felicitaban, se abrazaban; era aquello una manifestacin
general de entusiasmo. Hubo luego iluminacin y se prolong el paseo
hasta la madrugada.

Al da siguiente tuvo lugar la solemne proclamacin del nuevo orden de
cosas, con msicas y luminarias; se dieron gritos de viva el rey. He
tenido hoy a comer y almorzar a muchos miembros del consejo provincial,
que han llegado de Mcn, donde han sido convocados por el gobernador de
la provincia.

He salido para Milly con mis tres pequeitas. Estoy contenta y necesito
pasar aqu algunos das de reposo para ordenar en calma las ideas que
agitan mi cerebro.

Maana procurar escribir algunas reflexiones que me han sugerido los
acontecimientos ocurridos.

       *       *       *       *       *

En las reflexiones que vamos a copiar, escritas en su retiro de Milly,
se advierte desde luego el sentimiento, tanto tiempo comprimido, que la
madre de familia abrigaba contra la dominacin militar de Bonaparte, y
los deseos de que la Francia estuviera gobernada por un gobierno ms
pacfico, que ella crea de buena fe haba de ser el de los Borbones, a
cuya familia amaba desde su niez. Esta pgina viene a ser el lirismo de
la esperanza, despus de la desesperacin. Un rgimen tan odiado por las
mujeres no poda ser por ningn estilo todo lo popular que los
historiadores del partido quieren hacernos creer.

Continuemos leyendo las impresiones de aquella madre amantsima.

       *       *       *       *       *

Milly, viernes 15 de abril.

Seor, jams hubo en el mundo una criatura ms colmada de vuestros
beneficios que esta humilde pecadora. A medida que voy avanzando en
edad, me encuentro rodeada cada da de una proteccin particular de
vuestra divina piedad. En medio de todo lo que acaba de suceder, no he
sufrido particularmente una sola desgracia. Mis hijos se encuentran
todos a mi lado. Conservo a mi nico varn, cuando tantos otros padres
han perdido los suyos. Su salud se modifica de continuo, tanto, que
puede decirse ya que est del todo restablecido. Todo lo que os pido,
Dios mo, es que le hagis un buen cristiano. Combato, por mi parte,
todo lo que puedo, todos los impulsos que la ambicin pretende encender
en mi pecho; todo esto que pido es en bien de mi hijo, de su alma. Pero
al pedir en bien del alma (y no deseando realmente ms que eso), siento
una tristeza y un desfallecimiento que me causa horror. Acaso este ser
un castigo de Dios por haberme inclinado demasiado a las cosas mundanas;
ser que se me advierte la prdida de los goces verdaderos; yo as lo
creo, porque antes de ahora, cuando me dedicaba a Dios solamente, era
feliz en mi retiro, me alzaba sobre las miserias terrenales y senta una
inexplicable alegra, pero en la actualidad no puedo, sin esfuerzo,
alcanzar este entusiasmo celestial. Ser que mis sentidos se entorpecen
al peso de los aos? Sin embargo, mi salud es buena y mejor que otras
veces, lo cual es todava otro de los favores por que debo dar gracias a
Dios. Mis hijas estn igualmente buenas, creciendo a mi lado en virtud y
hermosura, porque sus figuras son simpticas y su piedad grande: tanto
es as, que yo misma, algunas veces, he notado escrpulos excesivos en
ellas que me he visto obligada a combatir. Cecilia y su marido estn
todava con nosotros; su hijo, mi nietecito, se est haciendo cada da
ms hermoso; su madre se lo cra, y hace en esto muy bien; nunca me ha
gustado dar los nios a manos mercenarias.

Va mejorando nuestra fortuna. Gozamos de la consideracin y aprecio de
cuantos nos rodean y esto es una parte de los beneficios que Dios me
concede. Siempre debiera estar de rodillas para darle gracias o al menos
ocuparme continuamente de mis deberes proclamando su gloria, y empleando
por l todos los instantes que me concede y que tan buenos son,
entretanto que otros sufren amargamente.

       *       *       *       *       *

Dios, porque es eterno, es paciente; esta frase no s si de Bossuet o de
San Agustn, la recuerdo estos das al reflexionar sobre la cada de
Napolen. Qu ejemplo de la divina justicia!

Cuntas ambiciones ha despertado el ver este coloso de la gloria
elevado sobre el inicuo pedestal de barro! Europa entera pareca
humillada bajo su poder; no tena l ms que desear y emprender
cualquier cosa, para verla realizada antes de que su misma ambicin
pudiera apetecer. Mientras fue instrumento divino, nada pudo sostener el
curso de sus conquistas, de sus devastaciones, del trastorno general que
pareca efectuarse por l, sobre toda la superficie del globo. No poda
decirse a cul virtud lo deba, porque la iniquidad le llevaba
encadenado a un desenlace ruidoso y brillante a la vez ciertamente. Pero
vosotros, los que, alucinados por esa gloria, admiris el coloso de la
maldad, escuchad; escuchad, s, un momento; atended un instante y veris
este prodigio disipado, desvanecido, destruido en menos tiempo del que
necesit para elevarse. Dnde encontrar el rastro de su paso? Porque
habis de saber que le servir de mortaja lo mismo que se ha dado en
llamar su gloria, para ser enterrado bajo las ruinas de diversas
naciones y de montones de cadveres sacrificados a su ambicin
desmedida, a su crueldad sin lmites.

Empieza a renacer el reinado de San Luis con la ayuda y bajo la
proteccin divina.

Ensalcemos la bondad de Dios con cnticos de alabanza que resuenen sin
cesar sobre la tierra.

Que todas las madres enseen a sus hijos himnos de gloria y de ventura
que ensalcen y glorifiquen la paz y la armona!

       *       *       *       *       *

Desde luego se comprender que un hijo cuya sangre era la de madre
semejante, y que adems haba estudiado en la historia de la antigua
libertad, no fuera jams partidario de Napolen Bonaparte.




XC

9 de mayo de 1814.


Ha sido nombrado mi esposo miembro de una comisin que debe ser
portadora de la adhesin del consejo general del departamento a los pies
del trono; partieron el 28 de abril. Voy a salir inmediatamente para
Lyn, pues quisiera estar all para ver pasar a la seora duquesa de
Orleans, que se dice vendr dentro de pocos das.

       *       *       *       *       *

Este viaje no se efectu, porque mi padre volvi de Pars despus de
haber visto los prncipes, a los cuales era y fue invariablemente
adicto, pero sin alardear de ello. Se le ofrecieron grados y pensiones a
los que tena derecho y que fueron repartidos entre los oficiales que
igual que l se haban separado de sus regimientos por no jurar lo
contrario a lo que su conciencia les dictaba. Todo lo rehus mi padre,
pues deca que no quera gravar el estado de la nacin cobrando un
sueldo que en aquellos momentos no necesitaba, tanto ms, cuanto la
Francia se encontraba arruinada por el pago de tanta indemnizacin como
los invasores exigan. Lese en el _diario_ de mi madre su admiracin
vivamente expresada por el modesto y patritico desinters de mi padre.
Pasadas estas agitaciones, vuelve a la soledad, donde nicamente goza su
alma de completa tranquilidad.




XCI

Milly, sbado 17 de junio.


Slo en este pueblo me parece que gozo de paz y encuentro libre mi
espritu. Aqu solamente puedo darme cuenta de todo lo que pasa por mi
alma, sobre todo durante las excursiones solitarias que acostumbro a
hacer por la campia. He estado aqu dos das, y vuelvo a partir esta
noche a pesar mo. El campo es delicioso en este tiempo; yo estoy
siempre alegre en la poca que atravesamos; alegre he dicho, quin sabe
si algn grave pesar moral mata mi dicha! A bien que existen pocos
pesares y sufrimientos que los deliciosos hechizos de la Naturaleza no
consigan hacer olvidar.

Dice Mme. Stel en un libro que ayer le, que para compenetrarse con la
Naturaleza es preciso amar a la religin. Oh! s! es indispensable la
religin para disfrutar de los beneficios que Dios proporciona. Por otra
parte, no llena nuestros corazones por entero? No es todo amor? Oh!
cunto compadezco a las almas heladas y secas, que no han sido
calentadas jams por su divino entusiasmo! Los que poseen estas almas
carecen de sentidos. Algunas veces he reflexionado sobre esta idea que
tengo: ya no s si estoy en un error, porque puede ser que haya, tal vez
para ellas, en la eternidad otro gnero de felicidades ms tranquilas y
menos inefables que las que sern otorgadas a las almas ardientes y
sensibles, que parecen haber recibido mayor cantidad de espritu de vida
y de amor; pero as tampoco sern ellas ms reprensibles, si desprecian
sus tesoros o si los prodigan tontamente a viles criaturas que no pueden
dar en cambio otra cosa que la muerte y la nada! Oh, Dios mo! Dios
mo! yo he probado frecuentemente y con grande amargura este error cruel
que se encuentra siempre adherido a todo lo que no sois Vos. Haced que
yo renuncie a semejante error, que yo sea vuestra en todo tiempo y
lugar. Semejante dicha la he reconocido yo y no ha faltado jams,
siempre que la he buscado en su nico origen: en Vos mismo.

Todos los jvenes de la nobleza y de la clase media realista se han
afiliado en la guardia de Corps. Mi hijo Alfonso tambin pertenece a
este distinguido cuerpo, y est muy satisfecho de haber ingresado en el
ejrcito; yo tambin estoy muy contenta: al menos est ocupado en algo.
Cuando no presta servicio en las Tulleras, permanece en Beauvais, y
dice que pronto vendr a pasar con nosotros el correspondiente semestre
de licencia. No creo que permanezca mucho tiempo en el cuerpo, a pesar
de su ardor de militar, porque tiene la imaginacin demasiado viva y el
espritu demasiado inquieto para amoldarse a la disciplina de los
tiempos de paz. Su padre, sus tos y yo estamos muy contentos de que
haya dado, como todos, pruebas de fidelidad a los Borbones; siempre ser
ello pasar algunos aos, despus... quin sabe lo que ocurrir. El
prncipe de Foix, su jefe, est, segn dicen, encantado de su figura. Le
han nombrado inmediatamente instructor del picadero; estar en su
elemento, porque, despus de los libros, lo que ms ama son los
caballos. Su entusiasmo por la equitacin es delirante.

       *       *       *       *       *

Por espacio de algunos das se interrumpe la relacin del _diario_.




XCII

25 marzo de 1815, da de Pascua.


Qu diferencia entre el da de hoy y el de igual fecha del ao pasado!
Nuestra paz ha sido un sueo solamente.




XCIII

22 de julio de 1815.


Con razn deca yo que nuestra paz haba sido un sueo solamente! Cun
cruel ha sido el despertar! Otro sueo de desdichas que ha durado tres
meses; pero volveremos otra vez, as lo espero, a ser dichosos. Quiera
Dios que as sea para todos! La vuelta de Bonaparte nos ha costado
muchsima sangre. La Francia est arruinada. Tenemos todava en nuestro
suelo muchsimas tropas extranjeras, y temo que el tratado no est
firmado an; pero entretanto las condiciones son crueles. Esta es
nuestra situacin.

No he de repetir aqu todos los acontecimientos surgidos durante estos
ltimos ocho meses; demasiado escritos quedarn en todas partes.
Solamente dir que a los primeros rumores de la vuelta de Bonaparte,
Alfonso corri a Pars, adonde le llamaban sus aficiones y su deber; que
acompa al rey hasta Bethune en medio de las mayores penas y fatigas;
que una vez all, despus de recibir la licencia y las gracias de los
prncipes, volvi a reunrseles, rodeado tambin de grandes peligros; y
que algn tiempo despus, volvi a salir para Suiza. Pero ocurri la
batalla de Mont-Saint-Jean, regresaron nuestros prncipes y regres
tambin Alfonso a la patria, dirigindose a Pars, donde actualmente se
encuentra, haciendo las diligencias necesarias para obtener un empleo
diplomtico. Abrigamos muchas esperanzas de conseguirlo.

Qu horribles angustias hemos pasado! Basta decir que Mcn ha sido
tomado a mitad de la noche, que yo despert a las dos de la madrugada
entre el espantoso estruendo de los caones, obuses y fusilera,
vivsimo en todas las calles, y los ms siniestros gritos de
desesperacin y de dolor. Nos creamos todos perdidos. Me levant de la
cama e hice levantar a Cesarina, la nica de mis hijas que se encontraba
conmigo a la sazn, y una y otra, puestas de rodillas ante un Santo
Cristo, esperbamos el momento del sacrificio ofreciendo nuestras almas
a Dios.

Luego pareci irse calmando todo. Los austriacos quedaron triunfantes,
pero no abusaron de la victoria; hubo algunas casas saqueadas pero
fueron aquellas en que se defendi el enemigo. Nosotros no recibimos el
menor dao personal, gracias a Dios, pero materiales, tenemos ya
sufridos tantos!

He aqu lo que me ocup despus del da 17 de septiembre: Cecilia, hace
como cinco semanas, tuvo una nia que cra ella misma y se llama
Celenia. Todo marcha muy bien. Alfonso sigue en Pars an. Tanto como
deseamos las mujeres ser madres, y ay! el serlo en estos tiempos hace
temblar al espritu ms fuerte.




XCIV


Nuevamente sonre a mi madre la dicha, y slo satisfaccin y contento
rebosan sus escritos. El da 13 de octubre de 1815 se publicaron los
esponsales de su segunda hija Eugenia, con M. Coppens de Hondschoote,
joven oficial, teniente coronel del regimiento que guarnece Mcn, hijo
del antiguo seor de la villa de Hondschoote en Flandes. Una simpata
mutua condujo el asunto rpidamente a su desenlace. Celebrose la boda en
Mcn en el mismo da en que se inaugur una iglesia nueva. En la
descripcin de esta ceremonia de familia se adivina una alegra maternal
inexplicable.

       *       *       *       *       *

Acordose que la boda se celebrara en la iglesia nueva que deba
bendecirse en igual da; pertenecamos a esta parroquia y estaba muy
cerca de nuestra casa. Luego, despus de la bendicin nupcial, que
atrajo mucha gente a la iglesia, nos retiramos. Todos mis hijos venan
junto a m; Cecilia y Alfonso haban llegado haca poco; mi pequeita
Alicia estaba tambin; el tiempo era precioso: nos acompaaba toda la
oficialidad con su msica tocando alegres aires. Eugenia estaba
encantadora: llevaba un vestido de tul bordado, un velo de raso blanco,
una guirnalda de lirios y rosas blancas y un ramo de las mismas flores;
estaba verdaderamente hermosa. Su marido, que tiene una arrogante
figura, iba radiante de satisfaccin. Las calles estaban atestadas de
gente, as como la iglesia y sus alrededores; al volver, tuve muchsimo
miedo de que hubiese alguna desgracia, pero se tomaron muchas
precauciones para evitar los accidentes que la aglomeracin de gentes
pudiera ocasionar.

Casi todo el pueblo estaba invitado a pasar la velada en nuestra casa.
Como es natural, hube de trabajar mucho para preparar el recibimiento a
tan numerosa concurrencia. Haba dispuesto la sala comedor, que es muy
grande, para saln de baile; la hice tapizar de un tejido verde, e
iluminar muy bien. El coronel nos mand la msica del regimiento, que
fue colocada en una habitacin contigua, produciendo muy buen efecto,
combinada con el saln; mand quitar la cama de mi cuarto que es muy
espacioso, e hice colocar una mesa para setenta cubiertos
aproximadamente, y otras dos en las que podan acomodarse otros tantos
entre una y otra. En un gran gabinete situado junto a mi dormitorio,
haba igualmente otra mesa para que los caballeros pudieran cenar a
media noche con toda libertad. Todo esto me dio mucho trabajo
ciertamente, pero yo lo hice con mucho gusto y todo sali perfectamente.
Todo el mundo se retir a la hora conveniente; estuve bastante agitada y
no fui yo seguramente la nica. Ces la algazara, acompaamos a los
novios al dormitorio y yo me retir igualmente, despus de rogar a Dios
por mis hijos y por m.

Al da siguiente, asist a la misa mayor, en que o un buen sermn
pronunciado con motivo de la inauguracin de la nueva iglesia.




XCV

19 de junio de 1817.


Mi hijo Alfonso se encuentra en este momento viajando en la Saboya,
acompaado de la familia Maistre, cuyo sobrino, M. Luis de Vignet,
persona distinguidsima, es muy amigo de l. Este joven, de grande
ingenio y mucho talento, como el que yo supongo en mi hijo, tiene como
l tambin un carcter algo melanclico. Me recuerda la figura que yo
atribu en mi juventud a Werther, de Goethe; pero l es, como su
familia, muy cristiano.

Esta amistad, bajo esta correspondencia, me satisface por mi hijo, que
tiene necesidad de buenos ejemplos de fe positiva, porque su religin,
demasiado libre y demasiado vaga al mismo tiempo, me parece producida
por el sentimiento y no por la fe.

       *       *       *       *       *

Como ya tengo indicado, mi hijo solicita un empleo diplomtico; mi
hermano mayor y yo hemos despertado en l este deseo que le cuesta
buenos disgustos. Como quiera que en Pars no tenemos una proteccin
directa para abrir las puertas de las personas influyentes, y nuestro
nombre, aunque digno, no es de gran resonancia para llamar la atencin
de los ministros, perdemos el tiempo. Alfonso se cansa e impacienta, no
pudiendo obtener una ocupacin activa para su espritu; y sus disgustos
recaen sobre m y me afligen mucho.




XCVI

20 de junio de 1817.


Hoy me han hecho una proposicin de matrimonio para mi hija tercera,
Cesarina. El joven que ha pedido su mano, creo yo que le conviene bajo
todos conceptos; a m me agrada mucho. Se llama M. de***, y pertenece a
una conocida familia parisiense, ligada ya de antiguo con la ma.
Cesarina posee una belleza deslumbradora, completamente italiana; muchos
dicen que los rasgos de su fisonoma son los de una creacin del pintor
Rafael de Urbino, que se conoce por la _Fornarina_. Yo no s lo que en
esto habr de cierto, pero s sabr decir, que es una hermosa criatura
fsicamente considerada, y lo que es algo mejor, muy franca, sencilla, y
altamente simptica a todo el mundo.

Mi cuarta hija, Susana, ser ms hermosa an, pero el gnero de su
belleza ser completamente distinto; es la estatua del candor y la
virginidad.

Sofa, menos seductora a primera vista, promete, sin embargo, atesorar
tambin grandes atractivos y ciertas cualidades de alma por complemento
superiores a todos los hechizos. Oh! qu hijas me ha concedido Dios!
Parece que la Providencia y la Naturaleza se hayan puesto de acuerdo
para favorecerme con sus dones! Qu cuentas deber rendir esta madre al
Seor de cielo y tierra!




XCVII

Junio de 1818.


Mucho trabajo me cuesta el favorecer las inclinaciones hacia el
apreciable joven M. de***, a quien estimo en mucho a causa de sus
excelentes cualidades y lo quisiera para esposo de mi hermosa Cesarina.

La familia de mi marido se opone a este matrimonio por razones sociales
de bien poca monta por cierto, pero yo tengo la seguridad de que habran
de ser felices uno y otro. El no tiene fortuna, es verdad, pero yo les
tendra en mi casa. Estoy obligada a esconder a la familia de mi esposo
la inclinacin que siento por esta alianza, pero si yo hiciese, al
parecer, cierta violencia, no podra llegar jams a conseguir la unin
de estas pobres criaturas. Entretanto me est ello pesando en la
conciencia; tal vez he cometido un error dejando entrever a estos
tiernos corazones que al fin se unirn. He consultado sobre este
particular con un hombre que merece toda mi confianza y me lo ha
aprobado. Dios mo! haced que resplandezcan mis intenciones: Vos sabis
que son buenas.

El joven de***, se muestra ms carioso y solcito que antes; son sus
visitas tan frecuentes que temo despierten recelos en la familia; no
obstante, cuando creo que sus visitas pueden llamar la atencin, le
recibo con alguna frialdad; y l, comprendiendo mis indicaciones
perfectamente, obra como hombre discreto que es y de virtud
irreprochable. Qu es lo que suceder? cuntos tormentos ocasiona eso
de haber dos espritus distintos en una misma familia, sobre motivos de
trascendencia! Encuentro que no se consulta lo suficiente al corazn en
nuestra sociedad francesa, cuando se trata de un acto tan importante
como es el del matrimonio. Por suerte para m, mis parientes dejaron que
hablase el mo; y gracias a la condescendencia de mis buenos padres, soy
feliz actualmente.




XCVIII

18 de julio de 1818.


M. de Vignet, el amigo de mi hijo, ha estado aqu unos das, acaba de
ser llamado a Pars por el embajador de Cerdea, marqus de Alfieri, a
quien Alfonso conoce muchsimo. Esto es buen augurio para el porvenir
diplomtico de este joven, quien empezaba ya a descorazonarse. Ah!
cmo quisiera yo ver a mi hijo entrar pronto en una carrera tan digna
de l! Observo que mi salud va languideciendo de algn tiempo a esta
parte; yo creo que la causa de ello son los sufrimientos del corazn y
del espritu, ocasionados por los contratiempos que mis hijos estn
sufriendo. Es preciso que sobre esto reflexione detenidamente. Pronto
cumplir cincuenta y dos aos, y como quiera que no he sido de
complexin fuerte, necesito de mayores cuidados que muchas otras; eso
debera aumentar mi piedad y hacer que me ocupase solamente de Dios. En
lugar de esto, parece que mi alma participa de las debilidades de mi
cuerpo, porque encuentro que me faltan o se debilitan en m aquellos
sentimientos vivos que penetran el alma y la elevan al cielo,
hacindonos felices en todas las situaciones de la vida; me siento fra,
e insensiblemente arrastrndome sobre la tierra. Oh! no es esta la
vejez que se necesita para preparar el alma. Entretanto, Dios mo! mi
voluntad se dirige todava hacia Vos, sostenedme y haced que pueda daros
todo lo que me resta... Ay! qu pobres e indignas de Vos son mis
ofrendas!




XCIX

25 de julio de 1818.


Nos hallamos en la casa de mi buen cuado el abate Lamartine, que se
encuentra enfermo. Continuamente est haciendo regalos a mis hijas, y
para despus de su muerte ha legado a Alfonso esta propiedad de
Montculot, que aun con un gravamen de doscientos mil francos, le servir
acaso de ayuda el da que necesite casarse.




C

4 de agosto.--En el parque de Montculot,
al lado de la fuente Fayard.


Esta fuente, pintoresca y apacible como una de la Arcadia, fue celebrada
en mis composiciones tituladas _Armonas_ con el nombre de

LA FUENTE DEL BOSQUE

Oh! fuente cristalina--Que saliendo de la roca--Formando hermosa
cascada--Baas el florido prado--Y en el mrmol de Carrara--Murmuras con
impaciencia--Por salir a la pedrera.--El delfn que oculto entre la
hiedra--Arrojaba por la nariz la blanca espuma, ha desaparecido.
Centenarias hayas que prestan su sombra--Al lecho por donde juegas en
ondas--Te sirven de templo--Y de corona, las hojas secas de otoo y el
verde musgo.--La vieja pila de mrmol ha sido destrozada--Pero t,
siempre generosa--Devuelves bien por mal a los que te
ofendieron--Ofrecindoles la frescura de tus aguas, limpias como el
cristal.--Cuando veo filtrarse cual roco entre los guijarros--Las gotas
cristalinas formando mil colores--Las ideas de mi niez vuelven a mi
imaginacin--Y los recuerdos del pasado, me llenan de tristeza.--Cmo
quieres que no busque a tu lado alegras y tristezas?--Mudo testigo que
recuerdas hechos y edades pasadas--Cuntos lances has mezclado en tus
murmullos!--Cmo han corrido mis pensamientos tras de tus ondas!--Aqu
me tienes otra vez, fuente deliciosa.--Yo soy aqul que en otro tiempo
turbaba tu tranquilidad, con regocijo infantil. Yo soy quien a la sombra
de los rboles que te rodean, so con la gloria cuya senda veo hoy
oculta por negros nubarrones.--Mientras lloro ausencias y
muertes--Reclina la cabeza sobre las piedras que te circundan.--Yo soy
aqul, que rendido de cansancio--Lleg a ti, con el rostro oculto entre
las manos--Derramando lgrimas que empaan tu pureza cristalina--A
confiarte tu pesares; porque t sola contestas a tus lamentos.--A
escuchar las armonas que producen tus cascadas.--Pero ah! que no
pueden tus olas seguir a mis ideas--Rpidas como el viento que arrebata
la hojarasca que se extiende a tus pies.--Algunas veces, trepando por la
escarpada pendiente--Llego al punto donde tienes tu nacimiento--Y te
contemplo cual hija de las nubes, flotando entre vapores.--Fuera
imposible sin ti, la vida en estas soledades.--Calmas la sed del csped
que, al besarte, bebe tus cristales gota a gota.--Y aunque el duro
pedernal intente devorarte en su seno--Te alejas juguetona, y corres a
llevar tus virginales perlas--A los ms profundos huecos de las
montaas.--Reflejando en el camino el hermoso transparente del cielo--El
desierto se anima con tu presencia--Y a un aliento de tus aguas--Se
inclina el rbol aoso--Cobijndote en sus ramas.--A tu lado, los
alegres pajarillos cantan sus amores--Y los hombres han de arrodillarse
para beber de tus aguas.--Aqu beber el caminante, dijo una voz. Y
t, fiel a esta consigna--Avisas al hombre cuando por tu lado pasa--Con
el sordo murmullo que produce el lquido, al caer en el recipiente.--Y
al que se detiene a contemplarte--Le dices satisfecha:--Este prodigio
que admiras, obra de Dios es.--Mis murmullos son el himno que
constantemente elevo al autor de la Naturaleza. Yo siento en el corazn,
oh, fresca fuentecilla!--Tantas ideas como ondas tiene tu piln.--Y al
aproximar mis labios a tus aguas--Brotar de mi pecho el amor, y
escaparse el ruego de mi boca con acento rpido--Y exclamo: Seor, te
adoro, acepta mi triste llanto.--Hoy contemplo tus riberas--Bien
distintas por cierto de ayer.--El viento se ha llevado las hojas, y
hasta el cisne ha cambiado su blanco plumaje.--No tardar mucho tiempo
en ver caer mis blancos cabellos sobre ti--Cuando vengas a visitarme,
apoyndote en los troncos de las hayas tus eternas
compaeras.--Entonces, contemplndote de nuevo, reflexionar todo lo
pasajero de esta vida.--Comparndola con tus gotas que convertidas en
olas--Mueren en el mar despus de haber corrido alegres el
camino--Cubierto de flores unas veces, de espinas otras.--Y as es la
vida, Dios mo!--Tras de la noche la aurora.--Y las olas corren
siempre--Cual la vida seductora.

       *       *       *       *       *

Posteriormente he visto que mi pobre madre tambin meditaba sobre la
fuente del Bosque y por cierto, ms cuerdamente que yo.

Continuemos el _diario_.


4 de agosto de 1818.

Es la una de la tarde, y vengo de dar un paseo por la fuente Fayard: es
un sitio delicioso en extremo: me gusta ir all a reflexionar y rezar al
mismo tiempo porque lo uno es consecuencia de lo otro. Doy gracias a
Dios por los beneficios que me hace, que son muchsimos. Al fin vuelvo a
encontrar los mismos sentimientos de otros tiempos. Tengo observado que
cuanta mayor es mi soledad y mi retraimiento del mundo, soy ms piadosa
y feliz. Pero no hay remedio; debo alejarme de aqu: debo volver a mis
tareas ordinarias, a mis deberes, a mis incertidumbres.

Tened piedad de m, Dios mo; tiemblo por lo que he de sufrir yo y por
lo que habrn tambin de sufrir mis hijos Alfonso y Cesarina y mi buena
amiga madame Paradis que necesita de m en estos momentos. Valor y
prudencia.

Esta maana, durante el paseo, recordaba las veces que he estado aqu, y
son seis, y he pensado que mi _diario_ me es de mayor utilidad que a
otras muchas personas, porque tengo poqusima memoria, y al mismo
tiempo, porque gusto de ir recordando todo lo que me ocurre en
diferentes circunstancias en que me voy encontrando; veo tambin, que
no es de menor utilidad para mi alma.

Estoy leyendo los sermones de Massilln y la _Odisea_; mis hijas leen la
historia antigua.

Pobres hijas mas! Se estn portando como quienes son: alegres y buenas
por todo extremo.

Mas, ay! las dirijo yo como debo? No tengo que echarme algo por ello
en cara? Tendr la culpa de las dificultades en que me encuentro por
causa de Cesarina? Oh, Dios mo, Dios mo! Vos sois mi nica esperanza;
no me abandonis en manera alguna; reparad mis faltas; apiadaos de mis
hijos y de m.




CI

15 de agosto de 1818.


Los disgustos que he sufrido por causa de mis hijos, acortarn mi
existencia y acabar por sucumbir bajo el peso de tanto sufrimiento. Yo
he sentido sus penas con mayor fuerza que ellos mismos. La ociosidad de
Alfonso me consume. Por ventura ha nacido para esto? Me lo he
encontrado solo en Milly donde se qued antes, tranquilo, pero triste, y
tanto o ms que nunca viviendo entre sus libros, y de cuando en cuando
escribiendo versos que no ensea jams. Algunas veces, sus amigos, M. de
Vignet y M. Virieu, me hablan de l con especial entusiasmo; pero de
qu le sirven sus talentos as encerrados, en el supuesto de que
verdaderamente lo sean? Por otra parte, qu ha de ser esta poesa que
reconcentra sus ecos en un joven devorado por el deseo de actividad?

La causa de mi excesiva alegra por la vuelta de los Borbones, fue
porque esperaba que la familia no se opondra entonces a esta necesidad
de obrar, y que estos prncipes, a quienes habamos servido en la
desgracia, emplearan a mi hijo en alguno de los muchos cargos de que ha
de ser capaz; pero despus de tres aos no hemos tenido de ellos ni una
sola mirada!

No dejo de comprender que, as los prncipes como los ministros, estn
abrumados de solicitudes a su alrededor, y que no pueden dirigir sus
miradas hasta el fondo de las provincias para ir escogiendo y
clasificando los talentos jvenes y desconocidos. Es preciso resignarse
al olvido. Al fin y al cabo esto no vale la pena de disgustarse; pero
ah! que mi hijo est en la edad de las ilusiones, que son para l lo
que para m las realidades. Acaso el sentimiento secreto que en l
adivino procede de este desengao sufrido. Porque no es natural ni
corriente que un joven de su imaginacin y de sus aos, se abandone y
encierre en la soledad ms absoluta; aparece como que haya perdido por
la muerte o por otra causa cualquiera, algn objeto querido, cuya falta
ocasiona en l tristeza tan profunda.




CII

12 de septiembre de 1818.


Alfonso recibi ayer un paquete de cartas de su mejor y ms ntimo
amigo, M. de Virieu, quien le llama a Pars inmediatamente. El ha
vendido su caballo para hacerse con cien pesos; yo le he dado adems
todas las economas que poseo. Ya ha partido. M. Virieu, quien ha
ingresado en la carrera diplomtica y se interesa por Alfonso tanto como
l mismo, le deca en sus cartas que el conde de Lagarde, nuestro
embajador en Espaa, estaba decidido a llevarle consigo a Madrid.
Quiera Dios que este proyecto se realice!

       *       *       *       *       *

Todo ha fracasado. Alfonso acaba de volver ms descorazonado que nunca
por los acontecimientos que le vuelven a sepultar nuevamente en la
inaccin y la oscuridad. M. de Lagarde, que le conoce, y que hubiera
deseado llevarle consigo, no le ha sido posible, y ha partido, para
Madrid, dejando a mi pobre hijo en el mayor desconsuelo.

Si yo pudiera obtener para mi hijo la resignacin que yo poseo! Pero el
es joven y es natural que sus pensamientos sean distintos a los mos.

El proyectado casamiento de mi Cesarina, resulta decididamente
irrealizable, me he visto obligada a decrselo as a este pobre joven.
La familia se ha obstinado en la negativa ms absoluta; estoy
desesperada y he llorado mucho; el pobre joven parece resuelto a esperar
an contra toda esperanza. Tambin Cesarina est muy triste, pero bien
penetrada de su deber; teme, dice, que si fuerza por s misma las
repugnancias, el descontento de aquellos de quienes nosotros dependemos
recaiga sobre m. Lstima grande que as se rompan las esperanzas de
dos almas puras que sentan una hacia la otra cierta inclinacin
natural, por cierto bien inocente! Afortunadamente, el tal efecto no
constitua para Cesarina una pasin absoluta, y si nicamente una
simple disposicin amorosa, y el reconocimiento natural en quien se ve
amada con vehemencia. Pobre muchacho!

Me han hablado de otro matrimonio para mi hija con un hombre de mucho
mrito que ha pedido su mano; he conferenciado con ella sobre el
particular, y parece que se presta a la realizacin de dicho proyecto;
creo que ha reflexionado y est resuelta. No he podido comprender si
ella se ha manifestado condescendiente por sacarme de apuros o si ve
alguna razn de conveniencia particular: yo procurar estudiar este
asunto con detenimiento. Alfonso me dice (y tiene mucha razn), que no
haga violencia alguna contra los sentimientos y afecciones que pueda
profesar a otra persona.

Me dice tambin mi hijo, que si es necesario l me apoyar contra todas
las oposiciones de la familia, hasta el momento en que sea completamente
libre de seguir sus inclinaciones naturales; Cesarina, al or esto ha
contestado que no haba experimentado ms que el natural sentimiento en
toda persona reconocida a otra a quien ha inspirado una pasin, y que
seguira sin pesar alguno la voluntad de la familia, que se unira sin
repugnancia al hombre apreciable que se le destinaba; parece, por lo
tanto, que hay en ello tanta reflexin como simpata. Feliz el marido a
quien la Providencia le depare tan angelical criatura!

       *       *       *       *       *

Al poco tiempo, o sea el 21 de febrero de 1819, se ve que la obediencia
de Cesarina se troc en verdadera felicidad, al menos en apariencia.




CIII

Domingo, 21 de febrero de 1819.


El da 17 hemos llegado a Chambery; estn los caminos intransitables y
hemos hecho el viaje en largas jornadas. La mayor parte de la familia
nos esperaba con impaciencia; hemos sido recibidos como prncipes.
Cesarina parece estar en su elemento, simpatizando con las gentes de
este pas, que son buenas y sencillas; nos colman de atenciones, que
verdaderamente puedo calificar de amistosas.

Felictome mucho todos los das por este casamiento, que tantos
disgustos me ha costado figurndome que haba dificultades de verdadera
monta para realizarlo.

La figura de M. de Vignet no es muy notable; su fortuna es mediana; tem
muchas veces cometer un disparate; y he sido yo quien lo ha hecho todo!
Rogu muchsimo a Dios que me diera acierto y que aclarase mis dudas, y
veo ahora con satisfaccin que todo lo que pueda llamarse verdaderamente
cuerdo y razonable, se encuentra en este matrimonio. He podido
comprender que Cesarina no ha encontrado la menor repugnancia en la
figura de M. de Vignet; estoy segura de que le amar... Tengo la
satisfaccin de ver que no me he equivocado; Cesarina le ama en efecto.

La reputacin de M. de Vignet est bien cimentada y es hombre de grande
ingenio, muchos conocimientos y mritos de toda especie; su familia es
de las principales de este pas, y es seguro que llegar a ocupar los
puestos ms eminentes a que pueda aspirar, dada la carrera que tiene,
as por propios mritos como por el apoyo de su to el conde de Maistre,
actual canciller. Tiene una hermana, buena y amable, que vive con l, y
un hermano, antiguo amigo de Alfonso, el cual ha resultado ser la
principal causa de este matrimonio.

Soy, por lo tanto, muy dichosa en haber encontrado una salida tan
honrosa para reparar todas las imprudencias que a causa de mi debilidad,
haba cometido. Cuntas veces yo misma me he reprochado aquella
conducta!

Pero en medio de la satisfaccin que siento, recuerdo con honda pena al
joven que tan enamorado estaba de Cesarina y al cual apoyaba en sus
pretensiones. Pobre joven! Cunto habr sufrido!... Puesto que no
queda ya ninguna esperanza, es preciso, pues, romper del todo, lo antes
posible; Dios me ayudar como me ayuda siempre, y yo no me cansar de
repetirle millones de veces mi reconocimiento por los beneficios que me
concede.

Con gran lucimiento hemos celebrado la boda aqu y en Mcn.




CIV

Martes, 9 de marzo 1819, en Saint-Amour
en el Franco Condado.


Al salir de Chambery el jueves, da 4, he realizado mi proyecto de
atravesar el monte Chat para venir aqu, en donde me encuentro desde el
viernes, da 6, a la cada de la tarde: ha sido una larga jornada por
aquellos espantosos caminos y speras pendientes. M. de Costa, que posee
un castillo al pie del monte, nos ha proporcionado dos caballos para la
subida; a pesar de ello me he visto precisada a caminar a pie en varias
de las numerosas y casi inaccesibles revueltas de la carretera, donde
era preciso contener las cabalgaduras; yo estaba llena de miedo viendo,
a una profundidad enorme y espantosa, grandes precipicios y el lago
Bourguet, en el cual podamos sepultarnos al ms pequeo descuido.

El descenso a la otra parte de la montaa, es al principio ms suave,
pero, en Yenne, la pendiente vuelve a empezar de nuevo; viene a ser una
limitadsima cornisa sin parapeto, pegada por una parte a las
elevadsimas rocas de la montaa y teniendo en la otra, sin el menor
amparo, el caudaloso Rdano a tres o cuatrocientos pies de profundidad.
A la otra parte del ro existen an las enormes rocas donde estuvieron
las clebres prisiones de Pierre-Chatel, cuyo edificio perteneca al
Estado. El paisaje es all magnfico e incomparable: entre dos rocas
enormes hay un desfiladero: despus de los das transcurridos, an temo
que aquellas masas de prodigiosa altura se desprendan y nos sepulten
entre sus peascos.

En todo se admira la inmensa pequeez de los hombres y el poder de Dios.
Si reflexionramos detenidamente lo poco que somos y valemos, siempre
estaramos prevenidos para recibir la muerte, porque cualquier accidente
puede ocasionarla: no es as, sin embargo... Oh! el orgullo humano es
grande. El hombre no advierte lo que la Naturaleza le muestra
constantemente; esto es, la realidad de lo eterno.

Cunto orgullo hay en este bajo mundo!

Cunta demencia!

       *       *       *       *       *

Me encuentro en casa de mi hija Cecilia, descansando de mis fatigas
cotidianas; ella vive completamente dichosa; es adorada de todo el mundo
por su dulce carcter, y se ve rodeada de hermossimos hijos cuyo nmero
aumenta cada ao. Este pueblecito de Saint-Amour es delicioso. He tenido
ocasin de entregarme a mis reflexiones; tuve un gran disgusto al
separarme de mi Cesarina, y ella, por su parte, lo tuvo tambin al verme
partir. Siempre que estoy turbada y abrumada, despejo mi cabeza
reflexionando. Pero jams sabemos de cierto en este mundo cundo obramos
bien o mal: Dios lo quiere as para tenernos humillados siempre en
nuestra propia desconfianza. A l recomiendo continuamente aquella hija
querida, que dej rodeada de una familia llena de virtudes de todo
gnero, y particularmente de piedad, dispuesta, al parecer, a amarla ms
cada da.

Goza su esposo de mucha consideracin, y aunque tiene ms edad que ella,
se aman entraablemente. Ella alternar con lo mejor de la sociedad del
pas. Sus haberes, dado el cargo que desempea su marido, son
suficientes a sus necesidades, porque aun cuando en el fondo no sea su
fortuna muy considerable, es seguro que la ir aumentando rpidamente.
En Chambery abunda poco el lujo, todas las fortunas son limitadas:
tengo, pues, motivos para creer que ha de vivir con desahogo y
tranquilidad.

La que hoy empieza a ocuparme es mi Susana, belleza de otro gnero, pero
belleza incomparable que llamo la atencin de toda la sociedad de
Chambery y de la juventud de Piamonte, donde me la llev cuando fuimos
a acompaar a su hermana para el casamiento. No se oan ms que elogios
para ella, pero es tan cndida y sencilla, que no se preocupa lo ms
mnimo de su belleza. Se me habl ya de un buen partido para colocarla.
Ah! Si yo pudiese casarla ms cerca de m, y casar tambin a Alfonso!
Quin sabe, Dios mo, si de esta suerte olvidara esta dichosa carrera
que le tiene preocupado y que acaso no conseguir jams.




CV

Mcn, 18 de marzo de 1819.


Otra vez me hallo en Mcn, pero muy intranquila, porque el encono de
los partidos polticos se halla en Francia muy excitado. A mi marido y a
m se nos critica porque no participamos de la clera de nuestros
correligionarios los realistas; esto, a mi entender, no es religioso ni
realista; que los hombres no creo hayan sido llamados al mundo para
injuriarse. Tanto mi marido como yo, nos hemos visto obligados a
separarnos de nuestras ms ntimas relaciones sociales, encerrndonos en
nosotros mismos: nosotros nos contentamos siendo fieles a los Borbones,
sin perder por esto nuestra sangre fra, nuestro espritu de justicia ni
nuestras almas. No existen acaso bastantes pasiones a que hacer frente
dentro de nosotros mismos, sin necesidad de encender los odios polticos
en que arden en este momento los espritus? Dice mi marido que l dio
su sangre a los Borbones el 10 de Agosto y que est dispuesto a
derramarla nuevamente: pero que l no abandonar jams su buen sentido a
los furores de sus partidarios. Sin embargo, est triste y sufre mucho.
As, dice l, es como se fomentan las guerras civiles. Los enemigos de
los realistas tambin estn excitadsimos, de suerte que nos encontramos
en medio de dos partidos y en nuestro propio pas proscritos y
sospechosos a unos y a otros. Dios mo, derrama sobre todos el espritu
de paz y de justicia! Alfonso ha partido otra vez para Pars. Qu
objeto tendr su viaje?




CVI

11 de junio de 1819.


He hablado con la seora de ***; es la italiana ms bella y simptica
que he tenido jams ante mis ojos; posee una especie de irradiacin
dulce y viva a la vez, que subyuga el corazn al mismo tiempo que
deslumbra la vista: el sonido de su voz, unido a cierto acento
extranjero, despiden una emocin y una ternura que atraen y encantan a
la vez. Me ha trado noticias de mi Alfonso, a quien dice que ha visto
muchas veces en Pars; me ha recitado versos de mi hijo que yo
desconoca por completo; son una especie de cadencias entre religiosas y
melanclicas, dentro de las cuales se observa una pasin juvenil que no
me atrevo a definir.




CVII

Milly, 4 de junio de 1819.


Ha llegado Alfonso y est muy bien de salud. Encuentro en l algo nuevo
que le preocupa mucho. Parece que ha adquirido en Chambery relaciones
con una joven inglesa, con quien tiene deseos de contraer matrimonio, y
segn cuenta, ella tambin le quiere; y ambos estn resueltos, mediante
el permiso de sus padres, a seguir adelante con sus relaciones. Cmo se
complace la Providencia en realizar mis ms puros deseos! Cuando yo me
impacientaba y desesperaba viendo a mi hijo sin ocupacin, y sin objeto,
vagando de un pas a otro para distraerse en vanas inutilidades o en
devaneos perjudiciales, he aqu cmo esta misma Providencia nos presenta
de pronto y como de la mano, a esa extranjera que parece ser una mujer
perfecta, y capaz de contener su alma dentro de la felicidad que
proporciona una vida honrada. Qu resultar de todo esto? Sea lo que
Dios quiera.

La joven inglesa es conocida de Cesarina: esto me ha causado mucha
alegra. Sin ser una belleza, muchas veces ms perjudicial que til a
quien la atesora, es agradable y graciosa, tiene una figura admirable, y
una cabellera como hay pocas; de educacin esmerada, mucho talento e
ingenio superior; pertenece a una familia notable de Inglaterra muy bien
relacionada y emparentada; sin ser rica, su madre, que es viuda, tiene
una posicin desahogada; la joven es hija nica; su padre fue coronel
de las milicias inglesas durante las amenazas de la invasin
bonapartista.

Habiendo recibido muy bien a los emigrados franceses en su casa de
Londres, acogi muy particularmente a una gran dama emigrada de Saboya,
conocida por la seora marquesa de la Pierre, a quien tuve el honor de
conocer en casa del gobernador de Saboya con motivo del casamiento de
Cesarina. Es una persona que ha debido ser de una belleza
extraordinaria.

Esta dama pas todo el tiempo del destierro de los reyes de Cerdea en
Inglaterra, hasta el 1818; tuvo algunas hijas nacidas y educadas en
Londres; estas nias han vivido despus de su infancia, como hermanas,
con la joven inglesa, su amiguita. A su vuelta a Saboya, hicieron que la
amiga viniese con ellas para prodigarle a su vez la hospitalidad que de
ella haban recibido; estaban, como es natural, satisfechas de poderle
ofrecer su patria, su castillo, cuantas consideraciones gozaban en su
provincia y en los dominios que les haban sido restituidos en parte.
Actualmente habitan una magnfica quinta con un gran jardn al extremo
de uno de los arrabales, situados a poca distancia de Chambery; esta
quinta es el centro de reunin de la sociedad ms distinguida e
ilustrada de aquella deliciosa poblacin. All se dibuja, se pinta, se
dan conciertos, se monta a caballo; es una especie de cantn ingls
transplantado a Saboya. Cesarina va all muchas veces, y su cuado, Luis
de Vignet, el amigo de Alfonso, est casi siempre; hace versos y se los
lee a las seoritas de la reunin; les ha ledo tambin algunos,
escritos por Alfonso, que han sido celebrados por la concurrencia:
cuando se le interroga sobre su amigo, hace de l un elogio exagerado,
le compara a cierto joven poeta ingls, cuyo nombre no recuerdo en este
momento: nicamente s que ha escrito poemas fantsticos que hoy gustan
mucho, y les ha prometido presentar a su amigo cuando pasara por
Chambery de regreso de Suiza: Alfonso se encontraba entonces en aquel
pas solo, y habitaba en la cabaa de un pescador a la orilla de un
lago.

He aqu cmo ocurri el caso, que viene a ser por cierto algo novelesco.

La fama adquirida por Alfonso, gracias a las exageraciones de su amigo,
hizo que hubiera de presentarse en Bissy, quinta de recreo del coronel
de Maistre en Chambery.

Tenan todos grandes deseos de conocer al hermano de Cesarina, y crean
que su aspecto haba de ser elegante, como sus composiciones poticas, y
simptico como su hermana. No pudo ocultar la joven inglesa su pasin
por las poesas del joven francs, y su madre, que hace siempre lo que
su hija quiere, sonri sin disgusto a esta inclinacin. Alfonso ha sido
por unas semanas el favorito de la casa; y aprovechando esta
circunstancia, hizo hablar a Cesarina con madame de la Pierre, para que
esta seora lo hiciera a su vez con la madre de la joven inglesa. Pero
la gran dificultad que me tiene intranquila ha de venir de nuestra
parte, sobre todo de mis cuadas de aqu; porque la joven de que se
trata es protestante. Sin embargo, Cesarina (que tiene tambin muchas
ganas de casar a su hermano), me asegura que la amiga de las seoritas
de la Pierre, se ha aficionado a la religin catlica, diciendo que ya
hubiera abjurado del protestantismo, si no hubiese temido disgustar a su
madre. Si ella ha prometido sinceramente a Cesarina entrar en nuestra
religin, y educar sus hijos en nuestra fe, creo que habrn terminado
con esto los obstculos.

Qu de disgustos me cuesta el ir venciendo las dificultades que se
oponen al bienestar de la familia y sobre todo la tranquilidad de mis
hijos!

Y qu puede haber ms antiptico a los ojos de los tos y tas de
Alfonso, tan severamente razonadores, que este casamiento tan novelesco
con una extranjera? Apenas me atrevo a hablar a mi marido y a sus
hermanos, y de no ser as, no puede llevarse adelante el matrimonio.
Toda la fortuna de la familia est en sus manos; Alfonso no tiene ms
que la corta pensin que le asign su padre, y unos cincuenta mil
francos sobre la propiedad de Saint-Point, cuando faltemos nosotros.
Todas las heredades de mi padre poltico son de mis cuados y cuadas;
si ellos no lo aseguran en el contrato, cmo presentar as un joven sin
carrera y sin fortuna a una familia ms rica que nosotros? El amor lo
compensa e iguala todo para los jvenes, pero ellos no son los que
cierran los contratos.

Estoy tan preocupada que no puedo conciliar el sueo.




CVIII

9 de noviembre de 1819.


Todo ha terminado. Alfonso est de vuelta. La madre de la joven inglesa
se ha llevado su hija a Turn para alejarla de l, pero tengo la
seguridad de que ellos se escriben de cuando en cuando. Estoy muy
triste. Mi marido, disgustado por nuestra pena, por la prdida de las
cosechas, y por las deudas de su hijo que es preciso pagar antes de que
se case, para que la familia a quien se una no resulte engaada; mi
marido, digo, desea vender la casa de Mcn y retirarse al campo; quiere
vivir completamente aislado de las gentes. Si lo hace as, cmo voy a
colocar las dos hijas solteras que me quedan? Quin vendr por ellas al
fondo de una pobre aldea? Semejante conversacin con mi esposo y el
temor de que venda la casa, me ha hecho derramar muchas lgrimas esta
noche. Mis dos hijas pequeas me han visto llorar, y en seguida han
corrido ambas a encerrarse sin ruido en el gabinete de las Musas, junto
a mi alcoba (en este gabinete estn esculpidas en la madera de los
arrimaderos, las nueve Musas). Al entrar yo en el referido gabinete, he
sorprendido a las dos arrodilladas, rogando y llorando ante Dios para
que me consuele. Qu dichosa me he considerado al ver la ternura y la
sensibilidad de mis piadosas hijas! Pero ay! ello no hace sino
disgustarme ms al ver que no puedo ocuparme como debo del porvenir a
que son acreedoras, por las virtudes que atesora su corazn.




CIX

25 de diciembre de 1819.


Esta maana ha marchado Alfonso: he notado que estaba muy triste. El
seor barn de Mounier, que le aprecia mucho, le ha escrito que vaya
inmediatamente a Pars, porque tiene alguna esperanza de hacerle
entrar.




CX

6 de enero 1820


Nada de nuevo, si no es que me ha escrito dicindome que Alfonso ha sido
bien recibido con mucha distincin entre personas de la mayor
concurrencia, donde su personalidad y sus talentos produce, segn la
expresin de Mme. Vaux, mi hermana, un tipo de entusiasmo. Ella me cita
los nombres de una multitud de personas entre las cuales he conocido sus
madres en mi juventud: la princesa de Talmont, la princesa de la
Trouille, Mme. Raignecourt, la amiga de Mme. Elisabeth, Mme. de
Saint-Aulaire, la duquesa de Broglie, hija de Mme. de Stal, Mme. de
Montcalm, hermana del duque de Richelieu, Mme. Dolomieu a que conoc en
la casa de la duquesa d'Orlans; y muchos hombres eminentes que se
apresuraron a ofrecerle su amistad, a l antes tan oscuro; el joven
duque de Rohan, el virtuoso M. de Montmorency, M. de Mol, M. Lain, de
quien se dice ser un gran orador, M. Villemain, discpulo de M. de
Fontanes, que conoci en casa de M. Decazes, el favorito del rey, y
otros ms que no recuerdo. Puede decirse que es ya conocido de todo el
mundo; empieza a sentirse una especie de rumor sordo precursor de la
gloria. Qu satisfaccin para una madre ver a su hijo en el pinculo de
la fama!... Estoy satisfecha de la inesperada acogida de que ha sido
objeto mi hijo, pero pido a Dios antes que la gloria y los honores, que
sea un hombre digno, y buen cristiano, como lo es su padre. Todo lo
dems, ya lo he dicho otras veces, no es ms que vanidad.




CXI


Hay aqu una interrupcin: el manuscrito no contina. Aquella pobre
madre ha hecho un viaje a Pars. He aqu la causa. Habanla escrito de
all, que su hijo estaba enfermo de una afeccin al pecho; psose en
camino la noche del 12 de febrero en compaa de su hija Susana, joven
de diecisis aos, ms parecida por su belleza a un ngel que a una
criatura humana. En sus notas de viaje se observa ligeramente que en
Chaln-sur-Saona tuvo el disgusto de encontrarse con una mascarada
grotesca, en la cual todos los objetos de su devocin, esto es, la
piedad, la religin, la monarqua y el pudor, estaban groseramente
ridiculizados; su alma se contrajo dolorosamente bajo este que le
pareci funesto augurio, presintiendo alguna catstrofe; al pasar por
Auxerre, una voz salida del fondo de un coche pblico, gritaba con voz
de trueno: El duque de Berry ha sido asesinado. Aquella buena madre
lleg a Pars tristemente emocionada, pero sin ver cumplidos los fatales
augurios. Su hijo haba entrado en el primer perodo de convalecencia y
haba sido asistido cuidadosamente por sus amigos, los cuales se
hallaban a su lado en la pequea bohardilla que le serva de habitacin.
Su alegra fue inmensa y pronto olvid las malas impresiones recibidas
durante el viaje, al saber que las primeras poesas de su hijo deban
aparecer luego impresas en un pequeo volumen. Esas poesas le haban
conquistado en poqusimo tiempo las simpatas generales y un buen
nombre. M. de Talleyrand mismo, este juez desdeoso e infalible, acababa
de dar la seal de admiracin. La dichosa madre recibi una carta al da
siguiente de la publicacin del tomo de su hijo. El diplomtico deca a
la princesa*** que le haba proporcionado el volumen: He pasado la mayor
parte de la noche leyendo. Mi insomnio es una sentencia. No soy profeta,
no puedo deciros cul ser el efecto que produzca en el pblico, pero el
pblico mo, que lo componen mis impresiones, y que se oculta bajo mis
blancos cabellos, oigo que dice: Aqu hay un genio. Ya tendremos
ocasin de hablar ms despacio.

No es esto todo; los amigos de su hijo, confirmndose en la benevolencia
del aplauso pblico, hombres y mujeres, aprovecharon este momento de
calor para abrumar a solicitudes al ministro de Negocios Extranjeros. M.
Pasquier, literato tambin al mismo tiempo, nombr inmediatamente al
joven poeta secretario de la embajada de Npoles. M. Simen, ministro
del Interior e Instruccin pblica, le remiti de parte del rey Luis
XVIII una coleccin de los clsicos latinos de _Lemaire_ con el
lisonjero testimonio de la satisfaccin de S. M., quien le conceda
espontneamente una pensin literaria, con cargo al presupuesto del
fomento de la literatura; cuya pensin vena destinada a suplir en parte
el pequeo sueldo que disfrutaba en la diplomacia.

La vida, la fortuna, la ambicin, la gloria, y, sobre todo, el favor
general, estallaron al mismo tiempo sobre aquella existencia por tanto
tiempo retrada y desesperanzada. El corazn de la madre se inund de
alegra. La celebridad de su hijo, la admiracin que caus en Pars la
extraordinaria belleza de Susana, su hija idolatrada: las presentes
alegras, las halageas esperanzas del porvenir y sobre todo la
esperanza de que su hijo poda ms adelante enlazarse con la joven
inglesa, de tal manera excitaron la mano temblorosa de la madre, que
durante tres meses, se observa en las pginas del _diario_ un
embriagador entusiasmo.

Estas pginas son demasiado ntimas; permita el lector que sobre ellas
guarde secreto. Existe una, sin embargo, que debo hacerla pblica por la
extraa coincidencia proftica de sus leyes, y de los sentimientos entre
el destino de la madre y el del hijo.

La noche del da de Pascua de 1820, escribe ella, se sinti como
ahogada por su propia dicha y por la de sus hijos, y tuvo necesidad de
ir, a la cada de la tarde, a reponer su corazn demasiado lleno de
gracia y de lgrimas, a la iglesia de San Roque, donde ella iba a orar
frecuentemente en los primeros aos de su juventud. Entra en el templo
acompaada de su hija Susana, y se arrodilla al lado de uno de los
pilares de la iglesia para dar gracias a Dios por los inmensos favores
que acaba de recibir. Aquellas oraciones, o mejor dicho, aquel himno que
dej escrito, surge de su _diario_ envuelto en las ltimas lgrimas de
jbilo y de piedad que derram sin duda en medio de aquel xtasis de
concentracin ante Dios. Todos los hijos deberan poder leer lneas
parecidas, para que, observndolas, como depende de ellos, casi siempre,
no amargar con desdichas, y s llenar de felicidades, los corazones de
sus madres!




CXII


De nuevo vuelve mi madre a abrir su _diario_, interrumpido por algunas
semanas, transcurridas entre viajes y ocurrencias de gneros diversos.

       *       *       *       *       *

Mcn, 3 de julio de 1820.

Desde el da 31 de mayo han sido tales mis ocupaciones, que no me ha
sido posible consignar en este _diario_, un hecho altamente interesante
y que es de los ms importantes de mi vida.

El casamiento de mi hijo Alfonso ha tenido lugar el 6 de junio en la
iglesia propiedad del gobernador de Chambery. Mi hija poltica pas en
el retiro ms completo los das que precedieron al de la boda. La
ceremonia tuvo lugar a las ocho de la maana, habiendo asistido a ella
el gobernador y su esposa, el ayudante de campo del gobernador, la
marquesa de la Pierre y sus cuatro hijas, el seor conde de Maistre, M.
de Vignet y la seorita Olimpia, su hermana, y monseor el obispo de
Annecy; celebr la misa y consagr el matrimonio el abate de Etioles.
Mi nueva hija vesta con toda la seriedad y elegancia imaginables;
llevaba un magnfico vestido de muselina bordada, y un riqusimo velo de
encaje que la cubra casi por completo; imposible imaginar otra
presencia tan llena de dignidad, de gracia y de modestia. Qu modales
tan elegantes y tan llenos de naturalidad!... Yo estaba afectadsima y
no me es posible referir todo lo que pas por m al ver llegado para mi
hijo el momento ms solemne e importante de su existencia; he rogado a
Dios con mucho ardor, pero debo reprocharme, como me reprocho todava,
el no haber rogado lo bastante; cmo puede una madre dar gracias
suficientes por las alegras de su corazn, cuando llega a tocar para su
hijo el colmo de cuanto poda desear? La misin de las madres sobre la
tierra, termina con el da en que ven asegurada la dicha de aquellos que
son sangre de su sangre.

Espero rezar al pie de estos mismos altares, por iguales ceremonias,
alguna vez ms, porque hoy me han hablado de un buen partido para mi
hermosa Susana; dichoso, dichoso aqul a quien Dios tenga destinada la
posesin de semejante ngel!

Alfonso, su esposa y su madre poltica, han partido para Italia despus
de la ceremonia, yendo a ocupar en Npoles su puesto junto al duque de
Narbona.

Me he llevado conmigo a mi pobre Cesarina hasta. Mcn, a fin de
consultar por su salud con los mdicos de Lyn; se encuentra algo
enferma: Dios parece que quiere mandarme algunas penas proporcionadas a
mi felicidad. He encontrado igualmente a mi buena amiga, Mme. Paradis,
mi segunda hermana en todo conceptos, muy enferma tambin. Ah! he
estado junto a ella ms de quince das, cuidndola da y noche; la pobre
no tena tranquilidad, aparente a lo menos, sino al verme a su lado:
ha muerto en mis brazos! Qu amiga tan santa he perdido en ella! Yo
tuve la fortuna de inspirarle una fe y una resignacin que ella no
senta como yo, al nacer la amistad que nos ha unido; pero ha muerto en
la esperanza y, creo poder asegurarlo, en gracia de Dios. Qu vaco ha
dejado junto a m semejante prdida! Viva en Mcn, frente a mi casa, y
al ver la menor seal de turbacin o de dolor en mi semblante, corra a
mi lado a consolarme y compartir conmigo las penas. Al morir quera
legarme toda su fortuna, pero yo no lo he consentido: nicamente, y como
recuerdo de amistad, he consentido en admitir algo de lo que constitua
su fortuna, que no era escasa. Consiste este recuerdo en una pequea
propiedad que posea en Saint-Clement, al lado de la puerta de Mcn,
hoy en mi dominio.

Sin esta incomparable amiga, que buscaba mis tristezas y mis necesidades
cuando yo las sufra por mis hijos, en el fondo de mi corazn; que se
olvidaba de s propia para venir en mi socorro y que haca
frecuentemente ms de lo que poda, no s muchas veces lo que hubiera
sido de m.

Ah! que nuestro afecto dure y se eternice all en el cielo como yo
deseo! No dejar pasar ni una noche ni una maana sin rogar por ella, y
cuando vea delante de mis ventanas, a la otra parte de la calle, aquella
ventana cerrada para siempre, o encuadrando otras caras, cmo se
partir mi corazn de tristeza y de pesar, sino la entreveo a ella...
all en el cielo!...

Cunto debo yo a mis buenas amigas! Creo verdaderamente que la amistad
es la forma visible de Dios. El mismo corazn divino parece entendernos,
hablarnos, comprendernos y abrirse, en el corazn de nuestros amigos. No
he tenido privilegiados en ningn lance de mi vida; cuando me han sido
arrebatados, no he credo jams haberlos perdido, tan presentes los
tengo! Poseo ahora un cario extraordinario a la joven y bellsima Mme.
Delahante, sobre todo, y a pesar de la diferencia de edades, ella me ha
tomado como a su segunda madre; la quiero como si fuera mi hija.




CXIII

Domingo, 16 de julio de 1820.


Hoy he sufrido mucho: unas mujeres del pueblo dicen que han odo decir,
que los peridicos hablan del asesinato de Alfonso, en la carretera de
Roma a Florencia. Estas buenas gentes han tenido la inocente crueldad de
venir a repetir llorando esta noticia. Ignoro quin se ha cuidado de
esconder a mis ojos los peridicos que explicaban esta especie de
trgica aventura, cuyo origen ignoraba. Por suerte, he recibido esta
maana una carta del mismo Alfonso con fecha posterior al da en que se
cuenta que el suceso tuvo lugar; esto me ha consolado un tanto, pero la
sola idea de que el hecho haya podido ocurrir, me causa horror. Qu
hubiera sido de m a no haber recibido la carta? y cuntos rumores
semejantes, impresos por los periodistas, afanosos de dar noticias sin
calcular la trascendencia, habrn matado a otras madres? Espero, llena
de ansiedad, otra carta, porque creo de continuo que debiendo reconocer
este rumor algn fundamento, puede haber querido Alfonso ocultarme lo
ocurrido.

S por su amigo, M. de Virieu, que l tema volver a ver en Italia a
cierta persona que no le perdonaba el haberse casado; tendr esto
relacin con el lance que dicen haber ocurrido?

Que Dios le bendiga y proteja como yo deseo! Cunto tiempo hace que a
El le tengo encomendada su existencia!




CXIV


Otra vez en su retiro de Milly se encuentra la pobre madre, despus de
tantas agitaciones personales, triste y lamentndose continuamente del
vaco que se va haciendo a su alrededor con los casamientos de sus hijas
y el de su hijo. Luego siente haber de afligirse por esta causa, ya que
semejantes ausencias son condiciones naturales que la misma felicidad
impone.

Su hijo, le da serias inquietudes porque se encuentra en medio de la
revolucin de Npoles. Las agitaciones polticas de Francia, los odios
de los partidos que se disputan o arrancan el poder, la devuelven a sus
consideraciones polticas. Estas agitaciones apasionadas, la hacen
partidaria de la unidad, del poder y la disciplina silenciosa de una
monarqua patriarcal, en la cual suea. Damos aqu sus reflexiones sin
juzgarlas. Un hijo, en religin y en poltica, podr tener los
sentimientos de su madre, pero no sus dogmas. El hijo, al crecer, no se
alimenta como el nio, de la leche del ama o de la madre, y s del pan
de los hombres ya formados.

Es imposible, sin embargo, reconocer que la unificacin del poder, sea
sta conferida al pueblo en el sistema republicano, o al rey en el
monrquico, aparece ms lgicamente til a la sociedad, que estos odios
originados por el rgimen constitucional, como ahora se llama.

Esta clase de gobierno siempre tiene en guerra los partidos, y la guerra
no se concibe sin el odio, ese odio recproco que es el elemento ms
funesto para una sociedad: este es en su fondo, el pensamiento de
aquella buena mujer, y madre cariosa.

El odio es el extremo opuesto de la caridad; la caridad es Dios;
entonces los gobiernos que constituyen los ciudadanos en estado de
guerra permanente, dejan de ser gobiernos, segn y conforme quiere Dios.
A un instinto verdaderamente piadoso slo esto se le puede contestar: es
que la humanidad est tan mal organizada, que no hay que dar a escoger a
los pueblos entre la paz y la libertad, porque es tan de origen divino
la una como la otra; la libertad es tan divina como la paz.

       *       *       *       *       *

Continuemos:

Qu clase de gobierno es ste bajo el cual nos hallamos, y al que es
preciso respetar, ya que es la voluntad del rey que as sea? Se me
figura completamente opuesto a la paz y caridad que debe reinar entre
los cristianos; pues no se ocupan sino de juzgarse unos a otros y de
revelar todo lo que de malo pueden saber stos de aqullos, todos con el
mayor ensaamiento. Bajo el pretexto del bien pblico, parece lcito
todo esto y as se forja una conciencia, como se falsifica y se gasta
el corazn ms noble; cmo son los hombres! por su desdichada
naturaleza, atrados a la malevolencia, lanzndose desenfrenados por el
fatal precipicio y la sociedad resulta de esta manera desconcertada;
cualquiera se considera capaz, cualquiera se elige a s mismo,
levantndose los unos contra los otros, porque stos les tienen miedo a
aqullos y aqullos a stos; cubiertos con la mscara de la dignidad
hablan muchos en contra de lo mismo que sienten, y nadie se atreve a
defender los ausentes torpemente ultrajados, por miedo a ser luego
tratados como aqullos, y as van introducindose en la sociedad las
injusticias.

Yo, que siento viva y dolorosamente todo esto, tambin me he gastado, y
siento debilitado mi afecto; creo que es nicamente contra los malos,
pero aquellos a quienes yo condeno se justifican igualmente por la misma
creencia. Dios mo! devolvedme mi paz, haced que yo no me mezcle en
nada de lo que no deba, y que me separe, en cuanto dependa de m, de las
iniquidades de este siglo que han de ser necesariamente odiosas a
vuestros ojos. Mi ideal poltico tiende nicamente a lo que quepa en mi
religin; sta me hace creer que el gobierno puramente monrquico es el
mejor, porque es en l en el que Vos, Dios mo, habis dado el modelo al
mundo; pues aquellos a quienes bien quisisteis, como a los israelitas,
de Vos recibieron el encargo de formar un gobierno, cuando despus de
tantos sufrimientos os pidieron un rey que los gobernara.

Un rey concedido por Vos es absolutamente vuestra imagen, y debe, por lo
tanto, conservar todo su prestigio y toda su autoridad: si este rey se
asocia con su pueblo y se mezcla en las luchas que lo dividen, formando
parte de sta o de la otra fraccin, las pasiones se exaltan ms y no
cumplir la misin que de Vos ha recibido, porque la monarqua es una
gran familia de la que el rey es el padre, y no es un padre sabio el que
hace a cada uno de sus hijos juez de su propia conducta y de todas las
razones causadas por todas y por cada una de sus obras; quin le ha
dado el derecho de condenarlo todo, de decirlo todo, escribirlo todo, ya
sea contra su gobierno, ya contra cada uno de sus hermanos, salvo,
empero, el ser castigado, si se equivoca? Lo repito: semejante padre no
ser nunca un hombre sabio y su conducta no estar en relacin con las
obras de Dios y con el dogma de la caridad. Ved en esto, poco ms o
menos, la imagen de un gobierno constitucional. Pero, lo repito,
nosotros debemos callar, respetar y rogar; porque lo que existe de peor
y ms censurable, es el hablar y obrar contra un gobierno constituido;
porque al fin, el hombre puede conseguir su salvacin en todas partes
donde la mano de Dios le destine.

Mis reflexiones no deben tener, por lo tanto, otro objeto para m, que
el de no participar en un solo punto del mucho mal que se est haciendo
en este momento. La poltica consiste en reflexionar mucho, y hoy se
reflexiona tan poco como se puede.

Alfonso pasa el verano en una isla llamada Ischia, del golfo de Gaeta,
de la que se hacen descripciones deliciosas. Estoy muy inquieta por la
salud de Cesarina, y por el casamiento de Susana, que cuenta ya cerca de
veintin aos. En este momento, bien pocas riquezas podemos ofrecer a
sus pretendientes. Qu mayor riqueza que las virtudes que atesora su
corazn y la belleza incomparable de su rostro? Estas gracias naturales,
emanadas de Dios, son, a mi entender, lo suficiente para hacer feliz al
hombre digno que la tome por esposa.

Tengo la costumbre de ir a la iglesia a or misa todas las maanas antes
de apuntar el da; me parece que hago bien empezando con la aurora a
sacrificar algo al barullo y los placeres del mundo, dando primero a
Dios lo que es de Dios, sin dejar de dar luego al Csar lo que es del
Csar. No ha dejado de ser para m una mortificacin el dejar as, en
todos tiempos, la molicie del lecho y de la dulce temperatura de mi
cuarto, para ir a or la que aqu llaman la misa de los pobres y de las
criadas; pero, no somos todos por ventura pobres en la gracia de Dios y
servidores todos de nuestros padres primero, de nuestros maridos y de
nuestros hijos despus? Yo, por mi parte, me encuentro despus de la
misa altamente recompensada por el recogimiento que experimento entre
aquellas casi tinieblas, por el mayor fervor en mis oraciones, por la
calma y por las fuerzas que me infunde para todo el da el sentimiento
de la presencia de Dios y del cumplimiento de mis deberes principales.

Mi gusto sera vivir en el retiro ms absoluto, pero cuando pienso en
que an me quedan dos hijas solteras y en la conveniencia de tener que
mezclarme por ellas en el mundo, lo suficiente, cuando menos, para que
puedan encontrar un partido conveniente, se me figura que cumplo un
sagrado deber, cual es el de mirar por el bien de mis hijas, y esto me
proporciona la conformidad y la resignacin que necesito.




CXV

27 de enero de 1821.


He recibido carta de Alfonso: me escribe desde Roma y me dice que es
completamente dichoso. El ser ste un lenguaje al que no me tena
acostumbrada por su parte, me hace creer que ello es verdad. Me manda
al propio tiempo una cantidad para su pobre amigo el abate Dumont, cura
de Bussieres, a quien ha querido l siempre mucho, y que est
continuamente enfermo y pobre. Esta prueba de amistad, venida de tan
lejos, y tratndose de un amigo que hubiera podido olvidar fcilmente
desde las alturas de su actual bienestar y de sus distracciones, me ha
causado una profunda alegra.




CXVI

11 de marzo de 1821.


Albricias! Creo poder casar muy cerca de aqu, convenientemente y casi
en familia, a mi bella Susana. M. de Montherot, uno de nuestros
parientes, hombre de treinta y seis aos, persona distinguidsima y de
bella presencia, se ha enamorado de sus gracias durante una entrevista
que indirectamente l mismo se ha procurado. No dudo que este casamiento
nos har dichosos a todos, tanto por las bellas cualidades del marido
como por ser vecino nuestro y ser probable que siempre estemos juntos;
sus propiedades estn repartidas entre la Borgoa y el Lyonesado; es muy
posible que esto salga bien. Mi marido se muestra tambin muy favorable
a ello; Susana ignora an ser el objeto de estas entrevistas y
cuchicheos, pero es tan sencilla, tan pura y obediente, que no dudo bajo
ningn concepto de su conformidad tan luego yo le hable del caso.




CXVII

11 de marzo.


Las buenas noticias se aglomeran. Dios concede y da por una parta lo que
por otra quita; dmosle gracias por sus dones y sometmonos a sus
negativas; acaba de nacerme un nietezuelo; la esposa de Alfonso ha dado
a luz en Roma, con toda felicidad, un nio, hermoso como un ngel, lo
cual acaba de escribirme su padre, aadiendo que se llama como l,
Alfonso, que ha sido bautizado en San Pedro de Roma, que fueron sus
padrinos un caballero napolitano, llamado el marqus de Gagliati, y la
princesa Oginska, polonesa, y que naci el da 8. Esta noticia me ha
proporcionado una grande alegra. Dicen que este nio se parece mucho a
m, as es que yo me lo represento como era su padre. Su madre ha
empezado a crirselo; hace muy bien, y ojal pueda, como yo deseo,
seguir adelante. Parece que estn resueltos a venirse a pasar unos das
en nuestra compaa, tan luego la madre se encuentre completamente
restablecida.




CXVIII

12 de mayo de 1821.


Susana lo sabe todo: yo se lo he contado, pero ella, que tiene una
penetracin grande, ya se lo haba presumido; pobre hija ma! yo espero
que Dios le enviar aquello que puede y debe darle la felicidad,
teniendo en cuenta que su imaginacin no est desbordada y posee un
corazn angelical; ella se dedica a sus deberes sin la menor turbacin
ni inquietud, con una tranquilidad y una alegra, que me tienen
embelesada.

       *       *       *       *       *

El _diario_ queda interrumpido por espacio de tres aos. Ser que los
cuadernos se habrn extraviado o que los disgustos que han pasado por
ella durante estos tres aos de amargura por la muerte de Cesarina,
fallecida a consecuencia de una anemia ocasionada por el nacimiento de
su tercer hijo, o que la enfermedad mortal, al mismo tiempo, de su
querida y bella Susana, no le hayan dejado el espacio ni la fuerza moral
para registrar sus desventuras?

Durante este tiempo, su hijo y su hija poltica hicieron un viaje a
Francia y otro a Inglaterra, perdiendo tambin su querido nietezuelo.
Nacioles una nia que es el dolo de su madre y de su abuela, la cual
parece renovar en todo su imagen, aquella imagen venerable de la anciana
madre, que, a pesar de su edad, conserva en el corazn el fuego santo
del amor a sus hijos, a sus semejantes y a Dios.

Hasta el 29 de junio de 1824 no hay en su manuscrito ni una sola lnea,
y sus pginas primeras no son ms que sollozos, trazados a la cabecera
del lecho del dolor de su querida Susana, reflejando todas las
peripecias de la enfermedad y la esperanza; es una prolongada agona
registrada hora por hora, minuto por minuto, abriendo en la ltima el
cielo a un ngel para dejar entre las sombras de la tierra a una
desconsolada madre.

No hago ms que extractar unas pocas de estas notas montonas si se
quiere, por el repetido acento del dolor. Pobre madre ma!




CXIX

29 de junio de 1824.


Bien tristemente doy principio a este nuevo libro; mi corazn est
destilando sangre por el cruel estado de mi pobre Susana; parecame que
haba una pequea tregua de algunos das, crea que la enfermedad se
haba detenido en sus progresos; pero ayer, mi desolacin lleg a su
colmo, al fijarme en la debilidad, en la flaqueza y descomposicin de
aquella figura, ahora terriblemente transformada hasta el horror...
Hija de mi alma! a pesar de todo, se la ve tan dulce, tan tranquila y
esperanzada! Su marido est completamente trastornado, porque l es como
yo y no puede renunciar a toda esperanza, aunque ya debiramos haberla
perdido hace tiempo, porque los signos son mortales.

Ayer nos visitaron muchos parientes y amigos; yo les agradezco muchsimo
el inters y solicitud que demuestran por nosotros, pero confieso que
aumentan mis penas con su presencia. Cuando quedo libre de visitas,
suspiro como si jams en este mundo me hubiese sido permitido este
desahogo del corazn.

Olvido con harta frecuencia que es sta un poca de prueba. Oh! yo
debera ver, por la de mi Susana, cun necesaria es la purificacin de
las menores faltas para ganar el cielo. Creo a veces que esta enfermedad
es el purgatorio de esta pobre criatura, y si tan inocente ella me
parece, y le hace falta sufrir como sufre, qu ser de m? Todo es para
ella mortificacin y pesar; hasta el tomar alimento la molesta.

Slo esperamos un milagro; este consuelo siempre lo tienen los que como
yo creen en Dios. El da 1. del mes prximo, celebrar el prncipe de
Hohenloe el santo sacrificio de la misa a su intencin y todos uniremos
nuestros ruegos al suyo, que me parece ha de ser muy eficaz.
Conseguiremos de Dios la gracia que con fervor le pedimos?

Alfonso y su esposa estn en Suiza; les he escrito que se vengan, para
no estar sola y sin apoyo contra esta muerte que yo no puedo creer sin
desesperarme, por ms que la vea todos los das retratada en las
facciones de mi querida y santa hija.




CXX

1. de julio de 1824.


Hemos dejado ayer la casa de campo de Perrieres, que nuestros buenos
amigos los Cortembert nos haban facilitado: est situada sobre la
colina que domina Mcn y el Saona.

La traslacin ha sido muy penosa; sin embargo, he credo recuperar a mi
hija cuando la he vuelto a ver en nuestra casa de Mcn; la he colocado,
en mi cuarto, est all muy bien; la temperatura es agradable y por la
tarde salimos un ratito al jardn. No recibo visitas, as es que,
vivimos igualmente retiradas como en los Perrieres.

Nuestra misa, a la misma hora que la del prncipe de Hohenloe, ha sido
edificante, pero todo me dice que no hay nada que esperar, ni de la
oracin misma. No me atrevo a pensar cmo ha de salir de aqu este
ngel, ni por qu lecho ha de trocar el que ahora ocupa!

Alfonso, su esposa y su hijita Julia acaban de llegar; me encuentro
perfectamente retratada en la cara de Julia. Qu dicha tan grande es la
de vernos revivir y florecer de nuevo, cuando nos sentimos decrecer y
perder la flor de la juventud! Es verdaderamente lo que era yo a su
edad, yo misma, en mi inocencia y en la apacible edad primera!

Mi Susana, que ya no es ms que un ngel, ha recibido a Dios, este
ltimo lunes, con el aparato ordinario de esta santa y terrible
ceremonia; yo cre que se hubiera trastornado algo, pero, por la gracia
de Dios, ni se asust, ni sufri su semblante la menor alteracin; al
contrario, ha redoblado su tranquilidad y su alegra; todo el da
pareci transparentarse en su mirada cierto fondo de dicha: la noche
antes nos dijo: Hablemos de mi tranquilidad; yo he hecho cuanto he
podido por mi conciencia, y todo lo que he podido por mi salud. Dios
har ahora todo lo que l querr: yo me abandono a El.

A pesar de esto, ella no ha perdido la esperanza, y nosotros
procuraremos alimentarla, porque fuera muy cruel el hacrsela perder:
lbreme Dios de intentarlo siquiera. El tiempo que habr de vivir, que
sea con la mayor tranquilidad posible... Dios, que en la forma del santo
vitico habita en ella, dispondr como le plazca de esta tierna planta
agostada en flor.

       *       *       *       *       *

En medio del dolor que el estado de mi hija me proporciona, he tenido
una alegra por la visita de Alfonso y su esposa, los cuales se
encuentran muy bien: llegaron el jueves 29 volviendo a salir el sbado
para Saint-Point. La estancia en la casa de nuevas personas, fatiga
siempre a la pobre Susana, a pesar de cuantas precauciones se tomen para
evitarlo.

Alfonso volvi el martes, estando con nosotros hasta ayer, y volver el
lunes nuevamente, dejndonos lo menos posible durante estos tristes
instantes: su buen corazn me consuela y anima mucho.




CXXI

14 de julio de 1824.


Todo ha concluido: mi hija Susana descansa en el seno de Dios desde
anteayer, jueves, a las diez de la noche; quiero, mientras me sea
posible, recordar todas las circunstancias de esta muerte edificante,
dulce y consoladora para los verdaderos cristianos, y terrible siempre
para una pobre madre. En medio de mi acerbo dolor, de mis crueles
angustias y de las escenas ms tristes, Dios me concedi la gracia de
una fuerza, de una resistencia y de una confianza en m misma, que era,
a buen seguro, el fruto de las oraciones que se le han hecho para
nosotros, y en las que reconoc particularmente su eficacia, viendo el
admirable estado de espritu de mi pobre hija durante sus ltimos
momentos.

A pesar del tristsimo estado a que su cuerpo estaba reducido (de que ya
habl el otro da, aunque algo a la ligera), y a pesar de que se
agravaba por momentos en su terrible enfermedad, ni una queja, ni una
demostracin de tristeza; nada, en fin, que pudiera causarnos
pesadumbre. El domingo por la maana, vindola muy acabada, mand un
recado al seor cura para que se sirviese venir por la noche a
visitarla, como cosa suya. Ella se alegr mucho de la visita, y viendo
que yo no me mova de su lado, me dijo: Mam, quieres que lo diga todo
delante de ti? Si es que esto puede causarte pena, no estoy tan enferma
que lo crea indispensable, pero me parece a m que el sacramento de la
Extremauncin es una gracia que no debemos descuidar, y que yo deseara
recibir.

Haba ya ella, durante el tiempo que estuvimos en Perrieres, y sin que
yo lo supiese, pedido al seor cura que no la dejase morir sin darle
todos los sacramentos; el buen sacerdote aprovechose entonces de lo que
ella volva a repetirle, y despus de haberle hecho entender todas las
virtudes que contiene el ltimo sacramento, fuese a buscar lo necesario
para el caso y le administr la Extremauncin que ella recibi con gran
fe y angelical piedad; pidi que no se dijese una palabra a su marido,
que afortunadamente se encontraba fuera en aquel momento. La seorita de
Lamartine y Sofa estuvieron presentes y yo escondida en un gabinete
junto a la alcoba, llena de dolor y resignacin. Muchas veces haba
pensado en este terrible momento, que crea no poder soportar; pero me
encontr completamente transformada despus que el sacerdote cumpli su
divina misin.

Mi pobre hija estaba sonriente; yo he rogado por ella, la he exhortado,
con la misma calma y tranquilidad que si se hubiese tratado de cualquier
otro acto natural de la vida; ella ha preguntado por diversas
personas:--Estn enteradas?--deca. A la maana siguiente pidi una
cruz, a pesar de que haba en el cuarto un crucifijo de relieve y tena
otro junto a su cama; quera tener otro en sus manos para besarlo
continuamente. Encontr por fortuna un pequeo crucifijo de plata, tal
como ella deseaba, y desde este momento, hasta el de su muerte, lo tuvo
entre sus manos, besndolo a cada paso y elevando sus ojos al cielo;
antes de tomar alguna medicina haca la seal de la cruz y a cada
instante me peda que rogara por ella; yo deca cuantas frases piadosas
Dios me inspiraba, leyendo las oraciones que me parecan ms
consoladoras. Tuvo grandes y continuados accesos de sofocacin y fatiga,
hasta el punto de que creamos a cada paso que entraba en la agona,
pero luego transcurran algunos intervalos en que pareca calmada y
consolada por la oracin. Los tres ltimos das los pasamos en continuo
sobresalto, y por la noche descansbamos un poco, porque yo la dejaba
entre ocho y nueve con una asistenta que se acostaba en su propio
cuarto, y una criada que quiero como una hija; hace ya ms de veinte
aos que est en la casa y duerme en un cuartito junto a la alcoba;
tanto Sofa como yo, nos levantbamos varias veces cada noche para ver
cmo estaba y cmo segua; siempre la encontrbamos esperanzada y jams
hablaba de su hijo; estoy segursima de que ha obrado as
sacrificndose. La vspera de su muerte dijo a su marido: Ay, esposo
mo! qu felices son los que se encuentran como yo me encuentro,
habiendo hecho todo lo que se puede hacer para la paz del alma! Hars
t lo mismo, si tienes que sufrir una larga enfermedad como yo? Y luego
ha dicho con mayor fuerza: Me lo prometes, no es cierto?

La vspera de su muerte recibi las ltimas oraciones que la iglesia da
a los moribundos. Ay! yo le he dado las mas todas las noches desde el
lunes al jueves. Me figuraba yo que cada hora que se iba pasando era la
ltima, y cuando llegaba la noche, que haba ganado todas las
transcurridas creyendo que poda amenguar mi inquietud para una noche
ms. El jueves por la maana, haba aumentado notablemente la opresin,
fue necesario cambiarle la cama; era esto una cosa que se haca lo menos
posible, por el peligro del cansancio que forzosamente le haba de
producir y por evitarle los desmayos.

Mi pobre Sofa diriga la operacin con una paciencia, una destreza y
una dulzura que conserv siempre igual durante toda la enfermedad de su
hermana. Oh! Dios la bendecir indudablemente por todos los cuidados
que le ha prodigado. Durante este da, le daban a la pobre enferma
frecuentes desmayos; me haba dicho por la maana: He soado cosas
harto dolorosas para vos, estabais bien? Le contest que s y le
apregunt qu era lo que haba soado: Cosas bastante desagradables...
y no pudo decir otra cosa.

Vino el seor cura y le dijo ella en voz baja: Comprendo que deseo la
muerte ms de lo que debiera, porque me siento perfectamente preparada y
llena de fe, como no creo poder estarlo nunca ms; si mi vida se
prolonga, tendr que volver a empezar estos preparativos y temo... Ser
pereza, seor cura? me perdonar Dios estos deseos?

Alfonso estuvo solo con ella unos instantes, despus que nosotras, y
procuraba disimular sus lgrimas y la emocin de su voz; ella le dijo
algunas palabras, y le tendi la mano; luego bendijo desde su lecho,
pero sin verle, a su tierno hijo. Ah! que se le eduque--dijo la
pobre,--en la fe que me ha de volver todos los seres de quienes, sin
ella, no podra separarme tranquila.

No puedo expresar el efecto que producan en mis ojos, los de la pobre
enferma cuando nuestras miradas se encontraban; parecame que vea
aclararse de sbito aquella figura, antes radiante de vida, y ahora
completamente cambiada.

Algunos ratos, los pasaba yo rogando en alta voz junto a su lecho: su
hermano, arrodillado en el umbral de la puerta, pareca escuchar el
rezo. Qu espectculo ms triste el que presentaba aquella habitacin!

A eso de las siete, empezaron a prolongarse los desvanecimientos, luego
pareci como que quisiera descansar; yo me acost para aprovechar
algunos momentos de reposo, que bien lo necesitaba despus de tan
continuos desvelos; a los pocos minutos me despert al ruido de una
violenta tempestad; corr a escuchar junto a la puerta de la alcoba, no
atrevindome a abrir, por miedo de turbar el sueo a Susana; feliciteme
de que la tempestad no la hubiese despertado; a las cuatro de la
madrugada volv a escuchar otra vez; el mismo silencio e igual
tranquilidad; hice entonces un poco de ruido para que alguien notara mi
presencia y me preguntaran alguna cosa; as sucedi en efecto; una de
las sirvientas se acerc a m dicindome: Susana ha pasado la noche con
la mayor tranquilidad, en este momento descansa y no necesita nada...
Ah! triste de m: efectivamente que descansaba y no necesitaba de
cuidados! Yo interpret literalmente las palabras de la sirvienta y me
acost relativamente tranquila.

A las cinco de la maana, no pude permanecer en el lecho y me levant a
impulsos de un fnebre presentimiento; entr en el cuarto sin que se
apercibieran, y vi a la pobre muchacha de que antes habl (Filiberta),
de rodillas al pie del lecho de muerte. Sin poder convencerme de la
verdad llegu a creer que estaba orando por habrselo as pedido la
enferma; pero Sofa y Alfonso me arrancaron amorosamente de la estancia,
y desvanecindose mi estupor, comprend entonces que todo haba
concluido.

Se llevaron de all a su desconsolado esposo, incapaz de sobrellevar el
peso del dolor. Yo corr a abrazar, en su cuna, a su pobre hijo Carlos,
que estaba durmiendo apaciblemente, bien ajeno de comprender que acababa
de experimentar una prdida que algn da sentir de todo corazn.

Alfonso qued solo en la casa, para cuidar de que se cumpliesen los
ltimos deberes para con su hermana.

La sirvienta Filiberta me cont despus lo sucedido en aquella noche
fatal. Los ltimos momentos, deca, fueron tan dulces como apacibles; no
sufri un solo minuto de agona; algunos instantes despus de haberme yo
retirado, dijo a la asistenta: Por qu no os acostis? Ella entonces
hizo ver que la complaca, ocultndose detrs de la cama; desde all
pudo observar perfectamente cmo besaba Susana el pequeo crucifijo;
luego oy algunos suspiros, ms profundos que los anteriores; fueron los
ltimos... Seran como las diez, pero las sirvientas acordaron no decir
nada en toda la noche, puesto que la pobre Susana ya para nada
necesitaba nuestros consuelos, estando, como deba estar, en la mansin
de los justos.

Ms de un ao haca que esperaba un fatal desenlace, y por eso mi dolor
no ha resultado tan acerbo. Ahora ya no lloro; es verdad que me
encuentro bajo el atontamiento de los primeros momentos, en los cuales
no se siente el golpe, por lo fuerte que resulta. Dios mo! Llevadme
tambin a vuestro seno, yo no quiero vivir sino para este cielo que yo
ense a mis hijas, desde el cual me estn llamando, y en que me
introducirn cuando llegue mi hora! Ay! las familias, ac en el suelo,
se forman y deshacen, pero se renen despus para siempre en el centro
comn donde mora Dios!

Guardo el pequeo crucifijo que tuvo en sus manos ltimamente y recibi
sus postreros besos; yo venero y beso de continuo esta santa reliquia,
que llevar conmigo hasta la huesa.

Estoy en Saint-Point, en casa de mi hijo; leemos en familia, a Feneln:
dado el estado de nuestros espritus, no pueden leerse otros libros que
los que hablan de lo divino; todos los dems resultan vanos e
insuficientes... Qu hara yo sin mi Sofa? (su ltima hija). Ella se
afana para llenar el vaco que han dejado las que se fueron.

       *       *       *       *       *

Efecto de las separaciones de algunos miembros de la familia y por la
quebrantada salud de mi padre, hay una larga interrupcin en el
_diario_.




CXXII

Martes, 4 de diciembre de 1824.


Alfonso ha vuelto de Pars, sin haber conseguido ser nombrado miembro de
la Academia Francesa; ha sido elegido en su lugar M. Droz. Estoy
disgustada conmigo misma por haber animado a mi hijo a que se
presentase, y lo estoy an mucho ms por mi marido, quien daba
grandsima importancia a este suceso; en fin, Dios y los hombres no lo
han querido; es preciso aceptar ese desencanto sin acritud ni
murmuraciones; por ms sensible que ello sea, no puede compararse a
otras desgracias que se incrustan en el corazn para no separarse
jams.




CXXIII

Martes, 4 de enero de 1825.


Los cambios de tarjetas, las visitas, las felicitaciones, las alegras,
el movimiento, en fin, de primero de ao me han hecho mucho dao; yo no
puedo hacer ms que llorar cuando alguien me dirige sus recuerdos; mis
recuerdos estn en lo pasado! Y qu es lo que el pasado me recuerda?
Tuve un momento de esperanza al ver un segundo a Alfonso, el hijo del
mo, y desapareci esta esperanza; ahora tengo una satisfaccin con lo
que de l poseo, es decir, por el cario que me tiene, no por eso que
llaman la fama, el renombre, la gloria; l me ama, y eso es lo que
deseo, y eso es para m su gloria mejor; ojal pudiese amar lo que amo
yo, las creencias que me dan la paz ac en la tierra, y la verdadera
inmortalidad en perspectiva! Estoy muy contenta de tener a su esposa y a
l en mi compaa todo este invierno, y me aflijo ya con la idea de la
inevitable separacin, pero su destino le lleva a vivir lejos de
Francia; respetemos los altos designios de Dios.

Los ltimos momentos de Bonaparte en Santa Elena, me han hecho
reflexionar mucho sobre el camino que Dios ha trazado, y que conduce de
las glorias mundanales al panten de la nada. Algo ms cerca ha herido
mi corazn la muerte del clebre poeta ingls lord Byron. Llorosa y
conmovida he notificado a mi hijo la muerte de este joven poeta, lo
mismo que si se tratara de una desgracia ocurrida en la familia. No es,
por ventura, la humanidad una misma familia? Tal vez otro da, una
madre temblando como yo, llorosa, anunciar a su hijo la muerte del mo!

Alfonso ha escrito un poema titulado Childe Harold en el cual se
refiere la heroica muerte de lord Byron defendiendo la independencia de
los helenos; hay en l estrofas que me llenan de dolor, porque temo
mucho que sienta un entusiasmo peligroso por las ideas de la moderna
filosofa y de la Revolucin, contrarias al trono y al altar, estos
guas que yo he encontrado siempre en mi camino y fuera de los cuales
slo veo confusin y peligro, y sobre todo, el abismo sin fondo de la
incredulidad.

Yo he conocido estos famosos filsofos nuevos durante mi juventud;
haced, Dios mo! que mi hijo no se les parezca en nada; no dejo yo de
hacerle ciertas consideraciones sobre el peligro de las ideas nuevas,
pero el espritu surge donde l quiere, como dice la Sagrada
Escritura. En cuanto una madre ha puesto en el mundo un hijo, y le ha
inculcado su propia fe, qu le resta hacer ya? Como no sea poner todos
los das su dbil mano entre la llama de esta fe y el viento del siglo
que pretende apagarla! Ah! yo me he sentido algunas veces orgullosa de
ser madre de hijo semejante pero su independencia de espritu me ha
hecho sufrir mucho. Yo opino que toda la ciencia se encierra o debe
encerrarse en esto: Obedecer y creer; tal vez se me dir que esto es
poco potico, pero tengo para m que existe tanta poesa en la sumisin
del espritu como en la rebelin.

Son, por ventura, los ngeles fieles, menos poticos que los ngeles
que se rebelaron contra Dios? Yo preferira que mi hijo no tuviese
ninguno de esos vanos talentos mundanos, a que se rebelara contra los
dogmas que han sido fuerza, luz y consuelo de mi existencia, y por los
cuales he sufrido resignada todas las adversidades de este mundo.




CXXIV

20 de febrero de 1825.


Hago la misma solitaria vida bajo el mismo techo, envuelta en mi propia
tristeza y leyendo en compaa de Alfonso, su esposa y mi Sofa, cuya
educacin no me da cuidado porque parece ya haber salido instruida y
piadosa de la cuna. Leemos por las noches en compaa de mi esposo y mis
hijos, junto al hogar, cuantos libros pueden alimentar sanamente el alma
y el espritu. Mi marido parece aficionarse mucho a esta vida retirada,
cuyas principales emociones estn en los libros. Ha llegado a la edad en
que los hombres se retiran del sitio grande o pequeo que hayan ocupado,
y se convierten en simples espectadores que observan con indiferencia la
comedia que en el mundo se representa; entonces, son los libros su
distraccin, su recreo; constituyen, en fin, parte de su existencia. En
los libros de historia se aprecia la vida real; en la novela el mundo
imaginario. Vienen los libros a ser, irremisiblemente, la vida de
aquellos seres, que, prontos a dejar de vivir, desean vivir en otras
edades.




CXXV

Domingo, 26 de junio de 1825.


Qu largo tiempo transcurrido sin escribir una sola lnea en este
libro! Es que a causa de mis sufrimientos llegu a dudar de mi vuelta al
camino de la virtud; luego, entreveo con horror la muerte, porque an no
me creo bien preparada... Llegar a estarlo? No pido la prolongacin de
mi vida ms que el tiempo necesario a prepararme y purificarme: y nada
ms. Dios me ha hecho esta gracia. Pero al llegar a la convalecencia me
mand un nuevo dolor, y luego me lo ha quitado de nuevo y sin
preparacin.

En un pequeo poema que ha escrito Alfonso sobre la consagracin del
rey, no deca una palabra del duque de Orleans, de quien no es
partidario, porque tiene sobre este prncipe las prevenciones de su
padre y de toda la familia de los Lamartine: encuentra algunos puntos
oscuros e inconvenientes en la conducta de un prncipe de la familia
real, cuyo padre cometi la fatalidad de condenar a muerte a su pariente
y a su rey, al desgraciado Luis XVI, y que despus de esto ha sido
colmado de honores y perdonado por los Borbones, dando en lugar de un
testimonio de agradecimiento, pruebas de deslealtad para halagar a sus
partidarios. Alfonso habla con cierta amargura contra lo que llama su
deslealtad, y esto me mortifica, porque yo creo bueno a este prncipe e
inocente del crimen de su desventurado padre. Hubiera yo preferido, sin
embargo, que el tal hubiese hecho una oposicin menos abierta que los
dems, sin que para ello se hubiese rodeado de todos los ambiciosos y
descontentos, revolucionarios o bonapartistas, que han formado eso que
llama l un partido; pero es preciso atacar o conjurar las intenciones,
antes que acusar temerariamente a nadie.

Cuando me ley Alfonso los versos de su poema, donde ensalza todos los
guerreros y todos los prncipes de la familia real, y observ que ni una
sola palabra deca del duque de Orleans, tuve un disgusto tan grave que
me hizo derramar lgrimas; entonces le supliqu que no dejara desairado
con semejante silencio a un prncipe en cuya casa pas yo mi niez, y
cuya madre y hermana nos haban colmado de bondades. Resistiose
obstinadamente, y me dijo que todo lo ms que poda hacer por el duque
de Orleans, era no pronunciar su nombre, mientras que se honraba
nombrando a los reyes Luis XVIII y Carlos X, a quienes haba tenido el
honor de servir en el ejrcito y en la diplomacia, y que l haba
heredado de su padre el cario a estos prncipes desgraciados, y para
sus enemigos, la repugnancia y el desprecio. A pesar de esto, consegu a
fuerza de lgrimas, que recogi con respeto, el que pronunciara de una
manera conveniente el nombre del duque de Orleans, en aquel homenaje a
los Borbones. Hzolo, pero result desgraciado al querer expresar un
sentimiento que su corazn no senta. Los prrafos que aludan al 21 de
Enero y a la muerte de Luis XVI, parecieron un insulto al duque de
Orleans, y no s cmo, pero es el caso que este prncipe tuvo
conocimiento de lo sucedido por el librero, sin duda, antes de que
fuesen publicados, e hizo escribir una carta a mi hijo por nuestro
pariente M. Henrion de Pansey, presidente de su consejo. M. de Pansey,
en nombre del prncipe, peda a mi hijo, en trminos corteses, la
supresin de los versos en que era aludido.

Alfonso contest en seguida, con mucha cortesa por cierto, que l no
haba tenido la menor intencin de mortificar la personalidad de un
prncipe, de cuya casa tantos beneficios haba alcanzado su madre, y que
en aquel momento escriba al impresor para que se suprimiesen los versos
que pudiesen molestar al seor duque de Orleans. El escribi,
efectivamente, al editor, para que fuesen retirados los prrafos en
cuestin.

Todo pareca haber terminado aqu; pero el duque de Orleans, ignorando
que Alfonso hubiese condescendido a sus deseos, y ms impaciente de lo
que convena por semejante supresin, mand escribir una segunda carta,
en la cual se hacan amenazas contra el crdito de que mi hijo gozaba en
la corte, advirtindole, que en el caso de no acceder a sus deseos,
tena un prncipe real sobrados medios para hacer sentir a quien
intentara solamente ofenderle, el peso terrible de sus resentimientos y
de su indignacin. Cuando Alfonso recibi esta segunda carta, su natural
dignidad ofendiose de tal suerte, que no quiso en manera alguna acceder
a los deseos de Orleans y escribi inmediatamente a su editor que no
retirara una sola palabra del original. Sin embargo, por no hacer una
ofensa, sin previa explicacin, al duque de Orleans, le escribi el
mismo da en que haban ya los peridicos publicado esta carta de
intimidacin que no poda ser conocida ms que por una indiscrecin
palaciega, dicindole que la supresin del prrafo por los peridicos
adictos a su corte, no poda atribuirse ms que a una ligereza de su
carcter, y se vea l obligado a dejarlo en suspenso; decale tambin
al prncipe que, apreciando debidamente esta necesidad de honor,
confiaba no lo atribuira a la intencin de ofenderle. El prncipe fue
justo, y contest inmediatamente hacindose cargo de esta exigencia de
honor, desde el momento en que la publicidad hecha en los peridicos
liberales, haba colocado a mi hijo en una situacin tan especial. El
prrafo apareci segn Alfonso lo escribiera al principio.

Pero, eso fue para mi corazn una flecha que lo atraves de parte a
parte, tanto ms, cuanto no me atrev a decrselo jams a mi esposo ni a
mi hijo; porque yo haba sido colmada, durante mi infancia, de todas las
bondades de aquella augusta casa, cuyo nombre habame mi madre enseado
a venerar desde mi niez. En las circunstancias dolorosas para mi madre
y para otros varios miembros de la familia, la seorita de Orleans nos
haba favorecido con cariosa solicitud y con una generosidad sin
lmites: yo no poda ni puedo olvidar los bienes recibidos de esta
augusta familia, y mi marido y mi hijo ignoraban estos transportes
ntimos que yo no poda tampoco confiarles. Jzguese de mi asombro y de
mi afliccin, al considerar que esta excelente princesa pudiese atribuir
mejor que a un error, a ingratitud u olvido, una ofensa al nombre de su
casa salida de la mano de mi hijo! Pas muchas noches derramando
lgrimas. Escrib a la seorita de Orleans para desengaarla y
manifestarle todo mi pesar; ella me contest mejor como amiga que como
princesa, comprendiendo perfectamente la situacin en que me encontraba.
A Dios gracias, todo ha terminado; temo solamente que lo ocurrido
ocasione entre la princesa y mi hijo una frialdad y una irritacin
secreta que vaya alejando poco a poco su amistad de aquella casa, en la
cual hubiera tenido unos protectores desinteresados. Las prevenciones de
los nobles realistas contra el nombre de los Orleans, son injustas,
extremadas y, como si dijramos, han sido infiltradas en la sangre de
padres a hijos. Tuve todava un gran pesar, que de tan vivo y doloroso,
no puedo confirselo a nadie; la susceptible altivez de mi esposo no le
dejaba comprender que existiera correspondencia entre la seorita de
Orleans y yo, ni las gracias que mi familia recibi de ella, en muchas y
determinadas ocasiones.

       *       *       *       *       *

Dice Alfonso que cree habr de partir para Alemania, y por lo tanto, que
estar ausente de nosotros por mucho tiempo. Cuando pienso en su
separacin no hago otra cosa que llorar. Ah, Dios mo! Cun solitaria
va quedando esta casa, antes tan alegre y tan llena de vida! Cuantas
veces reflexiono en nuestra soledad, recuerdo los muchos nidos que
tantas veces he visto durante el otoo bajo los lamos del patio de
Saint-Point; en lugar de los pequeuelos hay nieve, y el viento se va
llevando sus pajas, una a una! As es nuestra casa en la actualidad.




CXXVI

18 septiembre de 1825.


Hoy han salido mis hijos para Italia, donde fijarn su residencia. Ay!
cun sola he quedado en este retiro de Saint-Point! No puedo adivinar
cunto tiempo durar esta situacin.

       *       *       *       *       *

Ya estamos en la ciudad; no pudiendo dedicarse a la caza, mi marido no
est bien en el campo. Estoy muy disgustada, pero en medio de mi
tristeza me encuentro aqu mejor; Nicole me acompaa por la maana; sus
Ensayos de moral me llegan directamente al alma, y por las noches leo
a Mme. de Sevign, mi confidente favorita; despus... pienso mucho en
los ausentes. Ay! y en los muertos que no volvern!

Ayer recib una visita del excelente, amable y resignado M. de X...
Aqul que tanto hubiera deseado casarse con Cesarina. No hemos hablado
de nada, puede decirse, pero su sola presencia y su ternura expresaban
muchsimo; he llorado mucho; todas aquellas personas, todos aquellos
objetos que amaron o fueron amados por mis hijos, despiertan en mi
corazn recuerdos de tristeza. Triste de m!... esta poca tan lgubre
de mi vida la llorar siempre, no habr para m consuelo? creo que s;
y hasta tengo la certeza absoluta de volver a ver a los seres queridos
que murieron para este mundo. Qu dicha la de poseer una fe como la
ma! Aun cuando la religin no nos diera ms que esta fe en el
renacimiento del pasado, deberamos bendecir a ella y a su fundador. Y
quin no tiene en este mundo seres queridos que espera ver en el otro!




CXXVII

24 octubre de 1825.


Me encuentro sola en la casa, arreglndolo todo y disponiendo su cierre.
Ayer salieron todos para la ciudad acompaando a mi esposo. He ido a
Saint-Point, montada en una mula, y acompaada del jardinero, al objeto
de arreglar y ordenar los libros, los naranjos y las macetas de flores
que mi nuera Mariana me recomend muy especialmente al partir para
Italia. He estado detenida por las lluvias en este viejo, querido y
desierto castillo, y admirablemente servida por Mara Litaud, una santa
mujer que est encargada de gobernar la casa durante la ausencia de sus
dueos. Creo que hice su felicidad cedindola a mi hijo. Aqu me
encuentro, junto a la iglesia que tanto adoro por los muchos recuerdos
de las oraciones que he dirigido a Dios bajo su bveda, en compaa de
mis pequeitas (que estn en el cielo), cuando venamos a rogar en ella
todas las noches; estoy tambin rodeada de libros, demasiado tal vez.
Gozo en este silencio y en esta soledad junto a la gran chimenea del
saln, y all me recojo, abstrada en los dulces pensamientos de la
eternidad, antes de sumergirme de nuevo en el movimiento y las vanidades
del mundo. He tenido muy buenas noticias de Florencia, en donde se ha
establecido mi hijo con su esposa. Cuantas reformas hicieron aqu me
parecen muy bien; han convertido esto en una especie de casa de retiro
para su vejez, donde vivirn recordando nuestra existencia en estos
lugares. En un artculo escrito por Mme. de Genlis, he visto que esta
escritora atacaba vivamente las poesas de mi hijo: es esto una guerra
hereditaria de familia a familia; Mme. de Genlis y mi madre
representaban dos tendencias opuestas en el Palacio de Orleans. Estas
heridas a la fama de mi hijo me han sido bastante dolorosas; yo hubiera
querido que l replicara; esto era natural en la vanidad materna, pero
prefiri aceptar el ataque sin manifestarse resentido. De qu servira
entonces la caridad si no se perdonaran siquiera semejantes ofensas?
para quin desear ella la superioridad en todo? para s o para sus
hijos? Si uno la tiene, el deber est en no darle importancia, y si no
se tiene, est el deber en no envidirsela a los dems; los dones de
Dios son gracias, pero no mritos. Habr de acostumbrarme a los
denigrantes ataques que ciertos peridicos, especialmente los
orleanistas y bonapartistas, dirigen a Alfonso. Creo que tengo demasiado
amor propio colocado sobre su cabeza, que puede no ser sino un disfraz
del mo; pero soy su madre, y justo ser que me lo perdone.




CXXVIII

1. de febrero de 1826.


No puedo dedicar mucho tiempo a escribir, porque los cuidados de los
pobres, durante este fro invierno, me absorben la mayor parle del
tiempo; adems de esto, me han encargado de la presidencia de la junta
de caridad establecida en esta poblacin; no me es posible cumplir con
exactitud mis obligaciones a pesar del auxilio que para ello me presta
Mme. de Villeneuve, la esposa del Gobernador de la provincia, joven muy
amable, a quien considero como si fuese una hija; yo no s por qu las
jvenes sienten por m tanta predileccin; ser sin duda porque yo,
acostumbrada a amar a mis hijas, siento una ternura grande dentro de mi
corazn y una inclinacin irresistible hacia las jvenes con quienes
tengo tratos. Mme. de Villeneuve me ha pintado unas elegantes pantallas
de chimenea, dibujando en cada una, la vista de diferentes casas o
castillos habitados por Mme. de Sevign; esta buena seora es para m la
abuela del corazn y del espritu; Mme. de Villeneuve ha credo que
estos recuerdos seran a mis ojos una especie de ilustracin de las
obras que practico continuamente en cumplimiento del deber que la
caridad me impone. Qu buena y dulce es la caridad! Ella parece que nos
aproxima, insensible y dulcemente, al trono donde el Altsimo tiene su
asiento.




CXXIX

27 de abril de 1826.


Mi cuado, el abate Lamartine, ha muerto; haca bastante tiempo que su
vida era una prolongada espera de este momento. Espero que Dios habr
sido misericordioso para el hombre que tanto lo haba sido para su
prjimo. Fue lanzado contra su voluntad a la carrera eclesistica, hacia
la cual no senta la menor disposicin, y se concret a vivir solitario
en su magnfica finca de Montculot, la cual ha quedado propiedad de
Alfonso, con la obligacin de entregar cierta cantidad a la hermana del
difunto y pasar una pensin a mi esposo. Le he escrito para que mande
poderes para tomar posesin, en su nombre, de aquella magnfica casa y
de las tierras que la circundan.




CXXX

24 de mayo de 1826.


Tengo una pena grande, por el triste contratiempo que ha ocasionado a
Alfonso un fragmento de su poema Childe Harold, relativo a Italia. Ha
sido mi hijo gravemente herido en desafo con el coronel Hugo; tiemblo
tanto por su alma como por su vida! yo no s quin tendr razn de entre
los dos, pero a los ojos de Dios ambos son culpables; procurar que
Alfonso se arrepienta de la falta cometida; la vida slo Dios puede
quitarla y, es un pecado gravsimo el que los hombres cometen cuando
atentan a ella. Se me objetar que el honor es preferible a la vida,
pero no somos los humanos quienes podemos juzgar estos asuntos.

       *       *       *       *       *

He tenido nuevas noticias de Alfonso que me anuncian su
restablecimiento: dicen que est escribiendo unas poesas muy religiosas
y que las titula Armonas, de las cuales me han remitido algunos
trozos manuscritos que he ledo con sumo agrado. Ah! este es el uso que
yo quisiera que se hiciese siempre del talento, divino como su Creador,
cuando se eleva hacia El.




CXXXI

Milly, julio 1826.


Hace tres das que estoy en Milly, donde me encuentro perfectamente: yo
deseara continuar aqu pero con mi esposo y Sofa. Es muy triste para
los unos y para los otros el tener que vivir separados!... ahora parece
que siento ms que antes la separacin; ello debe ser la vejez que
avanza rpidamente: ya he perdido, puede decirse, por completo, aquella
actividad fsica y moral que me haca gozar de la vida aun en la misma
soledad; siento, por el contrario, el peso de los sesenta aos que voy a
cumplir; apenas puedo persuadirme de ello, pero no hay remedio; y sin
embargo, no estoy triste, ni mucho menos, pero s quisiera que Dios me
hiciese la gracia de que pudiese emplear bien el poco tiempo que me
resta de estar en este mundo, y de no pensar ms que en prepararme
debidamente para el otro, adonde con tanta ligereza me dirijo. Porque
estoy todava completamente distrada y demasiado ocupada en cosas
terrenales; he visto (quin sabe si con demasiado inters), la belleza
de nuestros viedos; ha habido una sequa atroz que los ha perjudicado
mucho; pero ahora, sobre todo aqu, han reverdecido un tanto y presentan
un hermoso aspecto con sus verdes pmpanos cargados de nacientes
racimos. Nuestro porvenir est suspendido de los sarmientos de estas
cepas!... Es el hombre exactamente igual que el insecto que roe una
hoja, y que muere si la hoja perece. Dios mo... proteged nuestras
plantas y sobre todo las de nuestros pobres campesinos!

Alfonso es el encargado de los negocios del rey en Toscana, Lucca y
Parma, y como quiera que todos los embajadores estn fuera de Italia
(excepto el de Roma), le han aumentado la asignacin en cuatro mil
pesos. Todos estn contentos de l, y l parece estarlo tambin de la
posicin que ocupa; nicamente que representa a su pas con un poco ms
de lujo del que yo quisiera; pero creo que, a pesar de ello, la
Providencia no le abandonar nunca.

Yo me acuerdo mucho de l, pero me paga mi cario sobradamente,
acordndose tambin de m; con la mayor ternura y solicitud recuerda y
le preocupan mis pequeas obligaciones, y aquellas penas e
intranquilidades que me ocasionaron sus travesuras juveniles. Sera yo
una de las mujeres ms dichosas si no hubiese perdido aquellas dos joyas
de mi maternal corona: ah! qu gran vaco encuentro sin su compaa
cuando al caer de la tarde paseo por mi jardn! mis ojos y mis sentidos
todos las buscan intilmente por todas partes! Es preciso irme
desprendiendo poco a poco, de buen o de mal grado, de este bajo suelo;
ya siento en m la noche; cuntas horas me faltan contar an en este
negro abismo? Dios lo sabe; yo no he de contarlas, porque estoy
entregada a El absolutamente; lo que s le pido, es que me retenga aqu
el tiempo necesario para ganar su estimacin.

He dado principio a un trabajo que acaso durar lo que mi vida. Consiste
en una alfombra tapizada para el gabinete que Alfonso tiene en
Saint-Point. Cuando yo haya muerto, l pensar sin duda, al poner sobre
ella los pies, que en cada una de sus mallas iba yo encadenando, en mi
tiempo, un pensamiento para l. Ay! este frgil tejido durar, por lo
menos, cien aos; y tanto mis hijos como yo, habremos ya dejado de
existir... Estoy triste, muy triste.




CXXXII

Domingo, 3 diciembre de 1826.


Segn parece, existen algunas probabilidades de casar a mi Sofa; si
esto se realiza, mi obra quedar terminada: entonces podr decir como el
viejo Simen: Basta, Seor, relevad a vuestro siervo. El pretendiente
es un hidalgo de Mende, en las montaas de Cvennes, llamado M. de
Ligonns. Dicen que es persona de carcter y que posee una fortuna que,
sin ser muy grande, ser suficiente para que vivan con desahogo: aquel
pas no es un pas de lujo, y mi Sofa es la razn y la piedad misma.




CXXXIII

5 mayo de 1827.


El ltimo domingo, a las once de la maana, ha muerto mi cuado, el jefe
de la familia Lamartine, a los ochenta aos de edad. Su hermana y yo
hemos recibido su ltimo suspiro: hasta este momento ha conservado clara
su poderosa inteligencia. Su muerte ha sido muy sentida en toda la
comarca; era un hombre de talento e ilustracin superiores; posea
conocimientos casi universales; su conversacin era prodigiosamente
interesante y vasta; durante toda su vida fue, puede decirse, el rey de
la familia y de esta provincia. Haba sido oficial de caballera del rey
Luis XV, durante los primeros aos de su juventud; su delicada salud le
llev nuevamente a Mcn, donde se puso al frente de la administracin
del tan importante como enredado patrimonio de mi padre poltico, el
cual radicaba entre Borgoa y el Franco Condado. Se le tena como una
especie de orculo: la comarca entera consultbale todo los asuntos,
hasta los ms ntimos.

Haba estado en relacin con todos los hombres eminentes de la Asamblea
Constituyente, de la ciencia y de la literatura: M. de Buffon, Mirabeau,
los economistas y los filsofos. El ocupaba aqu una buena posicin y
viva en compaa de sus hermanas, solteras tambin: ha legado su finca
de Saint-Pierre indivisa a Alfonso y a Cecilia, su sobrina Mme. de
Cessia; y sus bellas tierras de Monceau a su hermana la seorita de
Lamartine, quien, a su muerte, las deja a Alfonso. Nadie resolva nunca
nada en la familia sin l o despus de haber dado l su opinin.

Este imperio absoluto sobre la familia, haba frecuentemente contrariado
mis intenciones, ocasionndome bastantes disgustos; recuerdo los que
sufr cuando el casamiento de mis hijas y al determinar la carrera que
habamos de dar a Alfonso. Quin sabe, si al contrariar mi voluntad
tena razn? Yo opino que s: en fin, gracias a Dios, todo ha terminado
felizmente para todos: acaso de aquella oposicin que entonces se haca
a mis proyectos, ha resultado el buen acierto que hemos tenido en su
realizacin.

La hermana de mi cuado ha quedado muy rica, aunque realmente de nada le
sirven las riquezas, porque no disfruta de ellas y las reparte entre los
pobres: es la santa ms delicada de la tierra que he conocido jams; no
tiene nada en su santidad que moleste ni perjudique a nadie; su piedad,
cuando sale de la iglesia o de su oratorio, donde pasa la vida, se
convierte toda en dulzura y bondad; tiene la sonrisa de los ngeles en
la boca y una transparencia celestial en la mirada; es demasiado
escrupulosa para s misma: no lo fa todo a la generosidad divina y
derrama la limosna a manos llenas; las gentes la bendicen y la aclaman
como santa.

Los preliminares para la boda de Sofa se han realizado; M. de
Morangies, nuestro vecino y pariente a la vez por parte de su esposa, es
quien nos ha presentado la demanda y el joven pretendiente.

No me ha desagradado su aspecto modesto y reflexivo, y su porte
exquisito, delicado y admirable de todo punto. Creo que es uno de esos
hombres rarsimos, que manifiestan a primera vista la seguridad de la
dicha que han de proporcionar a su esposa, pero ay! se llevar a mi
Sofa muy lejos de nosotros y no vendrn a pasar en nuestra compaa ms
que seis meses del ao. Qu va a ser de m, sin esta criatura que me
quedaba como sombra de todas las dems? Ella, cndida como a los ocho
aos, y espiritual como a los sesenta; era mi consejera y mi confidente
para todo; creo que la costumbre de tener con ella el corazn abierto,
ha apresurado su gran madurez de juicio; en cuanto a su piedad, es todo
un ngel y slo temo el exceso, si es que puede llegar a serlo ms;
parece una madre de familia; no me cabe duda de que, si tiene hijos, los
har hombres de provecho.




CXXXIV

13 de enero de 1828.


Hasta cundo continuar escribiendo en este libro? Slo Dios lo sabe.
Comprendo que, a pesar de mis aos, tengo sobre la tierra deseos y
pasiones, y esto me aflige; mi corazn, sin embargo, es de Dios, a quien
diariamente suplico se apiade de m.

El estado actual de Francia me horroriza: los peridicos avivan el voraz
incendio, que existe no solamente en la opinin sino en los corazones.
Hemos tenido aqu grandes luchas con motivo de las elecciones entre M.
Rambuteau y M. Doria; Dios no puede gustar de estos hechos en que se
calumnian los hombres mutuamente. M. de Villele ha sido arrojado del
ministerio; todo el mundo se encarniza contra la religin, que es mi
nico cuidado poltico. No me agrada por ningn estilo esta continua
guerra de invectiva entre los peridicos de distintos partidos. Cmo se
comprende esta libertad sin lmites que la prensa disfruta y que se dice
es una necesidad del gobierno constitucional? Yo temo que este gobierno,
del cual esperbamos tanto, no produzca ms que tempestades, hasta
dentro de las mismas familias; es muy frecuente que el espritu de los
hombres, antes que el espritu de Dios, sea el que sople en estos
desgraciados tiempos. Dentro de este sistema de gobierno no se observa
ms que vanidad, egosmo, y deseos de realizar actos que tengan mucha
resonancia, sean stos del gnero que quiera.

M. de la Maisonfort, ministro del rey en Florencia, ha muerto en Lyn de
vuelta de Toscana. M. de Vitrolles ha sido nombrado en su lugar; se cree
que no ir hasta pasado mucho tiempo a ocupar su puesto; esto va a
detener indefinidamente a Alfonso en Italia. Sofa, mi consuelo, mi
sociedad nica, mi hija querida, marcha este invierno a Mende. Triste
de m!... Mi pobre marido est cada da ms delicado, puesto que su
dolorosa enfermedad va progresando; yo me consagro completamente a l,
procurando hacerle olvidar el tiempo, como quisiera olvidarlo yo
tambin, hasta que vuelva mi hijo de Italia. Se habla de nombrarle
ministro de Francia, no s dnde; qu me va a suceder si es su
alejamiento un destierro sin fin? Qu triste es el ocaso de la vida,
despus de una continuada existencia de temores! Dnde me refugiar yo,
si no es en la oracin, que me calma siempre, como la conversacin de
un buen amigo justo, poderoso y sabio? Ah! qu felices son aquellos
que creen en esta comunicacin sensible de la criatura con el Creador
del Universo!




CXXXV

15 abril de 1828.


Desde esta maana me encuentro en Milly, pero por breves momentos.
Siempre que estoy aqu me hallo dispuesta a escribir algunos prrafos en
este _diario_, descuidado por tanto tiempo, y que ya tena casi
abandonado. Ya no tiene para m el inters de otros tiempos, ni para
continuarlo ni para leerlo de nuevo. Los acontecimientos consignados en
l se van alejando, todo huye volando: a medida que vamos envejeciendo,
vamos penetrndonos de la vanidad de todo y tenemos, por lo tanto, menos
inters en conservar los recuerdos. Ya no me interesan sino los que
pertenecen puramente al corazn, y stos no hay necesidad de
consignarlos. No obstante, aun quedan algunas pocas que quiero ir
marcando debidamente: servirn ms bien para mis hijos que para m. Las
ltimas de ellas, las que pueden conducir a la felicidad celeste, no
pueden descuidarse. Voy convencindome cada da ms de que he entrado en
la vejez, a pesar de que no falta quien me diga que no se apercibe de
ello, y que estoy conservada como a los treinta aos; pero crecen los
hombres tras de m, como dice Virgilio, a quien estoy leyendo esta
noche en un libro traducido por Boisgermain.




CXXXVI

15 septiembre de 1828.


Mi hijo Alfonso est conmigo; el mircoles 10 del mes corriente lleg
aqu, acompaado de su esposa, su madre poltica y su encantadora
pequeuela, rebosando todos salud y alegra. Gracias mil sean dadas a
Dios! Alfonso est, sin embargo, muy flaco, y esto me mortifica, pero es
preciso que me acostumbre a ello. He estado muy contenta, muy conmovida
y muy ocupada, y a mi edad las grandes agitaciones, sean de alegra o de
pena, resultan peligrosas para la salud, ya quebrantada naturalmente;
sin embargo, como es necesario conformarse y buscar consuelo, ste se
encuentra con facilidad cuando el corazn est contento, lo cual
ciertamente es algo difcil en este mundo; a pesar de esto, no me faltan
motivos para estar disgustada.

No se puede imaginar una criatura ms bonita, alegre e inteligente en
todo (con relacin a su edad), que mi nieta Julia; es un verdadero
tesoro; est perfectamente educada. Su madre va siendo cada da ms
perfecta, sin la menor afectacin, va llenando todos sus deberes
religiosos; ha cultivado tambin mucho su talento y pinta perfectamente;
nos ha trado algunas pinturas bellsimas; entre otras, varias que
representan fielmente la fisonoma de Julia.




CXXXVII

Milly, 3 octubre de 1828.


Desde el lunes, 22 de septiembre, estoy aqu completamente sola; he
venido para presenciar nuestra pobre vendimia. Alfonso, Mariana, su
madre y Julia, partieron el mircoles 17 para Montculot, en donde les
han hecho un recibimiento como a los antiguos seores de otros tiempos.
Fueron a darles la bienvenida las mujeres vestidas de blanco, y los
hombres disparando al aire sus fusiles. Ellos han dado una brillante
fiesta campestre en los grandes jardines del castillo, pues se confunden
con los grandes bosques de las inmediaciones.

Desde Monculot ha salido Alfonso para Pars, en donde ha sido llamado
por sus amigos para consultarle sobre lo que llaman golpe de Estado.
Alfonso asegura que fracasarn y que los Borbones, a quienes ama como
yo, habrn de sucumbir ante el espritu pblico en el caso que acepten
la batalla. Acaso tenga razn; muchas veces se ve mejor el estado del
pas desde fuera que desde dentro.

Por mi parte, estoy aterrada por esta fiebre que veo recrudecerse todas
las maanas en los peridicos de ambos partidos; se me figura que no
puede haber nada slido ni duradero en un gobierno, cuando con sus
desaciertos convierte en un caos la opinin pblica.




CXXXVIII

7 noviembre de 1828.


Alfonso ha regresado a Pars, donde fue muy bien recibido por todos, y
particularmente por el rey Carlos X. Se le hubiera nombrado
inmediatamente primer secretario de Estado en Espaa, si hubiese querido
aceptar; l prefiere esperar para ir a Londres, lo cual se le ha
prometido para dentro de un ao; all ser solamente ministro
plenipotenciario. Me ha trado una magnfica araa para mi sala de
Mcn, y bastante dinero, pues ha comprendido que andaba yo algo escasa
por mis muchos gastos y recelos de mortificar a mi pobre marido. Estoy
muy contenta por que mis hijos quieren pasar el invierno en Mcn en
compaa nuestra; ahora se encuentran en Saint-Point. Alfonso me ha
mandado algunos versos que va componiendo, los cuales me han gustado
mucho; dice en ellos lo mismo que yo dira si tuviera su talento para
expresarlo; es el eco de mi voz, porque yo no dejo de sentir la belleza,
pero al pretender expresarla enmudezco. Esto me sucede tambin en mis
horas de recogimiento mstico; en mis meditaciones siento como un fuego
dentro del corazn, cuya llama no puede salir del pecho; verdaderamente,
Dios no necesita de mis palabras para comprender mis intenciones, pero
yo deseara que el fuego que pugna por salir del pecho convertido en
palabras, se deslizara poco a poco por mi boca en cantos de alabanzas,
en acciones de gracias, en himnos y oraciones; y que despus pudieran
escribirse, para que por siempre fuera su gloria ensalzada como yo lo
deseo en los misteriosos secretos de mi corazn. Doy gracias a Dios
porque ha concedido a mi hijo lo que yo deseo para m: su voz ser la
ma; sus sentimientos iguales que los mos son.

(Hay aqu prrafos que son un himno de reconocimiento para su hijo).




CXXXIX

13 julio de 1829.


En esta fecha voy a narrar mi viaje a Pars, el cual gracias a mi hijo,
ha sido una continua dicha para m. Tuve una satisfaccin inmensa al ver
de nuevo aquella ciudad de mi niez, y al conocer los numerosos amigos
con que cuenta Alfonso, todos ellos personajes distinguidos por su
nacimiento o sus talentos. Madame Rcamier, a quien dicen que me
parezco, me he dispensado una acogida excelente; he asistido en su casa
a una lectura que ha dado M. de Chateaubriand, quien ha ledo una
tragedia titulada Moiss; la figura de este grande hombre me ha
impresionado ms que sus versos: tiene el aire majestuoso de un rey en
medio de su corte. Me gusta ms el aire natural y sencillo de otros
hombres de gran talento, que estaban all, y que yo ya conoca desde mi
niez. No obstante, la gloria tiene para m grandsimo prestigio; creo
que si mi hijo alcanzara algn da la ms pequea parte, estara
altamente satisfecha. Pero yo pido a Dios para mi hijo muchas cosas
antes que esa gloria, que muy bien pudiera resultar vana, examinada
detenidamente.




CXL

21 septiembre de 1829.


Mi pobre Alfonso es el que me ayuda a soportar los das de mi vejez, de
un modo admirable; me colma de obsequios y atiende solcito a mis
apuros, sean del gnero que quieran. Acaba de encargarse ltimamente de
pagar, por nosotros, la pensin de seiscientos pesos que debemos a mi
cuada Mme. de Villars. Consigno aqu todos esos rasgos de su cario
hacia m, y renuevo entre las satisfacciones de mi corazn, las mil y
mil bendiciones que yo debo a Dios por los buenos hijos que me ha
concedido.

Alfonso no se encuentra aqu en este momento; est en su propiedad de
Montculot, junto a Dijn; acaba de rehusar el llamamiento que le ha
hecho el nuevo ministro, M. de Polignac, con la intencin de asociar su
nombre a un ministerio que no parece del agrado de la opinin. M. de
Polignac ha insistido, y mi hijo le ha contestado que de ninguna manera
quisiera l arriesgarse a ser cmplice de un golpe de Estado contra la
_Carta_: que este golpe de Estado, en su opinin, derribara los
Borbones; que l sabe perfectamente que M. de Polignac no abriga
actualmente la intencin de darlo, pero que la hostilidad recproca
entre el ministerio y el pas, llevara mal de su grado a monsieur de
Polignac a un resultado fatal; termina rogando a M. de Polignac que se
sirva olvidarlo para estos asuntos.

Alfonso me ha mandado esta carta, la cual encuentro, por desgracia,
llena de razonamientos que convencen, pero que acaso interrumpirn las
relaciones que tiene entre sus amigos, y entorpezcan su carrera
diplomtica. Yo considero que esto fuera una desgracia para mi hijo,
pero, estoy contenta de que obre conforme a sus principios, aunque a
trueque de perder su bienestar. La opinin es la conciencia de los
hombres polticos. Acaso esta conducta le sea favorable para el
porvenir, porque las circunstancias han de cambiar necesariamente.

Hay en este momento una plaza vacante en la Academia Francesa: muchos
acadmicos, entre otros M. de Lain y M. Royer Collard, han escrito a mi
hijo para que se presente candidato, en la seguridad, dicen, de ser esta
vez admitido. El ha rehusado con una altivez que no me atrevo a
calificar; dice que donde se le ha esquivado la primera vez, no quiere,
a ningn precio, solicitar la entrada nuevamente; como no es posible
nombrar un candidato que no visite de nuevo a los acadmicos, no creo,
por lo tanto, que se le nombre a l. Mi amor propio ambicioso, sale
mortificado con esta su determinacin, pero que Dios le humille lo
celebro con toda mi alma.

Es forzoso, por lo tanto, que consigne una gran satisfaccin que tuve
luego; mi vanidad de madre se manifiesta demasiado, ya lo comprendo,
pero... En una sesin pblica celebrada por la Academia de Mcn, har
unas tres semanas, a la cual asisti una multitud inmensa, todo el
consejo general, todas las notabilidades de la ciudad y sus
inmediaciones, leyronse muchos e interesantes trabajos; M. de
Lacretelle, un captulo de la Historia de la Restauracin; M. Quinet,
joven gallardo y distinguido por sus conocimientos, un fragmento de un
Viaje a Grecia; Alfonso deba recitar versos, se le esperaba con
impaciencia; cuando lleg su turno, reson un aplauso general; la
concurrencia se puso en movimiento gritando, la mayor parte, que quera
verle; colocose en un sitio convenientemente elevado para poder
satisfacer los deseos del pblico, y empez por una breve improvisacin
en prosa, suplicando y agradeciendo la benevolencia de sus conciudadanos
y manifestando cunto era su agradecimiento por el anticipado favor que
se le dispensaba; este exordio gust muchsimo y los aplausos se
repitieron con entusiasmo. Luego recit una epstola dirigida a M. de
Bienassis, en la cual se encierran trozos de poesa tiernsima; se le
interrumpa frecuentemente con murmullos de aprobacin; Mariana y yo
estbamos verdaderamente emocionadas; luego se nos colm de
felicitaciones y, por qu no decirlo?, de dicha y orgullo; lo cual me
parece algo perdonable. Dios lo quiere y El ve y sabe bien, que lo que
yo deseo es que el talento de mi hijo sirva para honrar su santo nombre.

Hablemos ahora de mis hijas, cuyas bellas cualidades me enorgullecen
igualmente. Me gusta mucho recitar continuamente y con el pensamiento
puesto en Dios, desde las arboledas de Milly, bajo la sombra de la casa
que ha visto nacer a todos mis queridos hijos, este versculo de los
Salmos: Seor, ya que habis sido mi tranquilidad y mi esperanza en los
das de mi juventud, no me dejis abandonado, en los de mi vejez!
Cuando las fuerzas me faltan, no me retiris vuestra diestra mano!

Basta! basta!... Yo debo empezar a reflexionar seriamente sobre la
decadencia de mi vida; si miro adelante, corta; y larga si dirijo hacia
atrs la vista, porque veo los muchos deberes que he debido cumplir.




CXLI

Milly, 21 de octubre de 1829.


21 de octubre!... aniversario del nacimiento de mi hijo primero!... me
encuentro sola y deseo consagrar este da a las reflexiones que me
alientan y fortifican contra la muerte. Cuntas vueltas y revueltas
tengo dadas durante mi vida, en estos mis paseos, meditando, con el
rosario en la mano unas veces, y otras, plegadas ambas manos, cuando
nadie de la casa poda verme, rogando o meditando arrodillada en la
hierba! Ay, Dios mo! lo que hubiera pasado por m, durante mis
tribulaciones exteriores e interiores, sin la caritativa bondad de Dios
y si su imagen divina no se me hubiese presentado en mis pensamientos y
no me los hubiese sugerido ms santos y ms consoladores que los mos,
no es posible adivinarlo! Es una gracia inmensa, lo reconozco, que mis
aficiones por el recogimiento en Dios, me hayan hecho robar casi
diariamente, durante mi vida, algunas horas o solamente algunos minutos,
para ocuparme exclusivamente de El. Hoy es uno de los das en que le he
sentido ms que nunca, y me he encontrado baada en llanto, sin darme
cuenta de ello, mientras paseaba; pareca que mi vida se rejuveneca,
que mi alma tomaba cuerpo y se dispona a presentarse a mi creador, a mi
juez...

Ay de m!; que su juicio, prximo a emitirse, sea indulgente!

Yo me he visto a m misma como si fuese ayer; jugando, nia inocente,
entre las alamedas de Saint-Cloud; luego, ms tarde ya, joven canonesa,
rogando y cantando en el templo del cabildo de Salles, triste y
pesarosa, cuando no emita la voz como mis compaeras.

       *       *       *       *       *

El motivo de no haberme consagrado yo absolutamente a la contemplacin
de lo eterno, a los cantos del breviario y a las alabanzas del Seor en
la soledad de aquel claustro entre lo eterno y mundano, fue... porque vi
al que despus fue mi marido, joven y buen mozo, vistiendo su brillante
uniforme, cuando vino a visitar a su hermana la canonesa Mme. de
Villars, en cuya casa haba yo sido confiada de tutela, como de mayor
edad y ms experiencia de la vida.

Entonces, pude observar que el gallardo oficial me distingua entre
todas, y que aprovechaba cuantas ocasiones se le presentaban para venir
a visitar a su hermana en el cabildo; yo misma senta tambin cierto
efecto hacia aquella noble expresin, aquella gracia militar, aquella
franqueza de su mirada, y aquel su altivo ademn que no pareca amable
ms que a mi lado. He sentido tambin la misma emocin de gozo que
experiment y qued encerrada dentro del corazn, cuando me hizo, por
fin, interrogar por su hermana para saber si consenta yo en que me
demandase en matrimonio; despus, nuestra primera entrevista delante de
su hermana, nuestros paseos por los alrededores del colegio en compaa
de las canonesas de ms edad, la demanda y los grandes obstculos de la
familia, y las muchas lgrimas vertidas durante los tres aos de
incertidumbres, mientras rogaba a Dios, para obtener el milagro del
consentimiento de su familia, que lleg a parecerme imposible; en fin,
los aos de dicha y de ventura, en la humilde soledad de Milly, tan
humilde entonces como actualmente; mi desesperacin cuando, apenas
casados, l, sacrificndolo todo, incluso a m, corri desesperado a
Pars para cumplir su deber de simple voluntario de la Casa Real,
durante el clebre 10 de Agosto; la proteccin divina que le hizo
escapar del jardn de las Tulleras cubierto de sangre; su huida, su
vuelta aqu, su encarcelamiento, mis inquietudes por su vida, mis
visitas a las rejas de su crcel, donde yo le llevaba nuestro hijo para
que le abrazara al travs de los hierros, mis excursiones con mi hijo en
brazos por toda la ciudad, tanto en Dijn como en Lyn, para enternecer
a los severos representantes del pueblo, donde una sola palabra
pronunciada por ellos poda ser para m la vida o la muerte; la cada de
Robespierre, la vuelta a Milly, el nacimiento sucesivo de mis siete
hijos, su educacin, sus casamientos y la desaparicin de la tierra de
aquellos dos ngeles, de que los otros... ah! no me consolarn jams.

Y despus, el descanso que sigue a tanta fatiga! El descanso, s, al
mismo tiempo la vejez, porque yo voy envejeciendo, todo me lo indica con
la mayor claridad; por ejemplo: estos rboles que yo he plantado, estas
enredaderas que yo misma plant en la parte norte de la casa, con el
objeto de que no mintiesen los versos de mi hijo cuando describe a Milly
en sus _Armonas_ y la espesura que cubre actualmente todo el muro desde
los stanos de la casa hasta el tejado; estas mismas paredes que van
cubrindose de musgo, estos cedros que eran altos como mi ltima hija
Sofa a la edad de cuatro aos, y que ahora me dejan pasar libremente
bajo sus ramas ms elevadas que mi frente; todo, todo en fin, me dice
con muda y aterradora elocuencia, que voy envejeciendo, y que mi vida es
corta. Ah! S, Dios mo... Cuando veo las tumbas de muchos viejos
vecinos que he conocido jvenes, y sobre las cuales paso yo ahora cuando
voy a misa, pienso con tristeza que mi estancia en la tierra no puede
ser eterna, y que no puede tardar en abrrseme la eterna mansin: y las
lgrimas se me saltan cuando pienso en lodo lo que debo dejar a mi
partida: mi pobre marido, compaero fiel de mi juventud, que si bien no
est postrado en el lecho, sufre continuamente y necesita de m, hoy
para sufrir, como ayer para ser dichoso: despus mis hijos, los hijos
de mi corazn!...

Alfonso y su esposa, a la que considero, por su ternura y por su virtud,
como una sexta hija; Cecilia y sus encantadores pequeuelos, tercera
generacin de corazones que aman y que han de ser amados; y luego,
aquellos que faltan y que me siguen como mi sombra sigue al sol
poniente, cuando yo paseo y medito en estas soledades. Mi Cesarina, la
que fue mi orgullo por su belleza encantadora, sepultada lejos de m,
detrs de ese horizonte de los Alpes, de donde veo continuamente surgir
su recuerdo. Mi Susana, aquella santa que anticipadamente ostent
alrededor de su frente la santa aureola y que Dios me quit para que yo
pudiera ver en su recuerdo la imagen de un ngel de pureza. Muertos los
unos, ausentes los otros!...

Otra vez sola, como antes de haber producido fruto alguno! Los unos en
tierra, como la de estos rboles, los otros han sido llevados, lejos de
m, por el jardinero del cielo! Ah! Qu pensamientos! Cmo me atraen y
persuaden dentro de ese jardn, y luego me arrojan de l, cuando han
henchido mi corazn y se va su sangre derritiendo en agua. Ese pedazo
de tierra es para m el huerto de las olivas! Dios mo! Este fue
para m, el jardn delicioso que Salomn describe en su cantos; y hoy,
desierto y despojado de atractivos, sirve para que en l pueda recordar
mejor la muerte, con el pensamiento puesto en el Salvador del mundo, a
quien me figuro con el cliz de la amargura en la mano preparndose a
desprenderse de este mundo impulsado por su divina gracia! Y cunto
adoro yo a este huertecito! Tanto por los vacos que la muerte y el
tiempo han ido haciendo en torno mo, como cuando al dirigir mi vista
all, en el fondo, bajo los tilos, para ver si alcanzo a distinguir los
vestidos blancos de los pequeuelos, o cuando escucho para ver si oir,
como otras veces, las alegres voces de mis hijos al encontrar alguna
flor o algn insecto entre sus espesuras. Qu le he dado yo a Dios para
que me diese en propiedad este rincn de tierra y esta casita, de los
que algunas veces heme avergonzado por su aridez y su insignificancia,
pero que constituyeron el albergue dulcsimo de mi numerosa familia!
Ah! Que sea El bendito, mil veces bendito este nido, y que despus de
m pueda abrigar an a todos aquellos que me sucedan!

Dejemos esto: oigo la campana de Bussieres que toca el _Angelus_; vale
ms rogar que escribir. Secar mis lgrimas y dir, para m sola, aquel
rosario al cual mis pequeuelas respondan siguindome otras veces, y
que oirn hoy solamente los gorriones que se acuestan debajo de las
hojas o en las grietas de las piedras. No, no, mil veces no, es un error
perjudicial enternecerse, es preciso guardar las fuerzas para los
deberes que estoy obligada a llenar; cuando se est sobre el borde de la
tumba, las lgrimas, dice, no s en qu parte, la Escritura, debilitan
el corazn del hombre. Hoy necesito del mo como en mis tiempos
mejores!...




CXLII


Sigue a lo escrito, un pequeo volumen conteniendo detalles puramente
domsticos, cuyo inters para nosotros disminuye en relacin a las
circunstancias a que se refiere. Todo ello termina con una pgina que
parece un adis! a su manuscrito y que copio a continuacin.

       *       *       *       *       *

Dios lo dispone as? Hgase su santa voluntad! En resumen: toda
sabidura consiste en resignarse por adoracin a su voluntad. Estoy muy
ocupada en ordenar mis anteriores _diarios_, lo cual hace que vuelva a
leerlos con inters. Esta lectura me llena cada da ms de
reconocimiento por todas las gracias que he recibido de Dios, y me
arrepiento por haber adelantado tan poco en la piedad y el bien, despus
de las mejores intenciones y resoluciones que yo tomaba frecuentemente
con escaso provecho. Pero an es tiempo, que siempre lo tenemos mientras
Dios nos deje la vida; an es tiempo de aprovecharla para ganar el
cielo; esto es lo que yo pido con toda mi alma al terminar este libro,
rogndole derrame sobre m y sobre todo cuanto me pertenece, sus
espirituales bendiciones. En cuanto a las bendiciones temporales, para
qu he de pedrselas mientras no sean necesarias para el cielo? De todo
corazn me entrego a ti, Dios mo, y gustosa acatar tus paternales
decretos. Dame tu bendicin para mis hijos, y para mis amigas, para
aquellos que me aman y a lo que yo tanto he amado en este valle de
lgrimas!

       *       *       *       *       *

Estas son las ltimas palabras que mi madre escribi en la ltima pgina
de su _diario_.




CXLIII


Esto es lo que resta aqu en la tierra del alma pura de aquella santa y
encantadora mujer.

Lo dems est escrito en el alma de sus hijos, en las tradiciones de la
humilde aldea en que vivi por espacio de cuarenta aos, y en los
recuerdos siempre sonrientes como ella, de aquella sociedad
verdaderamente tica de Mcn, donde su recuerdo cuenta tantos amigos
como mujeres contemporneas suyas existen.

El resto del manuscrito de nuestra madre no tiene inters ninguno para
la tercera generacin de sus descendientes; son bagatelas de su virtud.
Cualquiera de los pequeuelos de hoy, que sienta curiosidad de
conocerlas, las encontrar escritas de su puo, entre los dieciocho
pequeos cuadernos originales, que les trasmitir tal como los he
recibido, de un inventario de los afectos del corazn. All la
encontrarn a ella, bajo las mil formas de la madre de los pobres, y de
la mujer piadosa, derramando los ms ntimos misterios de sus
escrpulos y de sus humillaciones ante Dios.

Aqu se encuentran los ardores y la ternura de su alma, en los
ejercicios cotidianos, en el campo o al pie de su cama; all las
asistencias a las ceremonias religiosas, sus exmenes de conciencia la
vspera de los das en que deba acercarse purificada a la mesa
eucarstica; acull, las diarias y numerosas economas domsticas,
hechas para ejercer la caridad que deba sostener con el trigo de sus
graneros, el vino de sus vias, los sarmientos de sus cepas, la leche de
sus vacas y los huevos de su gallinero; los precios del pan, la manteca,
el azcar, las legumbres durante este o aquel mes del ao; el clculo
continuado para reducir la frugalidad de la mesa a las escaceses de la
cosecha, y para poder sufragar constantemente, sobre sus necesidades, la
gran parte destinada a los pobres y los socorros furtivos que
proporcionaba a su hijo; ms lejos, se encuentran recetas cuidadosamente
registradas y comentadas contra las enfermedades comunes a las gentes
del campo: un tratado completo de medicina rural que ella ejerca a
cualquier hora del da y en particular en la entrada de la casa de
Milly, siempre llena (sobre todo por la maana), de imposibilitados,
viejos, mujeres y criaturas enfermas, que su fama de bondadosa y
entendida atraa de ms de veinte aldeas cercanas, y que venan como en
romera a visitar aquella santa; en fin, estn tambin all las noches
pasadas a la cabecera de sus hijos delicados o de los enfermos de la
aldea, y las apuntaciones tcnicas que tomaba durante sus horas de vela
de los experimentos y clculos que haca sobre los sntomas, los
accesos, los recrudecimientos de la fiebre, y las zozobras o esperanzas
que produca la enfermedad en el paciente.

Cuntas veces, hasta las mismas sbanas de su cama, que tomaba de su
armario y rasgaba a medida de la necesidad, servan para vendar las
llagas del viejo indigente, que curaba ella con sus propias manos!
Otras, venciendo con su pensamiento, toda repugnancia, de igual manera
se acercaba al lecho de muerte, que serva las ms dbiles necesidades
del enfermo, descollando siempre por el vigor de su fe, por la energa
de su carcter, y por su gran fuerza de voluntad.

Y al terminar sus obras de caridad, lavadas sus hermosas manos, enjutos
sus ojos de las lgrimas vertidas por males ajenos, cambiando su vestido
de seda gris por otro elegante y sencillo, volva otra vez entre la
sociedad, suelto el espritu, abierto el corazn, con la graciosa
expresin de la dama discreta y sociable, animando las conversaciones,
expansionando el corazn ajeno, llevndose con su serenidad las penas y
sinsabores de las almas, como se lleva el viento tibio de la primavera
entre sus torbellinos, las hojas secas de la noche para dejar en
libertad de abrirse a los botones de las nuevas flores. Se la adoraba,
sin que ella hubiese pensado jams en hacerse adorar, en todas las
irradiaciones de su carcter y de sus hechos. El rostro de los aldeanos
que la vean pasar, acompaada de sus hijas, para ir al templo o
viniendo de visitar sus chozas, tomaba una expresin tierna y grave a la
par, como si fuera la imagen de la caridad la que pasaba por su lado.

Ella entonces estaba satisfecha; todos los acontecimientos de su vida
parecan haber desfilado ante sus ojos, y un prolongado y apacible
horizonte se extenda a su vista. La vejez robusta y varonil de su
esposo iba venciendo sus enfermedades dolorosas, pero no mortales,
vindose que el Cielo le reservaba para ms largos das que a los dems
miembros de la familia, alcanzando en efecto, sin decadencia de corazn
ni de espritu, hasta la edad de noventa aos. Su hijo, que haba sido
por mucho tiempo el tormento de su espritu, se haba ya vuelto
juicioso; habiendo atravesado las tormentas de su primera juventud sin
tocar an el medioda de la vida, calmado y satisfecho por un casamiento
conforme a su corazn, viviendo en Italia, su pas predilecto, por razn
de su empleo en la diplomacia, en el lugar ms risueo de Europa,
satisfecho del rango secundario, pero honorfico que ocupaba; cubierto,
adems, antes de tiempo, de cierta aureola potica, que solamente
reflua en el corazn de su madre, sin excitar la clera de los
envidiosos, estuvo en aquel entonces con licencia en Pars, llegando a
ser nombrado (sin ningn gnero de intrigas), miembro de la Academia
Francesa: gloria oficial de las letras que jams le alucin ni enga a
l, pero s alucin y enga agradablemente el corazn de su anciano
padre. Este, que se haba acostumbrado a mirar desde su provincia el
ttulo de miembro de la Academia Francesa, no solamente como una especie
de consagracin de la gloria de un hombre, sino de una familia, como un
sacramento de la fama legtima y contra la cual la posteridad no osara
protestar jams, estaban en extremo satisfecho. Su madre gozbase, por
fin, pudiendo decir a toda la familia de su marido: Ya estis viendo
cmo, eso que llamabais mis ilusiones de madre, no ha sido una quimera,
como decais vosotros; ya veis como yo tena razn cuando os peda
paciencia y perdn por algunas ligerezas de aquel hijo querido, que
ratifica por fin mi ternura honrando vuestro linaje.

Su hijo se ocupaba entonces en hacer el obligado discurso de recepcin,
que deba por la primera vez presentarle en aquella tribuna literaria,
desde la cual arda l en deseos de elevarse a su tiempo, a la tribuna
poltica, blanco constante de todas sus aspiraciones.

El esperaba defender a la vez, siguiendo las huellas de M. de Serres y
de M. Lain, sus maestros y sus modelos, los Borbones, el dolo de su
padre, y la constitucin liberal, satisfaccin entonces de su espritu.
Quera l defender las instituciones y sus principios contra las
reacciones de la monarqua y contra los impacientes de la repblica,
cuyas aspiraciones haban de empezar a cumplirse despus de la
revolucin de julio de 1830 y la de febrero de 1848, cuya hora no haba
sonado an con el toque de rebato de aquellas dos ya expresadas
revoluciones.




EPLOGO


Nos encontramos a fines de otoo del ao 1829.

As en las esferas gubernamentales, como en los partidos polticos que
ansan el poder, existe una pasin que con frecuencia degenera en odio
de uno a otro bando. Efecto del delirio y la fiebre que domina los
espritus, la Francia se encuentra en continua zozobra.

El primer ministro, que lo era a la sazn el prncipe de Polignac,
habase propuesto hacer que yo fuese a Pars a ocupar la direccin de
los Negocios extranjeros; continuamente reciba yo cartas amistosas en
las que insista en sus deseos; al fin, sucumb, pero no para aceptar el
cargo que se me ofreca, sino para explicar franca y terminantemente los
motivos que tena para renunciar el empleo con tanta obstinacin
ofrecido.

Amaba yo al prncipe, es cierto, pero su poltica me haca temblar;
hubiera yo querido, cuando hablaba con l, separar a un lado el hombre,
al otro el ministro divorciado de la opinin pblica.

Bien claramente haba yo manifestado, en mi discurso al ingresar en la
Academia Francesa, mi resuelta oposicin al golpe de Estado contra la
_Carta_ y los proyectos que el Gobierno haba manifestado tener contra
la libertad del pensamiento y contra la independencia que el pueblo debe
poseer para elegir sus representantes.

No se esperaba de m ciertamente aquel discurso poltico.

Los peridicos republicanos, orleanistas y bonapartistas que me acusaban
de reaccionario, acogieron mis declaraciones con entusiasmo, y M. Lain
y M. Royer Collard reconocieron en ellas a su discpulo.

Al abandonar la sala del Instituto, ocupada an por la inmensa
muchedumbre que haba concurrido a la recepcin, mi antiguo amigo el
duque de Rohan me sali al encuentro dicindome al odo: Abandonad toda
esperanza con respecto al ascenso en vuestra carrera; habis defraudado
nuestras esperanzas y dado fuerza a nuestros enemigos polticos. Qu
me importaban a m los ascensos en mi carrera cuando vea vacilar a
Carlos X en el trono, y al que deseaba separar del abismo que amenazaba
tragrselo?

Haba el prncipe de Polignac puesto en m sus esperanzas, y me
distingua con una familiaridad poltica que acaso no mereciera. En las
confidencias con este grande hombre, entrevea un alma real, un espritu
dispuesto ya para la emigracin y un corazn alarmado por la conciencia.

Debo hacer constar en honor de Carlos X y del prncipe de Polignac, que
las predicciones del duque de Rohan, no se realizaron. Estos personajes
no me guardaron resentimiento alguno por mi discurso, y despus de haber
discutido conmigo larga e intilmente sobre los motivos, poco fundados
segn ellos, de mi negativa y de la impremeditacin de un golpe de
Estado, me ofrecieron el empleo de ministro plenipotenciario en Grecia.

Ocurra esto, cuando la Europa fundaba sobre un pasajero entusiasmo
aquella pujanza artificial, germen o ruina de no s qu grandeza.
Participaba yo entonces de la ilusin que todos los liberales tenan
sobre los helenos, tan valientes en el combate, como disciplinados en el
gobierno.

Las potencias occidentales haban designado para rey de Grecia, al
prncipe de Cabourg, viudo de la princesa Carlota, heredera del trono de
Inglaterra. Este prncipe se encontraba en Pars: yo le conoc en Italia
durante el tiempo de su viudez, y adquir con l una amistad tan ntima
como sincera. El prncipe de Polignac me present a l y le indic que
yo era el francs ms simptico a Grecia que, como ministro, poda
ofrecerle.

Alegrbame yo de asistir con semejante ttulo y en tan elevadas
funciones, a la resurreccin de aquel imperio, en el pas de los grandes
recuerdos y de participar como lord Byron, el heroico poeta, de
resurreccin tan gloriosa.

La justa previsin de que pudieran ocurrir en aquel renacimiento
disturbios y decepciones de gran importancia, hizo que el rey designado
se negara a aceptar las responsabilidades que pudieran sobrevenir, y que
saliera de Pars una noche huyendo de su reino y de la felicidad que en
l se le prometa.

Al da siguiente, cuando supimos lo ocurrido, apreciamos unnimemente
aquella huida del siguiente modo: El prncipe de Cabourg no tiene cabeza
suficiente para sostener esta corona; ocpese la diplomacia en buscar
otra frente y sea cauta en la eleccin para no verse burlada de nuevo.
As se hizo en efecto, y mientras esto ocurra, yo continu de ministro
plenipotenciario en situacin expectante, recibiendo del prncipe de
Polignac cuantas distinciones eran compatibles con mi obstinado empeo
de no tomar parte alguna en los trabajos del Gobierno.

       *       *       *       *       *

Entusiasmada mi madre por los rpidos ascensos obtenidos en mi carrera
diplomtica, por mi futuro destino en la hermosa capital de Atenas, y
por mi eleccin para la Academia Francesa, no poda menos de sonrer
ante la realizacin de sus aspiraciones de siempre, del sueo dorado de
toda su vida.

Disponame yo para ir a pasar a su lado el corto tiempo que crea
permanecer en Francia, y me hallaba en Pars con el objeto de ir
preparando los regalos que tena por costumbre llevar a mi madre y a mis
hermanas siempre que las visitaba, despus de un largo tiempo de
ausencia.

Pobre madre! qu poco te daba en cambio de tantas privaciones como por
mi causa habas sufrido; de las joyas que habas vendido o empeado para
satisfacer mis caprichos y mis viajes, o para ocultar mis faltas ante la
severidad siempre justa de mi padre!

       *       *       *       *       *

Todo estaba dispuesto: los muebles todos que haba en la habitacin
ocupada por m en la fonda, estaban cubiertos de cajas, estuches,
paquetes de tejidos diversos propios para vestidos, cofrecillos con
sorpresas para mis hermanas, un pequeo bazar, en fin, que yo me
complaca en mirar, mientras gozaba pensando en las exclamaciones de
alegra y reconocimiento que haba de or en la humilde casita de mi
madre. Yo me complaca anticipadamente en las sinceras demostraciones de
cario y de satisfaccin que haba de recibir en su presencia.

Un da (same permitido no consignar la fecha), entraba yo en el hotel
de***, con mi cabriol atestado de cajitas y muebles propios para el uso
femenino; estaba alegre y satisfecho ante la idea de que haba de partir
al siguiente da; al saltar del estribo y poner el pie sobre la primera
grada del vestbulo observ, que, junto a la habitacin del portero, se
hallaba mi buen amigo, el verdadero hermano de mi alma, el conde Aymon
de Virieu: pareca que la Providencia haba destinado a este hombre para
que compartiera conmigo la vida.

Juntos habamos cursado nuestros estudios; disfrutado de las mismas
alegras en las casas de campo de ambas familias; seguido las mismas
rutas en nuestras excursiones, idnticas relaciones sociales, y
ltimamente pertenecamos los dos al cuerpo diplomtico.

Al da siguiente, deba l tambin salir de Pars con destino a
Alemania, y por esta razn habamos acordado comer juntos y pasar la
velada en mi habitacin, con objeto de poder prolongar as nuestra
conversacin y despedirnos con entera libertad.

Cuando al descender de mi carruaje me dispona a estrechar su mano, not
en su expresiva fisonoma una palidez y una consternacin que me dejaron
suspenso por unos instantes; sus ojos, siempre alegres y que parecan
iluminados por dos chispas salidas de su espritu un tanto sarcstico,
aparecan por vez primera velados por una nube de tristeza.

Despus que hubo contestado a mi alegre mirada con otra del mismo
gnero, sus ojos procuraron no encontrarse con los mos, y entonces pude
observar bien la tristeza, el recelo y el inexplicable temor de que
estaba posedo. Pareca que aquella tristeza aumentaba al verme a m tan
tranquilo y satisfecho; mi calma, sobre todo, le mortificaba
horriblemente; quera censurar mi felicidad sin haberme l dicho antes
el motivo por el cual debiera estar yo triste.

De pronto, desapareci de mis ojos la alegra, y huy la sonrisa de mis
labios: Entremos en tu cuarto--me dijo con voz entrecortada;--necesito
hablarte de cosas muy tristes, y darte noticias muy poco agradables.
Procura tener valor para orme, concentra todas tus fuerzas morales:
subamos.

Conducido maquinalmente por mi amigo, sub la escalera y llegu hasta mi
cuarto: el golpe recibido en medio del corazn me haba aturdido; ya en
la habitacin, me sent sobre el borde de mi cama; mi pobre perro
saltaba de alegra al verme; ignoraba el fiel animalito el por qu sus
caricias, siempre contestadas con cario, eran entonces esquivadas con
rudeza.

Habla--le dije a mi amigo Virieu, ocultando el rostro entre ambas manos
y preparndome a recibir el golpe fatal.--Habla--repet,--que este
silencio es para m el peor de los suplicios.

Entonces, usando de todos los miramientos, vacilaciones y rodeos,
tmidos unas veces, enrgicos otras, propios del hombre encargado de dar
una noticia inesperada y triste que ha de herir el corazn, me dijo,
recibindome en sus brazos: Ya no tienes madre! Me pareci que el
suelo se hunda bajo mis pies, que mi existencia vacilaba por
encontrarse sin base; mi alma elevose rpidamente al cielo como
queriendo buscar la de aqulla que fue vida de mi vida aqu en la
tierra. Jams hubiera credo que pudiese vivir sin ella un solo da! La
idea de la eterna separacin, jams se me haba presentado sino all
lejos, y aun dulcificada por la brevedad del tiempo que yo mismo debo
permanecer en este mundo. Yo la haba visto tan hermosa y llena de vida,
que pareca alentar en lo mejor de su edad, y de sbito, me dicen que ha
desaparecido de mi vista para siempre: y precisamente cuando me
preparaba a recibirla en mis brazos, cuando iba a proporcionarle la
dicha de tenerme a su lado, despus de haber cumplido a satisfaccin mis
deberes de hijo... Ah!... La separacin era un hecho y un hecho
terrible porque ni siquiera pude despedirme de ella! Cunto sufr en
aquellos das! Por la maana alimentaban mi vida dos corazones, y por la
tarde slo me quedaba uno para llorar y gemir.

Mi desesperacin lleg a ser mayor por encontrarme en Pars solo. La que
hubiera podido tomar una parte casi igual en mi dolor mezclando sus
lgrimas con las mas no se encontraba conmigo. Yo solo en el vaco!
Sin esposa, sin hijos y sin madre. La suerte me depar a un fiel amigo
que cubri con su ternura aquel abismo de luto y de lamentos; acaso sin
l me hubiese precipitado en aquella horrible negrura.

Durante toda la noche, permanec anonadado, no pude conciliar el sueo y
me acost vestido. Aun recuerdo aquella noche cuyos minutos tengo
todava presentes uno a uno, como si el tiempo no hubiera transcurrido
desde entonces, que pas arrancando al sensible corazn de mi amigo, los
detalles todos de aquella muerte, ms sentida por haber ocurrido tan
inesperadamente. Estos detalles los recuerdo perfectamente, pues
quedaron grabados en mi imaginacin de tal suerte que pudiera recitarlos
con muy poca diferencia, tal como salieron de los labios de mi amigo. M.
Virieu, no se separ de mi lado hasta que amaneci: llegada esta hora,
se march a preparar lo necesario para mi partida a Mcn. Triste de
m! Ya era demasiado tarde; ya no podra abrazar, antes de encerrarlos
en el sepulcro, los restos queridos de aquella mujer que durante nueve
meses me haba llevado en sus entraas, y en su corazn hasta el ltimo
instante de su vida.

He aqu lo que mi amigo me cont acerca de aquella muerte; esta relacin
est aumentada con las noticias que despus adquir, y que me
facilitaron los parientes y los amigos que presenciaron aquella
horrorosa y a la par dulce agona de mi madre.

Llena de impaciencia y de alegra, esperaba diariamente mi llegada. Mi
elevacin a la Academia, mi nombramiento de ministro de Grecia, y las
emociones que por otras causas sufriera, haban, al parecer, enardecido
ligeramente su sangre.

Era el 27 de noviembre; despus de haber odo misa, se dirigi desde la
iglesia a los baos que haba en el hospital y que estaban servidos por
hermanas de la Caridad. Mientras le preparaban el bao, estuvo hablando
con la superiora de asuntos religiosos: esta conversacin la sostuvo con
la jovialidad y la gracia propias de su juventud.

Cuando la baera estuvo dispuesta, mi madre entr en la celda sin
acompaamiento alguno, siguiendo la costumbre adquirida en el
_captulo_, costumbre que siempre haba conservado; nunca emple
camarera para su servicio particular; sola se vesta, se desnudaba y
apagaba la luz al acostarse, en memoria (segn ella deca), de la
humildad y de la pobreza de los primeros cristianos.

No haca mucho que se hallaba en el bao, cuando la superiora, que
atravesaba el corredor en el cual estaban los cuartos de bao, crey or
gritos y gemidos ahogados cada vez ms apagados. Inmediatamente la
superiora entr en la celda que mi madre ocupaba, y vio que el agua
caliente se derramaba por el suelo rebosando del bao; la espita
abierta, lanzaba a borbotones sobre el cuerpo desnudo de mi madre, aquel
hirviente lquido, parecido a un manantial de fuego, que abrasndole
pecho y espaldas la haba privado del conocimiento. La propia superiora
y una sirviente, la separaron de la baera.

Indudablemente ocurri, que deseando refrescar el bao, debi abrir por
equivocacin el grifo del agua caliente, y que aquel ardiente chorro
hiri de pronto su pecho y sus manos sin darle tiempo para cerrar la
espita. Despus de un buen rato volvi al conocimiento, y entonces
abraz a la superiora, quien tambin se encontraba herida de la mano y
del brazo; efecto de las quemaduras. Vuelta al conocimiento, acostronla
sobre uno de los colchones del hospicio; en esta posicin, la
trasladaron a su casa en brazos de cuatro mujeres pobres, de aquellas
incurables que ella haba, en otro tiempo, auxiliado con alimentos,
ropas y medicinas, y curado las llagas con sus propias manos.

Pronto el rumor de la desgracia ocurrida habase extendido por la
ciudad, y las gentes madrugadoras, o sea las sirvientes y las mujeres
devotas que salan del templo, la siguieron llorando y rezando en voz
alta hasta la puerta de su casa.

Al ver la dolorosa impresin que esta desgracia produjo en los
habitantes de la ciudad, hubirase dicho que cada uno de ellos haba
perdido a su madre como yo a la ma.

A los mdicos no les pareci mortal el accidente, pero cuando se
levantaron las vendas de la primera cura, el mal apareci con toda la
gravedad que revesta.

Despus de la fiebre, el delirio; pero un delirio especial, una especie
de sueo dulce y sonriente como su carcter mismo.

Haba momentos en que pareca dejar su desvanecimiento, para dar las
gracias a las buenas mujeres que la servan y para alentar a nuestro
pobre padre, que permaneca a la cabecera del lecho, aterrado
completamente por el terrible golpe que acababa de recibir.

En aquella angustiosa situacin, no cesaba de entregar las afecciones de
su alma a las personas a quien amaba y, especialmente, a Dios, con el
que quiso unirse por medio del Sacramento de la Eucarista, tomando,
segn su creencia, anticipada posesin de la Divinidad, o al contrario,
posesionndose la Divinidad de su persona. Entonces, inflamado su
hermoso rostro por el calor que da la conviccin y beatificado por
aquella unin mstica, iluminaba la beatificacin, ms que los cirios
que los pobres nios del hospicio sostenan en sus tiernas manecitas
mientras permanecan arrodillados en torno del lecho.

Despus de la ceremonia religiosa, quedose profundamente dormida, y esto
hizo creer a los que la rodeaban que la mejora se haba iniciado; pero,
falsa creencia!... Su despertar fue el ltimo, porque momentos despus,
exhal el postrer suspiro, tranquila y sonriente.

La mujer que la asisti durante su agona, me ha repetido despus, una
por una, todas aquellas palabras que pronunci continuamente: Esposo
mo... Hijos mos... Alfonso, Mariana, Cecilia, Eugenia, Sofa, Dios os
bendiga. Por qu no vens aqu para bendeciros yo tambin? Alfonso!
Pobre hijo mo... Qu disgusto tendrs por no haber podido estar a mi
lado en este trance supremo!... Dirs a todos que no sufro... Que ya
estoy en un lugar delicioso, desde el cual veo el cielo desde donde
bendicen a mis hijos...

Despus, sus labios sonrean dulcemente, balbuceaba algunas palabras y
nuevamente quedaba rendida por la fatiga. As pas toda la noche: y al
amanecer, en un momento de lucidez, dijo:--Qu dichosa soy, Dios mo!
Oh! Qu dichosa, qu dichosa!... No me haba engaado, no, ahora lo
comprendo, cunta felicidad... Y al terminar esta frase, entreg su
alma a Dios.

       *       *       *       *       *

Tal fue su muerte, palabra por palabra. Todos los testigos viven an
para repetirlo, excepto nuestro padre y la pobre Filiberta, quien al
perder a su seora perdi tambin las ganas de vivir, y no existi luego
sino el tiempo indispensable para continuar con su seor los servicios
que haba prestado a nuestra madre por cario solamente. Oh! Este lazo
de la domesticidad es un noble y santo cambio entre el criado que se une
por amor a la familia, que retribuye, en cambio, sus servicios con
reconocimiento, ternura e igualdad ante el corazn! Este parentesco de
condiciones sobre la tierra, puede ser desigual por la fortuna, pero se
nivela siempre, cuando existe, por el cario.

Tres das haban transcurrido desde que yo perd a mi madre, cuando
llegu a Mcn para ver, al menos, su querido rostro bajo el sudario.
Acompabame un buen amigo verdadero Samaritano, quien se encontraba
siempre all en todas mis horas de dolor: Amadeo de Perseval, que yo
nombro, aunque ya se le alude en el manuscrito, por haberse consagrado
piadosamente a nuestra madre, y que haba pretendido contarse en el
nmero de sus hijos. Sin embargo de no ser as, fue por bastante tiempo
estimado como tal.

El atad reposaba ya bajo montes de nieve dentro la tierra helada del
cementerio de la ciudad. Durante la ausencia de mi pobre padre,
arrancado casi moribundo de su casa, en el momento de morir mi madre, y
ausentes adems sus hijos, se olvidaron de que la difunta haba
manifestado varias veces su preferencia por el cementerio de
Saint-Point, a la sombra de la pequea iglesia de la aldea, en aquel
valle tranquilo y delicioso donde gustaba tanto su piedad de recogerse
durante sus residencias veraniegas. No encontr para besar ms que las
crudas tablas de su vaco lecho de muerte, el suelo de su cuarto, el
umbral de la puerta por la que su atad haba pasado al salir entre los
tristes ecos de llanto general de la poblacin, para ir a descansar en
el campo de la muerte. De sbito, rebelose mi corazn por la idea de un
deseo no cumplido de aquella santa mujer despus de su transfiguracin,
e igualmente contra la idea de no poder ver aquellos sagrados restos ms
que al travs de la multitud de muertos desconocidos o indiferentes.
Resolv, pues, ya que todava era tiempo, reparar, en lo que dependiese
de m, aquella negligencia que me demandaba una secreta voz, exhumando
aquellos restos para conducirlos al lugar de su predileccin. Crea yo
que la eterna distancia haba de acortarse entre aquella alma y la ma
si sus restos descansaban a la sombra de nuestra morada, en el vecino
cementerio junto a la iglesia de Saint-Point. Si he de decirlo todo,
haba tambin en aquella pretendida exhumacin un pretexto para
aprovechar la ocasin de mirar por ltima vez aquel rostro querido,
antes de que se volviera polvo con el transcurso del tiempo.

El atad no tena signo distintivo de ninguna especie que le
diferenciase de los dems, as como tampoco haba el sepulturero
sealado el sitio donde se hallaba sepultada mi madre; deba ser abierta
nuevamente la fosa, a fin de asegurar que nuestra piadosa intencin no
fuese burlada, y no nos llevsemos unos restos desconocidos en lugar de
los de mi madre.

Olvidemos aquellos lgubres detalles! Durante la noche se realiz todo
como era mi deseo. Separose la nieve amontonada sobre el surco de la
muerte, y encontramos a tientas, entre otros, el atad que buscbamos.
Filiberta, que era quien haba amortajado a su querida seora, la
reconoci. Ella misma abri el atad a la luz de unos cirios para que
pudiera yo entrever aquel rostro dormido. Era mi madre en toda su
belleza, menos la de los ojos, pero flotando su mirada al travs de la
eternidad; mis labios tocaron con cario y horror aquella frente, aquel
atad, al volverse a cerrar, guardaba ya mis lgrimas! Yo vel solo, y
despus con Filiberta, esperando la hora de la noche en la cual los
aldeanos de Milly deban ir llegando uno a uno y sin ruido, para llevar
sobre sus hombros, a travs de cuatro horas de marcha, el cuerpo de su
seora. Al punto emprendimos a pie nuestro camino, sobre una inmensa y
gruesa sbana de nieve helada, al travs del prolongado arrabal que va
de la ciudad a las primeras colinas de nuestro horizonte de montaas.
Aquel lgubre cortejo estaba rigurosamente limitado a m, a m
nicamente entre todos los miembros de la familia!... a los quinteros y
cultivadores de las tierras de Milly y a las mujeres y nios de aquellos
buenos hombres, que bajo sus pobres vestidos de luto haban credo, por
derecho de ternura, poder seguir al jefe de la familia, prolongando
sobre el camino la negra fila de plaideras cuyas lgrimas no era
preciso comprar. Ni una voz, ni un cuchicheo sali, durante el largo
trayecto, de aquella multitud. Nada se oa sobre la endurecida nieve,
ms que el chocar de los zuecos de madera de las mujeres que llevaban a
sus hijos de la mano y, de cuando en cuando, el ruido sordo y cavernoso
del atad de encina, recibiendo una ligera sacudida, al cambiar de
sitio sobre los hombros de los portadores que se relevaban a porfa bajo
la carga para nosotros sagrada.

A dos horas y media de camino de la ciudad, dejamos la carretera
principal, para internarnos por una senda empedrada de tmpanos, que
sigue la empinada colina que conduce al pueblo de Milly. En todas las
casas sus moradores estaban en vela y esperndonos; vease en el umbral
de todas las chozas, algn viejo o algn nio teniendo en la mano un
veln de cobre, alumbrando temblorosos sus rostros plidos y llenos de
lgrimas, tiritando de fro en aquella helada noche de diciembre.

Al llegar al patio de la casa, los portadores, seguidos de toda la gente
de la aldea, subieron las cinco gradas de piedra, colocando a la entrada
el atad; all mismo, donde ella tena costumbre de recibir todas las
maanas a los pobres y a los enfermos, distribuyendo alimentos, caldo,
medicinas, ungentos, trapos y vestidos, curando de rodillas las llagas
de los heridos. Aquellos mismos bancos de nogal, sobre los cuales
extendan sus piernas deformes o mutiladas, los pobres heridos o
enfermos, servan en aquel entonces para sostener el atad. As, puede
decirse, que aun despus de muerta se apoy sobre los propios
instrumentos de su caridad. Un llanto general surgi en aquel momento de
los mil comprimidos corazones de todo aquel pueblo de aldeanos.

Cada uno de ellos se iba acercando a la pila de agua bendita de su
lecho, para mojar una rama de boj y esparcir aquella agua, mezclada con
sus lgrimas, sobre el atad. Durante esta parada, bajo el modesto techo
de su juventud y de sus amores, retirme, yo solo, dentro de su cuarto,
sumergiendo mi rostro entre las almohadas de aquel lecho vaco, desde
donde escuchaba el prolongado choque de los zuecos de los hombres y
mujeres que suban y bajaban sin cesar, las gradas de piedra de la
entrada, para ir a su turno a arrodillarse y orar junto al vestbulo.
As estuvimos esperando los primeros resplandores del alba, antes de
emprender nuestra ruta por los elevados desfiladeros de la montaa,
cubierta de nieve en polvo, revuelta por el viento norte, allanando los
senderos y llenando los surcos. Aquellos senderos podan resultar por la
noche peligrosos para el reducido cortejo que deba trasladar el cuerpo,
desde la casa de Milly, al cementerio de Saint-Point.

Tan luego el alba apareci por las lejanas cumbres de los Alpes,
volvimos a emprender nuestra marcha, escoltados hasta la altura de la
primera colina que domina el jardn y las vias, por todos los
habitantes de la aldea. Nos despedimos de toda aquella gente, a la que
pareca que arrancbamos su providencia, a la entrada del valle,
internndonos nosotros con un pequeo grupo de ocho aldeanos vigorosos,
por el escabroso y estrecho desfiladero que sube hasta el pico de
aquellas montaas llamado La cruz de las seales.

Iban delante cuatro hombres explorando el camino y separando la nieve, y
otros cuatro conducan el fretro. Yo segua solo a mi madre, por las
huellas que mis conductores dejaban sobre la nieve que en algunos puntos
nos llegaba hasta la rodilla. Slo el silbido producido por el viento
norte se dejaba or en aquellas soledades. Dos pajaritos extraviados,
tiritando de fro, sin ver ningn punto slido en que posarse, vinieron
a descansar un momento sobre el pao de luto que cubra el fretro y que
los portadores haban dejado en la saliente de una torrentera, mientras
rompan con su cuchillo la nieve helada en sus zuecos de madera. No s
por qu aquellos pobres pjaros extraviados, buscando asilo y socorro
sobre un atad, me hicieron derramar lgrimas abundantes! Aquello me
record, sin duda, cuntas miserias y cuntas tristezas haban
encontrado asilo en aquel corazn mientras tuvo vida! Los tristes
pajarillos gorjearon durante algunos minutos uno o dos trinos
plaideros, emprendiendo luego el vuelo hacia la parte de Saint-Point,
delante de nosotros. Pens en aquel momento en las dos almas de Cesarina
y Susana, llegando a figurarme que haban venido bajo aquel smbolo
alado, para recoger la de su madre, precedindola en el lugar de su
descanso eterno. Cmo se explica uno las supersticiones del corazn
cuando se encuentra ste emocionado y lejos de la influencia de la
razn! Hay momentos en los que todo hombre es mujer, en los que toda
virilidad es apagada por las lgrimas.

Nuestro viaje, cuya distancia se recorre durante la primavera en un par
de horas, dur siete, en medio de aquel ocano de nieve, cuyas grandes
oleadas pareca que iban a tragarnos a cada instante. Haba sitios entre
las torrenteras, tan profundos y peligrosos, y en los cuales slo nos
guibamos por los negros y gigantescos esqueletos de los castaos
inclinados sobre el abismo, que en ellos nos hubiramos precipitado y
perecido, sin la destreza y el vigor de los sufridos aldeanos de Milly.

El peso de su preciosa carga les infunda sin duda confianza y valor.
Llegbamos a Saint-Point al caer de la tarde. Depositamos (como habamos
hecho en Milly), el atad en el cuarto y sobre el lecho de mi madre, el
cual, despus de algunos aos, vino a ser el mo. Yo me encerr en un
aposento que une al gabinete con el dormitorio, y extendiendo un colchn
sobre el suelo, empec all la vela, teniendo abierta la puertecilla de
comunicacin: era la postrera noche que aquellos sagrados restos deban
pasar bajo su antiguo techo. No s por qu me figuraba yo que
prolongaba su presencia a mi lado al prolongar yo al suyo mi vigilancia!
Slo Dios sabe las lgrimas, las invocaciones, las bendiciones y
revelaciones de aquella noche! Falto de fuerzas, me qued dormido al
amanecer, cuando la campana llamaba ya las gentes de los lejanos
caseros situado en las dos altas cadenas de montaas, a la ceremonia de
la segunda sepultura. No fue sta todava su sepultura ltima, porque
por una extraa coincidencia de circunstancias no premeditadas, pareca
que la tierra tomaba, devolviendo y volviendo a tomar a su vez, aquellos
restos tan venerados y queridos, que pareca no haber medio de
desasirnos de ellos, disputndolos hasta la misma tumba. Al dirigir sus
miradas desde la ventana, sobre las dos inmensas pendientes de nieve que
formaban el valle, pude observar cmo descendan unas como nubes negras
por ambas pendientes, dirigindose a la iglesia y al castillo; aquellas
manchas eran formadas por la agrupacin de cuantas gentes viven en
aquellas colinas. Toda la comarca congregada en duelo, enviaba, en alas
del viento, un prolongado y general gemido.

Nada haba dispuesto en el cementerio para una sepultura definitiva. La
muerte nos haba sorprendido sin tumba. Si a nuestra madre se le hubiese
consultado (como se consult despus a nuestro padre), sobre el modo y
el lugar de su reposo eterno, su humildad y su desprendimiento por
cuidados semejantes, la hubieran, sin duda alguna, hecho pedir en su
testamento el sitio que los pobres ocupan en la fosa comn. Pero no tuvo
tiempo de hacerlo; solamente haba indicado vagamente alguna vez el
deseo de ser enterrada en Saint-Point. Yo no poda decidirme a dejar
perder por m, por mis hermanas y por la innumerable familia de
aldeanos, tan parientes por el corazn como nosotros por la sangre, el
vestigio de aquellas venerables reliquias bajo un poco de hierba o de
musgo rodo continuamente por los carneros en el cementerio de la
aldea. Era indispensable para semejantes reliquias un relicario
adecuado. Determin, por lo tanto, elevar un modesto panten de familia
donde poder reunirnos, si Dios quiere dejarnos morir, donde juntos
habamos vivido, sufrido y amado tanto.

El sitio y la disposicin del jardn de Saint-Point se prestaban
perfectamente a la realizacin de mi idea. Hay una colina elevada, como
el pedestal de un templo antiguo, en medio del valle que conduce a la
iglesia y al castillo. La iglesia est situada en el terrapln y dentro
del recinto el castillo, lo cual indica a primera vista haber sido en
otros tiempos una dependencia y que, durante las pasadas edades, no era
otra cosa que la capilla de la mansin feudal. Hoy da, los jardines de
aquella mansin no estn separados del rstico cementerio ms que por
una cerca de bosques y avellanos y por algunos viejos nogales, cuyas
nueces, a merced de los pastores, como de todo el mundo, caen sobre las
tumbas de los muertos. Los negros muros y el romntico campanario de la
iglesia, unen en verano el umbro fresco de su sombra a la sombra de la
cerca de avellanos, dando a aquella parte del jardn un aspecto especial
de oscuridad y recogimiento como la melancola de un santuario. Este era
el lugar predilecto de nuestra madre durante las clidas horas del
medioda en la estacin de las recolecciones. Veala yo desde las
ventanas de mi cuarto, sentada, con el libro o el rosario en la mano,
sobre un poyo de madera adosado a un cerezo que domina el zarzal, cuyas
negras ramas, cuajados de fruto, se inclinaban sobre su cabeza.

En medio de mi desesperacin, experimentaba yo un dulce consuelo
pensando en que mi madre iba a descansar para siempre en aquel lugar de
su predileccin en vida; en la misma sombra y bajo el mismo csped
cubierto de hierba, de hojas y de frutos; en aquel jardn donde tantas
veces haba rezado, ledo o meditado sobre el porvenir de sus hijos.

Acord construir all mismo y sobre un terreno de propiedad particular
el sepulcro que haba de ser en lo sucesivo el objeto ms estimado por
nosotros. Pero como nadie puede responder hoy de inmovilizar ninguna
propiedad, aunque se trate de la sepultura de una familia, y como la
adversidad puede traspasar una tumba, lo mismo que otra propiedad
cualquiera, de una familia a otra, me asusta el caso de que puedan
entrar un da los acreedores u otras personas indiferentes en posesin
del castillo y de sus jardines, y no quiero yo, de ninguna manera, que
nuestros hijos ni nuestros nietos resulten desposedos por expropiacin
o venta, de los restos de una madre como de una cosa mundana y sin
importancia, pasando el mejor da de mano en mano. Semejante
profanacin, prxima o lejana, llenaba de escrpulos mi corazn. Medit,
pues, y resolv luego lo que cumpl ms tarde y fue: hacer donacin al
pueblo de la parte de nuestro jardn sobre el cual se elevara el
sepulcro, con la obligacin de impedir la profanacin o la enajenacin
de ellos; y porque esta carga no resultase jams onerosa a la parroquia,
yo me encargaba en cambio de concederle sobre la colina, al lado de la
iglesia, el terreno para construir una casa rectoral que le haca falta.
Encargndome yo mismo de costear el edificio. Esta ley no poda ser
negada por el Municipio: acept el contrato tan ventajoso para l y que
yo le propuse, y fueron a su tiempo firmadas las concesiones sin
dificultad alguna.

No queriendo yo que durante mi vida o la de las personas de la misma
sangre que despus que yo poseyeran aquella morada, el sepulcro,
enclavado igualmente dentro del cementerio y del jardn, fuese
substrado a nuestros ojos y a nuestro culto domstico, proyect (y
puse en prctica este proyecto en el ms breve tiempo), un simple muro a
la altura conveniente, tapizado de hiedra, al objeto de que dicho muro
sirviese de lmite entre el jardn y el cementerio, y que tambin nos
permitiese apoyarnos desde dentro sobre el sepulcro y elevar nuestras
recuerdos, nuestras oraciones y nuestras lgrimas sin ser vistos de
nadie. Durante aquella lgubre noche, junto al fretro, del que por la
maana deba separarme, el instinto de ternura que resida en m ante la
ltima separacin, me hizo concebir y combinar maquinalmente la creacin
de semejante sepultura; ya haba yo empezado a entreverla all en Mcn,
y ya haba tambin obtenido del Gobierno autorizacin de colocar el
atad bajo las losas de la iglesia, dentro de la vasta sepultura de los
antiguos seores de Saint-Point, de la ilustre casa de los Rochefort.
Cunto yo hubiera dado entonces para que el milagro que se produjo un
siglo antes en aquella misma sepultura, se hubiese reproducido ante mi
vista y la de mi padre!

He aqu lo sucedido: Una joven marquesa de Saint-Point, a la que se
crey muerta a causa de un prolongado desvanecimiento, acababa de ser
enterrada en una fosa abierta en la bveda de la sepultura; ya la piedra
que deba cerrarse bajo los pies del sacerdote estaba colocada sobre el
sepulcro. La noche del enterramiento, al bajar el campanero de tocar el
_Angelus_, le pareci or gemidos bajo las losas sepulcrales. Lleno de
espanto fuese en seguida el campanero a dar cuenta a las gentes del
castillo de lo que haba odo. Acudieron inmediatamente as el marido
como sus desconsolados deudos y sirvientes y oyeron en verdad la voz
subterrnea. Levantose la piedra sellada desde la maana, bajose a la
tumba y encontrose viva a la que crean muerta. Volvironla en brazos de
todos y trocado el llanto en regocijo a su morada; y la joven y bella
condesa dio prolongados aos de felicidad a su esposo antes de
descender, verdaderamente muerta, al sepulcro.

Yo haba odo contar frecuentemente durante mi niez al mismo campanero
y a su vieja esposa semejante _milagro_, del que haban sido testigos y
del cual se acordaban como ellos, los viejos. Pero ay! no se repiten
los prodigios tan fcilmente!

Al despertar el alba, fue transportado el atad de su lecho a la
iglesia; seguidos por el llanto y el duelo de doce aldeas, atravesaron
los restos de mi madre el jardn por el mismo sendero de los avellanos,
donde yo haba visto frecuentemente volver de la iglesia a aquella
virtuosa mujer, radiante o compungido su rostro de dicha y de piedad.
Mis propias manos ayudaron a bajar y colocar el cuerpo de mi madre en su
eterna mansin.

Despus de esta triste operacin, me dirig solo a la casa y me encerr
en mi cuarto. Las lgrimas tienen su pudor como tantos otros
sentimientos encerrados en lo ms profundo del alma humana. Me dej caer
sobre una silla, la mano derecha sobre la cabeza y fijos los ojos en la
iglesia, oa involuntariamente el toque melanclico de la campana, de
cuyas vibraciones tanto gustaba, y que, llorando entonces, llevaba mi
llanto entre sus sonidos a todas las colinas, penetrando en las cabaas
de mis buenos amigos los campesinos.

Recuerdo solamente que los pensamientos que tuve aquella noche, hijos de
la debilidad y de la fiebre producida por tantos das de emocin y de
insomnios se producan en mi cabeza vaca de ideas, al ruido del badajo
de hierro sobre el bronce, mientras lloraba el cadencioso unsono de la
campana.

Y no recuerdo ms...

Breve sueo adormeci mis sentidos al venir la maana. Despus emprend
de nuevo, acompaado de mis guas, bajo un sol glacial de invierno, que
pareca un sarcasmo a la estacin y al dolor, los nevados senderos de la
montaa, en los que, a cada paso, corramos un nuevo peligro de ser
sepultados. Tena necesidad de ir corriendo a consolar a mi padre.
Nuestro invierno fue algo ms que un simple y fro invierno...

As perdimos nosotros nuestra madre, y nuestra pequea comarca su
providencia, su santidad y su gracia!

Conservemos para nosotros aquella memoria! Por eso he copiado su
manuscrito. Nosotros desapareceremos de la tierra uno a uno, acaso no
tardando mucho, y llevaremos con nosotros el recuerdo de tanta ternura y
tanto dolor.

Conservarn por algn tiempo estas pginas las huellas de la familia;
pero despus, tambin se trocarn en ceniza como nosotros. A esto queda
reducido el libro; a esto queda reducida una generacin.

FIN





End of Project Gutenberg's El Manuscrito de mi madre, by Alphonse de Lamartine

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*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
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work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
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approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
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Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
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works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
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with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


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